Del costado abierto de Cristo: sangre, agua y el nacimiento de la Iglesia
Una meditación bíblica y patrística sobre el origen de los sacramentos, la misericordia divina y el amor revelado en la Cruz.

«Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.»

(Jn 19,34)

Una meditación durante la adoración eucarística

Hoy, mientras seguía una transmisión de adoración al Santísimo Sacramento, mi atención se detuvo en un pasaje del Evangelio de San Juan que siempre me ha impresionado:

«Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis.»

(Jn 19,33-35)

He leído estas palabras muchas veces. Sin embargo, mientras contemplaba al Señor presente en la Eucaristía, comenzaron a surgir una tras otra imágenes y conexiones bíblicas que nunca había visto reunidas con tanta claridad.

Pensé en el nuevo Adán dormido sobre el árbol de la Cruz. Pensé en la nueva Eva que nace de su costado abierto. Pensé en el Bautismo y la Eucaristía simbolizados en aquella agua y aquella sangre. Recordé las palabras de Jesús cuando habló de la Pasión como un bautismo que todavía debía recibir. Pensé en el Sagrado Corazón atravesado por amor y en los rayos de la Divina Misericordia que representan aquella misma sangre y aquella misma agua que San Juan contempló al pie de la Cruz.

Y comprendí que, cuando uno visualiza realmente lo que estos pasajes representan, ya no vuelve a contemplar de la misma manera la Eucaristía, el Sagrado Corazón ni la Divina Misericordia.

Todo parece converger en aquel instante solemne del Calvario.

Por eso San Juan interrumpe su relato para insistir:

«El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero.»

Es como si quisiera decirnos:

"No pasen de largo. Deténganse. Contemplen. Aquí hay un misterio que debe ser comprendido con el corazón."

El testimonio que San Juan no quiere que ignoremos

A lo largo de la Pasión, San Juan narra numerosos acontecimientos. Sin embargo, solamente en muy pocos momentos interrumpe el relato para certificar personalmente lo ocurrido.

Aquí lo hace.

No quiere que el lector vea la sangre y el agua como un simple detalle histórico.

Quiere que contemple un misterio.

Durante veinte siglos, los Padres de la Iglesia, los teólogos, los santos y el Magisterio han vuelto una y otra vez sobre estas palabras.

Porque en ellas descubrieron una síntesis admirable de toda la historia de la salvación.

Del costado de Adán nace Eva

Muchos siglos antes del Calvario, el Génesis nos presenta una escena sorprendente:

«Entonces Yahvé Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, que se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahvé Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre.»

(Gn 2,21-22)

Para los primeros cristianos este pasaje no era solamente el relato de la creación de Eva.

Era también una figura profética.

Adán cae en un profundo sueño.

Cristo entra en el sueño de la muerte.

Del costado de Adán nace Eva.

Del costado de Cristo nace la Iglesia.

La Cruz aparece así como una nueva creación.

La humanidad caída comienza a ser reconstruida desde el amor redentor de Cristo.

San Agustín: la nueva Eva nace del nuevo Adán

Entre los Padres de la Iglesia, pocos contemplaron este misterio con tanta profundidad como San Agustín.

Al leer Juan 19 a la luz del Génesis, descubre una extraordinaria correspondencia entre Adán y Cristo.

Escribe:

«Duerme Adán, para que Eva sea hecha; muere Cristo para que sea hecha la Iglesia. Del costado es hecha Eva para Adán durmiente: una lanza perfora el costado a Cristo muerto, para que desciendan los sacramentos con que será formada la Iglesia.»

La imagen es conmovedora. Eva surge del costado del primer Adán mientras duerme; la Iglesia surge del costado abierto del nuevo Adán mientras entrega su vida en la Cruz. Y del mismo costado brotan los sacramentos que comunican esa vida nueva a los creyentes.

Cristo inclina la cabeza.

Cristo entrega su espíritu.

Cristo entra en el sueño de la muerte.

Y de su costado abierto nace la nueva Eva: la Iglesia.

Para San Agustín, la Iglesia no es una institución añadida posteriormente a la obra de Cristo.

La Iglesia nace en el Calvario.

Nace del amor que se entrega hasta el extremo.

Por eso el costado abierto no es solamente una herida.

Es también un nacimiento.

Es un parto espiritual.

La sangre y el agua

¿Por qué San Juan insiste en que salió sangre y agua?

¿Por qué no menciona solamente la sangre?

Los Padres vieron en esta doble corriente una referencia a los dos grandes sacramentos que sostienen la vida cristiana.

El agua evoca el Bautismo.

La sangre evoca la Eucaristía.

Del costado abierto de Cristo brota la vida sacramental de la Iglesia.

La Iglesia nace de la Cruz y continúa viviendo de aquello que brota de la Cruz.

San Juan Crisóstomo: del agua y de la sangre nació la Iglesia

Si San Agustín contempla el nacimiento de la Iglesia desde la imagen de Eva, San Juan Crisóstomo contempla el mismo misterio desde la perspectiva sacramental.

