Un abrazo hasta el cielo en el Día del Padre
En este Día del Padre no quiero hablar de teorías sobre la paternidad. Quiero simplemente dar gracias.
Gracias a Dios por mi papá.
Gracias por su vida, por su ejemplo, por sus consejos y por todo lo que sembró en mí. Con los años he llegado a comprender que muchas de las cosas que hoy considero valiosas en mi vida tienen su origen en las enseñanzas que recibí de él.
Mi papá no fue solamente quien me dio la vida. Fue también mi mejor amigo.
Cuando partió al encuentro del Señor, no perdí únicamente a mi papá; perdí también a mi mejor amigo. Su ausencia sigue haciéndose sentir, pero el agradecimiento es mucho mayor que la tristeza. Doy gracias a Dios por el privilegio de haber compartido con él tantos momentos, tantas conversaciones y tantos ejemplos que todavía hoy iluminan mi camino.
Entre las muchas cosas que heredé de papá, hay una que considero especialmente valiosa. Solía recordarme que debemos procurar siempre quedar bien ante Dios y ante los hombres.
Con los años comprendí que no se trataba de buscar aplausos ni reconocimiento. Se trataba de vivir con integridad, de actuar correctamente aun cuando nadie nos observa, de mantener una conciencia tranquila delante de Dios y una conducta honorable delante de los demás.
Mi papá solía recordarme las palabras de san Pablo:
«Procuramos hacer el bien, no sólo delante del Señor, sino también delante de los hombres.»
(2 Corintios 8:21)
Hoy sigo considerando esas palabras como una de las herencias más valiosas que recibí de él.
Con el paso de los años también me tocó vivir la experiencia de ser padre. Lo digo como padre de cinco hijos y abuelo de nueve nietos. Y si algo he aprendido es que no somos perfectos. He cometido errores, he tenido aciertos y desaciertos, como cualquier ser humano.
Sin embargo, he procurado que mis hijos siempre sepan que son amados. Porque la paternidad no consiste en no equivocarse nunca, sino en amar, corregir, aprender y volver a empezar cuantas veces sea necesario.
Quizá por eso comprendo mejor hoy lo que papi hizo por mí.
Y como creo en la comunión de los santos, sé que el amor no termina con la muerte. Por eso, de vez en cuando, envío un gran abrazo hasta el cielo. Lo acompaño con una oración de agradecimiento a Dios por el regalo de la vida de mi papá, por todo lo que sembró en mí y por la esperanza de que un día volveremos a encontrarnos en la Casa del Padre Celestial.
En este Día del Padre, mi oración es por todos los papás: por los que hoy acompañan a sus hijos, por los que ya son abuelos, por los que luchan cada día por sacar adelante a sus familias y también por aquellos que ya han partido al encuentro del Señor.
Y en este día tampoco puedo dejar por fuera a mi abuelito Jorge, el papá de mi mamá. Murió cuando yo era muy pequeño, pero sus huellas permanecieron mucho tiempo después de su partida.
Era un apasionado coleccionista de estampillas. Años más tarde, un jefe mío que compartía esa afición me habló maravillas de él y de la importancia de su colección. De hecho, mi abuelita pudo vivir durante muchos años gracias al producto de su venta.
De él conservo también una anécdota familiar que siempre me hace sonreír. Estando en México, cuando yo tenía apenas cuatro años, encontré unas estampillas que él estaba separando cuidadosamente de los sobres. Convencido de que estaba ayudando, decidí echarlas al inodoro y jalar la cadena. Cuentan que el grito se escuchó por toda la casa. Me gusta pensar que, después del susto y con el paso de los años, mi abuelo Jorge terminó riéndose de la travesura de aquel condenado chiquillo. Perdón abuelito!
Antes de concluir, elevo también mi agradecimiento a Dios, mi Padre celestial, por la vida de mi abuelo Arturo y de mi padre Guido. Ellos ya completaron su peregrinación en esta tierra, pero las huellas de su amor, sus enseñanzas y su ejemplo siguen vivas en quienes tuvimos la bendición de conocerlos.
Con gratitud y esperanza, les envío hoy un abrazo hasta el cielo.
Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios

