Cuando el Espíritu se derrama más allá de lo esperado
Ayer, mientras repasábamos juntos la meditación de Pentecostés y aquella frase del Credo que dice “y que habló por los profetas”, mi esposa me preguntó en qué parte de la Escritura aparecía el episodio de Moisés y los setenta ancianos sobre quienes descendió el Espíritu.
No lo recordé de memoria, por lo que hoy volví a buscar el pasaje. Y mientras lo releía, me pareció imposible no detenerme a contemplar su profundidad. Porque en aquellas líneas del libro de los Números ya aparece una intuición espiritual enorme: el deseo de que el Espíritu de Dios no permanezca reservado para unos pocos, sino que pueda derramarse sobre todo el pueblo.
Hay pasajes bíblicos que parecen abrir una ventana hacia el modo misterioso en que Dios conduce la historia. Uno de ellos está en el capítulo 11 del libro de los Números, cuando Moisés, agotado por el peso de conducir al pueblo, recibe de Dios una respuesta inesperada: el Espíritu que estaba sobre él será compartido con otros.
Este episodio nos ayuda a reflexionar sobre la profecía, los carismas, el discernimiento y la libertad del Espíritu Santo. También nos permite mirar hacia Pentecostés como cumplimiento más amplio de un deseo que Moisés expresó con palabras sorprendentes:
“¡Ojalá todo el pueblo de Yahvé fuera profeta y Yahvé pusiera sobre ellos su espíritu!”
Números 11,29
Y esa esperanza no quedó aislada. En Pentecostés, Pedro interpreta lo que está ocurriendo como cumplimiento de una promesa anunciada por el profeta Joel:
“Sucederá en los últimos días, dice Dios:
derramaré mi Espíritu sobre toda carne,
y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas;
vuestros jóvenes verán visiones,
y vuestros ancianos soñarán sueños.
Y sobre mis siervos y sobre mis siervas
derramaré mi Espíritu en aquellos días,
y profetizarán.”
Hechos 2,17-18
Así, el “ojalá” de Moisés parece encontrar un eco profético en Joel y una realización visible en Pentecostés: el Espíritu de Dios no quiere quedarse encerrado en unos pocos, sino tocar la vida entera del pueblo.
San Pablo, muchos siglos después, dirá a los cristianos de Corinto:
“No quiero, hermanos, que ignoréis lo referente a los dones espirituales.”
1 Corintios 12,1
La expresión es importante. El apóstol no invita a despreciar los carismas, pero tampoco a vivirlos sin discernimiento. La acción del Espíritu Santo debe ser recibida con fe, humildad y orden, siempre al servicio de la edificación del Cuerpo de Cristo.
I. Moisés agotado y el Espíritu compartido
El contexto de Números 11 es profundamente humano. El pueblo se queja, Moisés se siente sobrecargado y llega a decirle a Dios que no puede cargar solo con aquella responsabilidad. Entonces Yahvé le manda reunir a setenta ancianos de Israel para que compartan con él la carga del pueblo.
“Yahvé respondió a Moisés: ‘Reúneme a setenta ancianos de Israel, de los que sabes que son ancianos y escribas del pueblo. Los llevarás a la Tienda del Encuentro, y que estén allí contigo. Yo bajaré a hablar contigo; tomaré parte del espíritu que hay en ti y lo pondré en ellos, para que lleven contigo la carga del pueblo, y no la lleves tú solo.’”
Números 11,16-17
No se trata simplemente de una reorganización administrativa. Dios no le da a Moisés únicamente ayudantes humanos, sino hombres tocados por el Espíritu. La autoridad en el pueblo de Dios no se reduce a una función externa: necesita sabiduría, escucha, obediencia y docilidad interior.
“Yahvé descendió en la nube y le habló; tomó parte del espíritu que había sobre él y lo puso sobre los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, aunque no volvieron a hacerlo más.”
Números 11,25
El texto es sobrio, pero muy profundo. El Espíritu reposa sobre los ancianos y ellos profetizan. Aquella manifestación confirma que Dios los ha tomado para una misión concreta en medio del pueblo.
II. Eldad y Medad: cuando el Espíritu actúa fuera del esquema esperado
Entonces ocurre algo todavía más sorprendente. Dos hombres, Eldad y Medad, no estaban en la Tienda del Encuentro. Habían quedado en el campamento. Sin embargo, el Espíritu también reposó sobre ellos.