Comentando Juan 19,34 escribe:

«No pases indiferente ante este misterio. Tengo aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre son símbolo del Bautismo y de los santos misterios. De estos dos sacramentos nació la Iglesia.»

Y añade:

«Así como Dios tomó una costilla del costado de Adán, Cristo nos dio agua y sangre de su costado.»

La afirmación es extraordinaria:

«De estos dos sacramentos nació la Iglesia.»

No se trata únicamente de símbolos.

Se trata de la vida misma de la Iglesia.

El Bautismo incorpora al creyente a Cristo.

La Eucaristía lo alimenta con la vida de Cristo.

Y ambos brotan del costado abierto del Salvador.

El bautismo que Cristo debía recibir

Existe un detalle del Evangelio que ilumina profundamente esta escena.

Jesús utiliza la palabra "bautismo" para referirse a su propia Pasión.

Dice:

«Con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!»

(Lc 12,50)

Y también:

«¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?»

(Mc 10,38)

La Cruz aparece así como el gran bautismo de Cristo.

Una inmersión total en el sufrimiento, la obediencia y el amor.

Cuando la sangre y el agua brotan de su costado, contemplamos los frutos de ese bautismo consumado.

Cristo entra en la muerte para que nosotros podamos entrar en la vida.

Bautismo, Eucaristía y vida nueva

San Pablo desarrolla esta misma enseñanza:

«Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.»

(Rm 6,4)

Y Jesús había enseñado:

«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.»

(Jn 6,54)

Por eso la sangre y el agua no son solamente símbolos.

Son signos visibles de realidades espirituales inmensas.

Por el Bautismo participamos en la muerte y resurrección de Cristo.

Por la Eucaristía recibimos su propia vida.

Todo ello brota de la Cruz.

La voz constante de la tradición

San Ambrosio contempló en la sangre y el agua la purificación y la redención de la Iglesia.

San Beda el Venerable volvió a relacionar el costado de Cristo con el costado de Adán.

Santo Tomás de Aquino resumió siglos de reflexión con una frase memorable:

«Del costado de Cristo dormido en la cruz brotaron los sacramentos por los cuales se constituyó la Iglesia.»

Resulta asombroso comprobar cómo generaciones enteras de cristianos llegaron a la misma conclusión.

La Iglesia nace del costado abierto de Cristo.

Misericordia quiero y no sacrificios

Sin embargo, sería un error contemplar esta escena únicamente desde la perspectiva del sacrificio.

Jesús nos invita a mirar más profundamente.

Citando al profeta Oseas, enseña:

«Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio.»

(Mt 9,13)

Y el profeta había proclamado:

«Porque misericordia quiero, que no sacrificio, conocimiento de Dios más que holocaustos.»

(Os 6,6)

La Cruz es ciertamente sacrificio.

Pero es, sobre todo, misericordia.

El costado abierto de Cristo revela un amor que no se reserva nada para sí.

La sangre y el agua brotan de un Corazón que ama hasta el extremo.

El Corazón abierto de Cristo

Hasta este punto hemos contemplado el costado abierto de Cristo como fuente del Bautismo, de la Eucaristía y del nacimiento de la Iglesia.

Pero la tradición cristiana descubrió algo más.

Descubrió que aquella herida permitía asomarse al misterio más profundo de todos: el amor mismo de Dios.

Por eso la espiritualidad cristiana desarrolló progresivamente la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

No se trata de una devoción centrada en un órgano físico.

Los católicos no adoramos un corazón separado de Cristo.

Adoramos a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Su Corazón representa el centro de su persona, el lugar simbólico de su amor humano y divino.

La herida del costado se convierte así en una ventana que nos permite contemplar el misterio del amor de Dios.

La Iglesia nació del costado abierto de Cristo.

La espiritualidad del Sagrado Corazón nos invita a entrar en él.

Del costado abierto al Sagrado Corazón

La devoción al Sagrado Corazón no surgió separada del Evangelio.

Sus raíces se encuentran precisamente en la contemplación del costado abierto de Cristo.

A lo largo de los siglos, los cristianos comprendieron que aquella herida permitía vislumbrar algo más profundo que el sufrimiento físico del Señor: revelaba el amor infinito de Dios por la humanidad.

Sagrado Corazón de Jesús

La devoción al Sagrado Corazón recibió un impulso decisivo en el siglo XVII, especialmente a través de las revelaciones privadas recibidas por Santa Margarita María de Alacoque. En ellas, Cristo mostró su Corazón como signo de su amor ardiente por la humanidad y de su dolor ante la indiferencia con que muchas veces es recibido ese amor.

Sin embargo, esta devoción no nace separada del Evangelio. El Corazón de Jesús remite directamente al costado abierto del Calvario: allí donde San Juan vio brotar sangre y agua, la Iglesia aprendió a contemplar el amor de Cristo abierto para todos.

Por eso muchas representaciones del Sagrado Corazón muestran simultáneamente:

  • el Corazón visible;
  • la herida del costado;
  • la cruz;
  • la corona de espinas;
  • las llamas de amor.

Todos estos elementos hablan del mismo misterio.

