Réquiem por Edgar Badilla Saxe

Ayer recibí la noticia del fallecimiento de mi amigo Edgar Badilla Saxe.

Todavía me cuesta escribir estas palabras.

Edgar y yo fuimos compañeros de colegio. Años después nos reencontramos gracias a un grupo de WhatsApp de antiguos compañeros, y al inicio de la pandemia retomamos una amistad que terminaría siendo muy importante para mí.

Compartimos largas conversaciones, intercambios de información y muchos aprendizajes. Entre otras cosas, fue Edgar quien me enseñó a producir mis propio CDS. Pero hoy entiendo que aquello fue apenas una pequeña muestra de su generosidad.

Conservo también un recuerdo muy especial. Hace algunos años, precisamente durante una Navidad, Laura Loria y yo compartimos una tarde en casa de Edgar. Los tres habíamos formado parte de COMUSAV Costa Rica. Hoy vuelvo a mirar aquella fotografía y descubro que ya no es solamente la imagen de un momento feliz entre amigos; es también el recuerdo de una amistad que el tiempo fortaleció y el testimonio de una persona cuya partida deja un profundo vacío, pero también una huella imborrable en la vida de quienes tuvimos el privilegio de conocerla.

Mientras escribo estas líneas, todavía me resulta difícil aceptar que Edgar ya no está entre nosotros. Quizá por eso sentí la necesidad de dejar este testimonio. Porque la muerte se lleva la presencia física, pero no borra el bien que una persona sembró en la vida de los demás.

Edgar me salvó la vida.

Lo digo con plena conciencia de lo que significan esas palabras.

Sin los conocimientos que compartió conmigo sobre el COVID, sin sus consejos, sin su acompañamiento y sin la ayuda que me brindó en aquellos momentos difíciles, estoy convencido de que hoy no estaría escribiendo este texto.

Y no fui el único.

Quienes conocimos de cerca su labor sabemos que Edgar convirtió aquellos años en una verdadera misión de servicio.

Entre los antiguos compañeros del Colegio Salesiano Don Bosco solíamos llamarlo, medio en broma y medio en serio, "Dr. Badilla". Profesionalmente no era médico; era un extraordinario administrador, experto en bases de datos y hombre de tecnología. Sin embargo, su pasión por la investigación médica, especialmente durante los años de la pandemia, era tan profunda que muchos terminamos viéndolo como un médico sin título. Lo guiaba una preocupación genuina por la salud y el bienestar de las personas, y un principio que parecía estar presente en cada consejo y en cada ayuda que brindaba: Primum non nocere, "lo primero es no hacer daño". Quienes lo conocimos sabemos que detrás de esa búsqueda incansable de conocimiento había algo mucho más importante: un profundo amor por la vida humana.

Cuando se enteraba de una persona enferma, actuaba. Llevaba medicamentos, daba seguimiento, acompañaba a las familias y mantenía registros detallados de la evolución de cada paciente. Día tras día observaba síntomas, anotaba cambios y buscaba ayudar a quienes atravesaban momentos de incertidumbre y sufrimiento.

Nunca supe cuántos expedientes llegó a reunir.

Tal vez cientos.

Tal vez cerca de mil.

Sólo sé que fueron muchísimos.

Y detrás de cada expediente había una persona.

Una familia.

Una vida.

No sólo salvaste mi vida, Edgar.

Soy testigo de que ayudaste a salvar muchísimas más.

Recuerdo también aquellas visitas a mi casa. Eran tiempos extraños. Tiempos de miedo, de aislamiento y de distancia. Sin embargo, allí llegabas, dispuesto a conversar, a enseñar y a ayudar.

Nunca te vi buscando reconocimiento.

Nunca te vi buscando aplausos.

Simplemente hacías lo que creías correcto.

Alguna vez escuché decir a Edgar que no era practicante de la fe católica.

Y hoy, mientras escribo estas líneas, no puedo evitar responderle con una sonrisa:

¡Ay, Edgar... claro que eras practicante!

Tal vez no de los que hablan mucho de religión.

Tal vez no de los que hacen ostentación de su fe.

Pero sí de los que aman al prójimo.

De los que sirven.

De los que acompañan.

De los que entregan tiempo, esfuerzo y conocimiento para aliviar el sufrimiento de otros.

Sólo Dios conoce el corazón humano.

Pero quienes tuvimos la bendición de conocerte fuimos testigos de una vida entregada a los demás.

Por eso hoy no te despido solamente con tristeza.

También lo hago con gratitud.

Gracias por tu amistad.

Gracias por tu ejemplo.

Gracias por todo lo que compartiste.

Y gracias porque, de una manera muy real y muy concreta, me ayudaste a seguir viviendo.

Que el Señor te conceda el descanso eterno.

Y que la luz perpetua brille para ti.

Descansa en paz, amigo.


Para meditar

Al recordar a Edgar, vienen a mi memoria dos pasajes del Evangelio según San Mateo.

El primero nos recuerda que Dios no mira solamente las palabras, sino las obras:

«¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña".

Él respondió: "No quiero"; pero después se arrepintió y fue.

Se acercó luego al segundo y le dijo lo mismo.

Él respondió: "Sí, señor"; pero no fue.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?»

Le respondieron:

«El primero.»

Jesús les dijo:

«En verdad les digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.»

(Mateo 21, 28-31)

El segundo describe el juicio final:

«Entonces dirá el Rey a los de su derecha:

"Vengan, benditos de mi Padre; hereden el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo.

Porque tuve hambre y me dieron de comer;

tuve sed y me dieron de beber;

fui forastero y me recibieron;

estaba desnudo y me vistieron;

enfermo y me visitaron;

en la cárcel y vinieron a verme."

Entonces los justos le responderán:

"Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber?

¿Cuándo te vimos forastero y te recibimos, o desnudo y te vestimos?

¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?"

Y el Rey les responderá:

"En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron."

(Mateo 25, 34-40)

No me corresponde juzgar el alma de nadie. Eso pertenece únicamente a Dios.

Pero sí puedo dar testimonio de lo que vi.

Vi a un hombre dedicar años de su vida al servicio de personas enfermas.

Vi a un hombre compartir conocimientos sin esperar recompensa.

Vi a un hombre preocuparse por el sufrimiento ajeno.

Vi a un hombre que puso su inteligencia, su tiempo y sus esfuerzos al servicio de otros cuando más lo necesitaban.

Y por eso, al terminar estas líneas, no puedo evitar recordar aquellas palabras del Evangelio:

«Vengan, benditos de mi Padre; hereden el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo.»

No sé cómo será el encuentro definitivo de Edgar con el Señor. Eso sólo Dios lo sabe. Pero en lo más profundo de mi corazón, espero que escuche esas palabras. Y si así fuera, imagino que sonreirá con la misma humildad con que vivió, sorprendido quizá de que tantos recuerden el bien que hizo, porque nunca buscó reconocimiento ni aplausos.

Aunque alguna vez dijera que no era practicante, después de contemplar su vida no puedo evitar pensar que Jesús llamó practicante precisamente a quien hace la voluntad del Padre. Y la voluntad del Padre se manifiesta en el amor al prójimo, en la compasión, en el servicio y en la entrega a los demás.

Yo sólo sé que fui testigo de una vida entregada al servicio de los demás.

Y por eso, al despedir a mi amigo, elevo una oración de gratitud a Dios por haberlo puesto en mi camino.

Que así sea.

Y como sé que Edgar lo entenderá perfectamente:

Amém.


Y unas horas luego de escribir esto... me sale esto en youtube...

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