“Habían quedado en el campamento dos hombres: uno se llamaba Eldad y el otro Medad. También sobre ellos reposó el espíritu, pues aunque estaban entre los inscritos no habían ido a la Tienda; y se pusieron a profetizar en el campamento.”
Números 11,26
El Espíritu se derrama más allá del lugar esperado. No contradice la elección de los setenta, pero desborda el esquema visible. Eldad y Medad no están donde todos pensaban que debían estar, y aun así Dios actúa en ellos.
La reacción humana no tarda en aparecer:
“Un muchacho corrió a anunciarlo a Moisés: ‘Eldad y Medad están profetizando en el campamento.’ Josué, hijo de Nun, que servía a Moisés desde su juventud, tomó la palabra y dijo: ‘Mi señor Moisés, prohíbeselo.’”
Números 11,27-28
Josué reacciona con celo. Quiere proteger el orden, la autoridad de Moisés y la forma esperada de las cosas. Pero Moisés responde con una amplitud espiritual que sigue conmoviendo:
“Pero Moisés le respondió: ‘¿Es que estás celoso por mí? ¡Ojalá todo el pueblo de Yahvé fuera profeta y Yahvé pusiera sobre ellos su espíritu!’”
Números 11,29
Esta frase es el corazón del pasaje. Moisés no teme que otros reciban el Espíritu. No defiende su prestigio personal. No interpreta la acción de Dios como amenaza. Al contrario, expresa un deseo inmenso: que todo el pueblo llegue a participar de esa vida profética.
III. Un eco en el Evangelio: “No se lo impidáis”
El episodio de Eldad y Medad encuentra un eco muy interesante en el Evangelio. También los discípulos de Jesús se inquietan cuando descubren que alguien actúa en nombre del Señor sin pertenecer al grupo inmediato.
“Juan le dijo: ‘Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y tratamos de impedírselo, porque no venía con nosotros.’ Pero Jesús dijo: ‘No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.’”
Marcos 9,38-40
La semejanza espiritual es notable. Josué quiere impedir a Eldad y Medad. Juan quiere impedir a quien actúa en nombre de Jesús. Moisés responde: “¿Estás celoso por mí?” Jesús responde: “No se lo impidáis”.
Esto no significa que todo deba aceptarse sin discernimiento. La Iglesia tiene la responsabilidad de probar los espíritus, ordenar los carismas y custodiar la fe. Pero también significa que no debemos apagar precipitadamente aquello que puede venir de Dios solo porque no encaja en nuestros esquemas previos.
“No extingáis el Espíritu; no despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno.”
1 Tesalonicenses 5,19-21
Ese equilibrio sigue siendo profundamente necesario: no apagar el Espíritu, pero tampoco renunciar al discernimiento; no despreciar la profecía, pero examinarlo todo y quedarse con lo bueno.
IV. De Números 11 a Pentecostés
A la luz de Pentecostés, las palabras de Moisés adquieren una fuerza nueva. Lo que en Números 11 aparece como deseo —que todo el pueblo reciba el Espíritu— comienza a manifestarse de una manera mucho más amplia en la Iglesia naciente.
“Salió Moisés y dijo al pueblo las palabras de Yahvé. Luego reunió a setenta hombres de los ancianos del pueblo y los colocó alrededor de la Tienda.
Yahvé bajó en la nube y le habló; tomó del espíritu que reposaba sobre él y se lo dio a los setenta ancianos. Y cuando reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, pero no volvieron a hacerlo.
Habían quedado en el campamento dos hombres, uno llamado Eldad y el otro Medad. También sobre ellos reposó el espíritu, pues estaban entre los inscritos, aunque no habían ido a la Tienda; y se pusieron a profetizar en el campamento.
Un muchacho corrió a anunciárselo a Moisés: ‘Eldad y Medad están profetizando en el campamento.’ Josué, hijo de Nun, que servía a Moisés desde su juventud, tomó la palabra y dijo: ‘Mi señor Moisés, prohíbeselo.’
Pero Moisés le respondió: ‘¿Es que estás celoso por mí? ¡Ojalá todo el pueblo de Yahvé fuera profeta y Yahvé pusiera sobre ellos su espíritu!’
Después Moisés volvió al campamento con los ancianos de Israel.”
