Introducción
Cada vez que rezamos el Credo proclamamos nuestra fe diciendo:
Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.
Es una frase breve, casi silenciosa dentro de la riqueza del Credo Niceno-Constantinopolitano, pero contiene una profundidad inmensa. Allí la Iglesia reconoce que el Espíritu Santo no comenzó a actuar únicamente en Pentecostés, sino que ha acompañado la historia de la salvación desde los primeros tiempos, inspirando a los profetas, fortaleciendo a los jueces, iluminando a los sabios y preparando el camino para la venida de Cristo.
Mucho antes del fuego sobre el Cenáculo, el Espíritu ya descendía sobre hombres y mujeres concretos. Era Él quien hablaba por medio de Isaías, quien fortalecía a David, quien iluminaba las visiones de Ezequiel y quien daba sabiduría a Daniel. El mismo Espíritu que inspiró las antiguas profecías es el que desciende después sobre los apóstoles en Pentecostés para dar nacimiento visible a la Iglesia.
Las enseñanzas de Cirilo de Jerusalén, Juan Crisóstomo y otros Padres de la Iglesia muestran cómo los primeros cristianos contemplaban al Espíritu Santo no como una fuerza abstracta, sino como una Persona divina viva y actuante, fuente de santidad, unidad y verdad. Más cerca de nuestro tiempo, Benedicto XVI insistió repetidamente en que Pentecostés no pertenece solamente al pasado: el Espíritu sigue renovando la Iglesia y sosteniendo a los creyentes en medio de un mundo marcado por la división, la confusión y el cansancio espiritual.
Pentecostés no es únicamente el recuerdo de un acontecimiento ocurrido hace siglos. Es la manifestación permanente de la presencia de Dios que continúa guiando a su pueblo. El Paráclito sigue iluminando las conciencias, inspirando la oración, fortaleciendo a los débiles y conduciendo a la Iglesia a través de la historia.
I. El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento
Antes de manifestarse plenamente en Pentecostés, el Espíritu Santo ya actuaba de múltiples maneras en el Antiguo Testamento. La Escritura lo presenta como el Ruah de Dios: aliento, viento, soplo divino que da vida, ilumina y transforma.
Por eso también puede hablarse del Ruah Yahvé, el Espíritu de Yahvé, como presencia activa de Dios que inspira, fortalece y conduce. No se trata de una fuerza impersonal, sino del soplo divino que mueve la historia de la salvación y prepara, desde antiguo, la plena revelación del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia.
Fue el Espíritu quien habló por medio de los profetas para anunciar la venida del Mesías. Gracias a esa acción divina, hombres limitados pudieron contemplar misterios que superaban completamente las capacidades humanas. Isaías vio al Señor en su majestad. Ezequiel contempló visiones celestiales imposibles de explicar con categorías ordinarias. Daniel recibió revelaciones sobre reinos futuros y acontecimientos lejanos. No era solamente inteligencia humana: era iluminación sobrenatural.
La acción del Espíritu no anulaba la humanidad del profeta, sino que elevaba sus facultades para convertirlas en instrumentos de Dios. Por eso David podía afirmar:
“El Espíritu de Yahvé habla por mí,
su palabra está en mi lengua.”
2 Samuel 23,2
El Espíritu también otorgaba fortaleza. La Escritura muestra cómo descendía sobre jueces y líderes para capacitarlos más allá de sus fuerzas naturales. Gedeón, Sansón, Débora y otros personajes del Antiguo Testamento actuaban movidos por una fuerza que provenía de Dios mismo.
En otros casos, el Espíritu infundía sabiduría y discernimiento. El joven Daniel pudo interpretar sueños, desenmascarar la injusticia y comprender misterios ocultos gracias a la iluminación divina. De igual manera, Moisés vio descender el Espíritu sobre los setenta ancianos para que compartieran el don profético, manifestando así que la gracia de Dios puede distribuirse según su voluntad.
Aunque las manifestaciones fueran diversas —sabiduría, fortaleza, profecía, discernimiento o consejo—, el Espíritu era siempre uno solo e indivisible, obrando según las necesidades de cada momento de la historia de la salvación.
II. “Y habló por los profetas”
Cuando la Iglesia incorporó en el Credo la expresión “que habló por los profetas”, estaba afirmando algo profundamente importante: existe una continuidad perfecta entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
El Dios que habló antiguamente por medio de los profetas es el mismo Dios que se revela plenamente en Jesucristo y que continúa actuando mediante el Espíritu Santo en la Iglesia. No existen dos historias separadas, sino un único plan de salvación conducido por la acción divina.
Los Padres de la Iglesia defendieron esta verdad frente a múltiples errores doctrinales. Algunos grupos pretendían separar radicalmente al Dios del Antiguo Testamento del Dios revelado por Cristo. Otros reducían al Espíritu Santo a una simple fuerza o influencia divina.