Números 11,24-30
Esta escena completa permite ver mejor la fuerza del pasaje. No se trata solamente de una frase hermosa, sino de una tensión espiritual concreta: el Espíritu desciende sobre los ancianos reunidos junto a la Tienda, pero también sobre Eldad y Medad, que permanecían en el campamento.
Moisés no se aferra al privilegio espiritual recibido. No interpreta la profecía de Eldad y Medad como una amenaza, sino como signo de una esperanza mayor: que el Espíritu de Dios pueda reposar sobre todo su pueblo.
En Pentecostés, esa esperanza se abre de manera más amplia sobre la comunidad reunida por Cristo. Lo que antes aparecía de manera parcial comienza a extenderse sobre el pueblo nuevo de Dios.
Por eso Pentecostés no debe verse como un episodio aislado. Es el cumplimiento visible de una larga historia en la que el Espíritu Santo inspira, llama, fortalece, desborda límites humanos y conduce al pueblo de Dios hacia una comunión más profunda.
V. Profecía, música y transformación
La Biblia también presenta escenas donde la profecía aparece unida a la música, la alabanza y una transformación interior. En el primer libro de Samuel, el profeta anuncia a Saúl que encontrará un grupo de profetas acompañados por instrumentos musicales.
“Después llegarás a Guibeá de Dios, donde está el puesto de los filisteos. Y sucederá que, al entrar en la ciudad, encontrarás un grupo de profetas que bajan del alto, precedidos de salterios, tamboriles, flautas y cítaras, mientras ellos profetizan. Entonces vendrá sobre ti el Espíritu de Yahvé, profetizarás con ellos y quedarás cambiado en otro hombre.”
1 Samuel 10,5-6
La frase final es impresionante: “quedarás cambiado en otro hombre”. La acción del Espíritu no es solo exterior. No se limita a una manifestación visible. Toca la identidad, transforma la interioridad y abre al ser humano a una misión que supera sus fuerzas naturales.
También David expresa una alabanza que compromete todo su ser. Cuando el Arca de la Alianza es llevada a Jerusalén, David danza delante de Yahvé.
“David danzaba con todas sus fuerzas delante de Yahvé, ceñido con un efod de lino. David y toda la casa de Israel hacían subir el Arca de Yahvé entre clamores y resonar de cuernos.”
2 Samuel 6,14-15
La escena no debe leerse como simple exaltación emocional. David no danza para ser visto por los hombres, sino delante de Yahvé. El rey se despoja de la rigidez de su dignidad cortesana y se alegra en la presencia de Dios.
“Danzaré delante de Yahvé y me haré más vil todavía; seré bajo a tus ojos, pero seré honrado ante las siervas de que hablas.”
2 Samuel 6,21-22
La alabanza bíblica no siempre permanece quieta. A veces canta, a veces llora, a veces guarda silencio, y a veces también danza delante de Dios.
VI. Un recuerdo personal de san Juan Pablo II
Este pasaje me trae un recuerdo muy personal. En marzo de 1983, durante la visita de san Juan Pablo II a Costa Rica, había grupos cantando y danzando frente a la Nunciatura Apostólica, donde descansaba aquel Papa peregrino. La casa de tío Gregorio estaba exactamente al frente de la Nunciatura, y nosotros nos subimos al techo para verlo. Gregorio Escalante era un amigo muy cercano de mi papá, a quien papá consideraba su hermano y nosotros llamábamos familiarmente tío Gregorio.
Cuando san Juan Pablo II salió, con ese humor cercano que lo caracterizaba, comenzó diciendo: “Una pregunta para los teólogos…”. Luego hizo una pausa que conservo en la memoria, aunque seguramente la estoy parafraseando: si se dice que quien canta ora dos veces, ¿cuánto ora quien danza cantando?
Aquella escena siempre vuelve a mi memoria cuando leo sobre David danzando delante del Arca. Hay una alegría espiritual que no es desorden ni espectáculo, sino gratitud del alma ante la presencia de Dios.
San Juan Pablo II fue llamado con razón el Papa peregrino. Recorrió el mundo llevando el Evangelio a pueblos, culturas y lenguas diversas, con una capacidad extraordinaria para acercarse a cada nación desde su propia sensibilidad.
Se le reconocía además una notable facilidad para los idiomas. Además de su polaco natal, podía comunicarse en varias lenguas, entre ellas italiano, latín, francés, alemán, inglés, español y portugués. Esa capacidad no era solamente intelectual: era también pastoral.
En ese sentido, su misión tuvo una dimensión profundamente pentecostal: anunciar a Cristo de modo que cada pueblo pudiera escucharlo desde su propia historia, su cultura y su propia lengua. Porque en Pentecostés no se trató solamente de hablar, sino de ser comprendidos.
VII. La profecía que esperaba ser leída
Uno de los momentos más impresionantes del Evangelio ocurre cuando Jesús entra en la sinagoga de Nazaret y le entregan el rollo del profeta Isaías.
“Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito:
‘El Espíritu del Señor sobre mí,
porque me ha ungido
para anunciar a los pobres la Buena Nueva,
me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.’Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: ‘Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.’”
Lucas 4,17-21
Siglos antes, Isaías había pronunciado aquellas palabras inspirado por el Espíritu del Señor. Tal vez el profeta alcanzó a contemplar solo fragmentos del misterio que anunciaba. Pero un día, en Nazaret, el mismo Cristo lee esa profecía y declara su cumplimiento.
La profecía bíblica no es simple predicción curiosa del futuro. Es participación misteriosa en el plan de Dios. El Espíritu habla por medio del profeta, prepara la historia y conduce todo hacia Cristo.
VIII. El Espíritu no siempre se manifiesta igual
También conviene recordar que la presencia de Dios no siempre se manifiesta del mismo modo. En Pentecostés aparece como viento impetuoso y fuego visible. Pero en la vida del profeta Elías, después del cansancio, del miedo y de la huida, la presencia divina se manifestó de una manera completamente distinta.
“Le dijo: ‘Sal y ponte en el monte ante Yahvé.’ Y he aquí que Yahvé pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas delante de Yahvé; pero no estaba Yahvé en el huracán. Después del huracán, un terremoto; pero no estaba Yahvé en el terremoto. Después del terremoto, fuego; pero no estaba Yahvé en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave.”
1 Reyes 19,11-12
Este pasaje nos ayuda a no reducir la acción del Espíritu Santo a lo visible o extraordinario. A veces Dios irrumpe como viento y fuego, como en Pentecostés. Pero otras veces se acerca como una brisa suave, casi silenciosa, capaz de reconstruir interiormente el corazón cansado.
Desde el comienzo de la Escritura aparece esta imagen: antes de que todo tuviera forma, cuando la tierra estaba confusa y vacía, el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas. Allí donde había oscuridad, vacío y desorden, el Espíritu preparaba la creación, la luz y la vida.
“La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.”
Génesis 1,2
Quizá también por eso podemos confiar en su acción. El Espíritu Santo no solo desciende sobre lo ya ordenado y luminoso; también se mueve sobre nuestras confusiones, nuestros vacíos y nuestros abismos interiores, preparando silenciosamente una nueva creación.
IX. Nuestro propio Pentecostés
La Iglesia enseña que el Bautismo imprime en el alma una marca indeleble y que la Confirmación fortalece al creyente mediante una nueva efusión del Espíritu Santo. Pero más allá de conocer estas verdades doctrinalmente, cada cristiano está llamado a vivir personalmente la realidad de Pentecostés.
Tal vez por eso tantos creyentes, en distintos momentos de su vida espiritual, hablan de un “nuevo Pentecostés”, de una renovación interior o incluso de un “bautismo en el Espíritu”. No como un nuevo sacramento, ni como sustitución del Bautismo recibido, sino como una toma de conciencia viva y profunda de la presencia de Dios actuando en el alma.
Hay, por decirlo así, un Pentecostés tuyo y un Pentecostés mío: no separado del Pentecostés de la Iglesia, sino nacido de él. Es ese momento —a veces discreto, a veces profundamente transformador— en que la fe recibida comienza a arder por dentro y el Espíritu Santo deja de ser solamente una verdad aprendida para convertirse en presencia viva que ilumina, consuela, corrige y envía.
Mi propio Pentecostés. Tu propio Pentecostés.
Así como Eldad y Medad recibieron una porción del Espíritu, también nosotros estamos llamados a pedir humildemente que Dios derrame su Espíritu sobre nuestra vida. La Escritura muestra incluso a Eliseo suplicando a Elías una doble porción de su espíritu antes de que fuera llevado al cielo.
“Cuando estaban para pasar, dijo Elías a Eliseo: ‘Pide qué quieres que haga por ti antes que sea arrebatado de tu lado.’ Respondió Eliseo: ‘Que haya sobre mí doble porción de tu espíritu.’”