Frente a esto, figuras como Cirilo de Jerusalén enseñaban claramente que el Espíritu Santo es verdadero Dios, digno de adoración junto al Padre y al Hijo. El Espíritu no era una criatura ni una energía impersonal: era quien había inspirado las Escrituras, fortalecido a los mártires y santificado a los creyentes desde los primeros tiempos.
Por su parte, Juan Crisóstomo destacaba que la acción del Espíritu transforma profundamente el corazón humano. Allí donde el hombre solamente encuentra miedo o debilidad, el Espíritu puede suscitar valentía, fidelidad y perseverancia.
La Iglesia entendió muy pronto que sin el Espíritu Santo no sería posible comprender plenamente las Escrituras, perseverar en la fe ni vivir auténticamente el Evangelio.
III. Pentecostés: el fuego que descendió sobre la Iglesia
En las lecturas de hoy, 24 de mayo, encontramos el relato central de Pentecostés. No se trata solamente de una experiencia interior de los discípulos, sino de un acontecimiento visible, comunitario y universal.
Primera lectura — Hechos 2, 1-11
El día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar. De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse.
En esos días había en Jerusalén judíos devotos, venidos de todas partes del mundo. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.
Atónitos y llenos de admiración, preguntaban: “¿No son galileos, todos estos que están hablando? ¿Cómo, pues, los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay medos, partos y elamitas; otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene. Algunos somos visitantes, venidos de Roma, judíos y prosélitos; también hay cretenses y árabes. Y sin embargo, cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua”.
El viento simboliza la fuerza invisible de Dios. El fuego representa la purificación, la luz y el amor divino. Pero el detalle de las lenguas y de los pueblos reunidos en Jerusalén añade algo decisivo: Pentecostés no borra las diferencias de lengua, cultura o procedencia. Al contrario, el Espíritu Santo las asume y las convierte en lugar de comunión.
Muchos Padres de la Iglesia vieron en Pentecostés una especie de respuesta divina al drama de Babel. Allí donde la soberbia humana había producido división y confusión de lenguas, el Espíritu Santo hace posible nuevamente la comunión. No eliminando las diferencias entre los pueblos, sino permitiendo que todos puedan escuchar las maravillas de Dios y reconocerse llamados a una misma fe.
Los apóstoles, que pocos días antes permanecían llenos de temor, salen ahora públicamente a anunciar a Cristo resucitado. Cada pueblo escucha las maravillas de Dios en su propia lengua, como signo de que la Iglesia nace abierta a todos los pueblos y llamada a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra.
San Agustín explicaba esta unidad con una imagen profundamente hermosa: así como el alma da vida a los miembros del cuerpo humano, el Espíritu Santo da vida a los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Pentecostés no crea simplemente una organización religiosa; da nacimiento a un pueblo vivo unido interiormente por el mismo Espíritu de Dios.
En la homilía pronunciada hoy, 24 de mayo de 2026, el Papa León XIV nos invita a contemplar Pentecostés desde tres aspectos centrales: el Espíritu del Resucitado es Espíritu de paz, Espíritu de misión y Espíritu de verdad.
Es Espíritu de paz, porque nace del perdón de Cristo y nos conduce también al perdón. Es Espíritu de misión, porque no deja encerrados a los discípulos en el Cenáculo, sino que los envía a anunciar las maravillas de Dios. Y es Espíritu de verdad, porque la unidad que Él promueve no nace de la confusión, sino de la comunión en la verdad.
“El Espíritu, que habló por medio de los profetas, promueve siempre la unidad en la verdad, porque suscita en nosotros comprensión, concordia y coherencia de vida.”
León XIV, Homilía de Pentecostés, 24 de mayo de 2026
Esta enseñanza ilumina de manera especial la frase del Credo: “y que habló por los profetas”. El mismo Espíritu que inspiró antiguamente la voz profética de Israel sigue hablando hoy a la Iglesia para reunir, iluminar y conducirnos a Cristo.
Puede leerse la homilía completa en el sitio oficial de la Santa Sede: Homilía de Pentecostés del Papa León XIV.
Pedro, que había negado a Jesús durante la Pasión, predica ahora con valentía ante la multitud. La Iglesia nace visiblemente como comunidad universal llamada a anunciar el Evangelio a todas las naciones.
Cada persona escucha el anuncio en su propia lengua. La unidad cristiana no consiste en uniformidad forzada, sino en comunión bajo la acción del mismo Espíritu.
La tradición cristiana también relacionó Pentecostés con los siete dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Estos dones perfeccionan el alma y ayudan al creyente a vivir conforme a la voluntad divina.
Junto a ellos aparecen los frutos espirituales: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, dominio propio y otras manifestaciones visibles de la vida interior transformada por la gracia.
IV. El Espíritu Santo en la vida del creyente
Pentecostés no es solamente un recuerdo litúrgico. El Espíritu Santo continúa actuando hoy en la vida de la Iglesia y de cada creyente.
Es Él quien inspira la oración auténtica, fortalece en medio del sufrimiento, ilumina la conciencia y mueve al arrepentimiento. Muchas veces su acción es silenciosa, discreta y casi imperceptible, pero profundamente real.
San Juan Pablo II, cuando fue preguntado sobre cómo oraba el Papa, respondió con una humildad profundamente cristiana:
“Tendrías que preguntárselo al Espíritu Santo. El Papa ora como el Espíritu Santo le permite orar.”
Sus palabras parecen resonar directamente con la enseñanza de san Pablo:
“Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.”
Romanos 8,26 — Biblia de Jerusalén
Confieso que personalmente —y quizá también influido por mi cercanía durante años a la Renovación Carismática Católica— siempre interpreté esas palabras de san Juan Pablo II como una referencia íntima a una oración profundamente conducida por el Espíritu, quizá incluso cercana a aquello que muchos creyentes describen como “orar en lenguas”. Pero esa interpretación es completamente personal. Muy mía.
En una época marcada por el ruido, la ansiedad y la fragmentación interior, el Espíritu sigue siendo fuente de paz y discernimiento. Benedicto XVI insistía frecuentemente en que el mundo moderno necesita redescubrir la presencia del Espíritu Santo para no caer en una visión puramente material o relativista de la existencia.
El Paráclito no elimina automáticamente las dificultades humanas, pero acompaña interiormente al creyente para atravesarlas con esperanza. Allí donde parece dominar el cansancio espiritual, el Espíritu puede suscitar nuevamente fe, caridad y perseverancia.
También hoy el Espíritu continúa distribuyendo carismas, despertando vocaciones, inspirando obras de misericordia y renovando continuamente a la Iglesia.
V. Pentecostés hoy
Cada generación cristiana está llamada a vivir su propio Pentecostés.
Así como el Espíritu descendió sobre los apóstoles en el Cenáculo, también hoy continúa descendiendo sobre la Iglesia para sostenerla en medio de los desafíos del mundo contemporáneo.
El mismo Espíritu que habló por los profetas, que fortaleció a los mártires y que encendió el fuego de la evangelización sigue actuando silenciosamente en la historia humana.
Pentecostés nos recuerda que la fe cristiana no es solamente memoria del pasado. Es presencia viva de Dios obrando en medio de su pueblo.
Quizá por eso la antigua oración de la Iglesia sigue conservando toda su fuerza:
“Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.”.Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios.
Para profundizar
Quienes deseen profundizar en la riqueza bíblica, patrística y espiritual de Pentecostés pueden consultar las siguientes fuentes y documentos:
- Homilía de Pentecostés — León XIV (24 mayo 2026)
Reflexión sobre el Espíritu Santo como Espíritu de paz, misión y verdad, y sobre la unidad que nace de la comunión en Cristo.
Leer homilía completa en Vatican.va - Solemnidad de Pentecostés — Ciclo A
Guía litúrgica con las lecturas completas de Hechos 2, 1-11; Salmo 103; 1 Corintios 12 y Juan 20.
Descargar documento PDF - Homilía de Benedicto XVI — Pentecostés 2008
Profunda reflexión sobre la Iglesia como Societas Spiritus y sobre el “bautismo de fuego” de la comunidad apostólica.
Leer homilía completa
Fuentes patrísticas recomendadas
- San Cirilo de Jerusalén — Catequesis XVI y XVII https://www.mercaba.org/TESORO/CIRILO_J/Cirilo_18.htm https://www.mercaba.org/TESORO/CIRILO_J/Cirilo_19.htm
- San Juan Crisóstomo — Homilías sobre Anna y San Babylas https://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/eqq.htm
- San Agustín — Sermón 268 https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/discorso_379_testo.htm
- P. Antonio Royo Marín, O.P. — El gran desconocido, BAC, Madrid, 1987
- Entre las fuentes que me ayudaron a preparar esta reflexión, quiero destacar también el libro El gran desconocido: el Espíritu Santo y sus dones, del P. Antonio Royo Marín, O.P. Es una obra muy valiosa porque presenta, con claridad teológica y profunda unción espiritual, la doctrina católica sobre la Persona divina del Espíritu Santo y sobre sus siete dones. Quien esté interesado en profundizar más en este tema puede consultar el PDF que he incluido aquí:
- Leer El gran desconocido: el Espíritu Santo y sus dones, de Antonio Royo Marín, O.P.
En todos estos textos aparece una misma convicción: el Espíritu Santo no pertenece solamente al pasado de la Iglesia, sino que continúa actuando hoy como fuente de unidad, santidad, verdad y vida.