2 Reyes 2,9
El Espíritu Santo no puede comprarse ni manipularse, pero sí puede ser deseado, pedido y acogido con humildad. A veces olvidamos pedir aquello que más necesitamos.
Porque llega un momento en que la fe deja de ser solamente herencia cultural, costumbre familiar o conocimiento intelectual. El Espíritu Santo comienza entonces a conducir al creyente hacia una relación viva con Dios Padre, por medio de Jesucristo.
Algo de esto se percibe en la confesión de Pedro. Cuando Jesús pregunta a sus discípulos quién dicen ellos que es Él, Simón Pedro responde desde una luz que no nace solamente del razonamiento humano:
“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.”
Replicando Jesús le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.”
Mateo 16,16-17
También en nuestra vida espiritual hay momentos en que una verdad de fe deja de ser solamente una idea aprendida y se convierte en luz interior. No porque abandonemos la razón, sino porque Dios mismo ilumina el corazón y nos permite reconocer a Cristo de un modo nuevo.
“Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!”
Gálatas 4,6
Ese clamor interior —a veces silencioso, a veces ardiente, a veces lleno de lágrimas o de alegría— sigue siendo uno de los signos más profundos de la acción del Espíritu Santo en la vida humana.
Y quizá Pentecostés continúa ocurriendo precisamente allí: cuando el corazón humano deja finalmente de resistirse a Dios y aprende nuevamente a llamarlo Padre.
Oración final
Usualmente, al finalizar una reflexión, escribo una oración inspirada en la meditación que acabo de compartir. Pero hoy quisiera concluir de otra manera.
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha elevado innumerables plegarias al Espíritu Santo. Entre ellas, una de las más antiguas, profundas y hermosas es el Veni Creator Spiritus —“Ven, Espíritu Creador”—, himno tradicional con el que generaciones enteras de cristianos han invocado la luz, la fuerza y la presencia del Espíritu de Dios. Oremos juntos: por tu propio Pentecostés, por mi propio Pentecostés.
Ven, Espíritu Creador
Ven, Espíritu Creador,
visita las almas de tus fieles,
y llena de la divina gracia
los corazones que Tú mismo creaste.
Tú eres nuestro Consolador,
don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego, caridad
y espiritual unción.
Tú derramas sobre nosotros
los siete dones;
Tú, el dedo de la mano de Dios;
Tú, el prometido del Padre;
Tú, que pones en nuestros labios
los tesoros de tu palabra.
Enciende con tu luz nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones;
y con tu perpetuo auxilio,
fortalece nuestra débil carne.
Aleja de nosotros al enemigo;
danos pronto tu paz;
sé Tú mismo nuestro guía,
y puestos bajo tu dirección,
evitaremos todo mal.
Haz que por Ti conozcamos al Padre,
y también al Hijo;
y que creamos en Ti,
Espíritu de ambos,
por los siglos de los siglos.
Amén.
V. Envía tu Espíritu y serán creados.
R. Y renovarás la faz de la tierra.
Oremos
Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu Santo; haznos dóciles a tu Espíritu para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo.Por Jesucristo Nuestro Señor.
R. Amén.
Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios.
Para profundizar
- Veni Creator Spiritus — “Ven, Espíritu Creador”
Antiguo himno de la Iglesia para invocar al Espíritu Santo.
Leer oración completa - Antonio Royo Marín, O.P. — El Gran Desconocido
Obra clásica sobre el Espíritu Santo, sus dones y su acción en la vida interior.
Leer PDF - Papa Francisco — Discurso a CHARIS (2019)
Reflexión sobre la Renovación Carismática y el llamado a compartir con toda la Iglesia la experiencia del Bautismo en el Espíritu Santo.
Leer discurso - CHARIS — Servicio Internacional para la Renovación Carismática Católica
Servicio internacional reconocido para promover la renovación espiritual, la comunión y la experiencia viva del Espíritu Santo en la Iglesia.
Visitar CHARIS - San Juan Pablo II — Dominum et Vivificantem (1986)
Encíclica dedicada al Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo.
Leer encíclica - San Juan Pablo II — Vigilia de Pentecostés (2000)
Homilía sobre el Espíritu de la verdad, el testimonio y la vida de la Iglesia.
Leer homilía - San Juan Pablo II — María y el don del Espíritu (1997)
Catequesis sobre María, Pentecostés y la recepción de los dones del Paráclito.
Leer catequesis