El amor de Dios manifestado en Jesucristo.

No es casualidad que San Juan, el discípulo amado que reclinó su cabeza sobre el pecho del Señor durante la Última Cena, sea también quien nos relata la apertura del costado en el Calvario.

El discípulo que escuchó los latidos del Corazón de Cristo durante la Cena es también quien contempla aquel Corazón abierto sobre la Cruz.

Pío XII y las fuentes de la salvación

La relación entre el costado abierto de Cristo y el Sagrado Corazón fue desarrollada magistralmente por el Papa Pío XII en la encíclica Haurietis Aquas.

El título proviene de las palabras del profeta Isaías:

«Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.»

(Is 12,3)

Pío XII presenta el Corazón de Cristo como una fuente inagotable de gracia.

No se trata simplemente de una devoción privada.

Se trata de contemplar el amor redentor de Cristo del que brotan la vida de la Iglesia, los sacramentos y la salvación del mundo.

La imagen es profundamente bíblica.

Del costado abierto brotan sangre y agua.

De las fuentes de la salvación brota la gracia.

Del Corazón de Cristo brota la misericordia.

Todo converge en el mismo misterio.

La Divina Misericordia

Jesús, en ti confío

La imagen de la Divina Misericordia vuelve a colocar ante nuestros ojos el misterio contemplado por San Juan al pie de la Cruz: del Corazón de Cristo brotan la Sangre y el Agua, signos de vida, perdón y gracia.

La expresión «Jesús, en ti confío» no es solamente una frase devocional. Es una respuesta de fe ante el Corazón abierto del Salvador, de donde sigue fluyendo la misericordia de Dios para el mundo.

Muchos siglos después, Santa Faustina Kowalska recibió la misión de recordar al mundo la misericordia de Dios.

En la imagen de la Divina Misericordia aparecen dos rayos que brotan del pecho de Cristo.

Uno rojo.

Otro pálido.

Jesús explicó que representan la Sangre y el Agua.

Resulta imposible no recordar inmediatamente el testimonio de San Juan:

«Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.»

(Jn 19,34)

La Divina Misericordia no sustituye el Evangelio.

No introduce un mensaje diferente.

Nos devuelve continuamente a la Cruz.

Nos conduce una y otra vez al costado abierto del Salvador.

Lo que Santa Faustina contempla en la imagen es lo mismo que San Juan contempló al pie del Calvario.

La enseñanza de la Iglesia

El Catecismo de la Iglesia Católica recoge esta tradición con palabras que parecen resumir veinte siglos de reflexión cristiana:

«El comienzo y el crecimiento de la Iglesia son significados por la sangre y el agua que brotaron del costado abierto de Jesús crucificado.»

(CIC 766)

Esta afirmación posee una enorme fuerza.

No estamos ante una interpretación marginal.

No estamos ante una simple reflexión devocional.

La Iglesia enseña oficialmente que la sangre y el agua significan su propio nacimiento y crecimiento.

Lo que San Juan contempló en el Calvario continúa siendo parte esencial de la comprensión que la Iglesia tiene de sí misma.

Un mensaje para nuestro tiempo

San Juan Pablo II vio en la Divina Misericordia una de las grandes respuestas de Dios a las heridas del mundo moderno.

La sangre y el agua que brotan del costado de Cristo continúan siendo una fuente de esperanza para una humanidad necesitada de reconciliación.

El Papa Francisco insistió repetidamente en que el cristianismo es el encuentro con el amor concreto de Cristo y no una simple ideología religiosa.

Y el Papa León XIV nos ha invitado a anunciar la esperanza cristiana en medio de un mundo marcado por la incertidumbre, la fragmentación y el miedo.

Todos ellos, desde perspectivas distintas, nos conducen al mismo lugar:

al costado abierto de Cristo.

Porque allí encontramos el origen de la Iglesia.

Allí encontramos los sacramentos.

Allí encontramos el Corazón de Dios.

Allí encontramos la misericordia.

Del Calvario al altar

Mientras contemplaba al Señor presente en la Eucaristía, comprendí algo que nunca había percibido con tanta fuerza.

La Hostia consagrada que adoramos en el altar y la sangre y el agua que brotaron del costado de Cristo en la Cruz pertenecen al mismo misterio de amor.

No contemplamos a un Cristo distinto.

No celebramos un sacrificio diferente.

No adoramos otra realidad.

Es el mismo Señor.

El mismo que murió por nosotros.

El mismo cuyo costado fue atravesado.

El mismo del que brotaron sangre y agua.

El mismo que permanece con nosotros en el Sacramento del altar.

La próxima vez que contemplemos la Cruz, una imagen del Sagrado Corazón, la Divina Misericordia o al Señor presente en la Eucaristía, quizá podamos recordar aquellas palabras del Evangelio:

«Al instante salió sangre y agua.»

Y comprender que, desde aquel costado abierto, sigue brotando para el mundo la vida, la gracia y la misericordia de Dios.

Conclusión

Cuando San Juan contempló la sangre y el agua brotando del costado de Cristo, vio mucho más que una herida.

Vio nacer la Iglesia.

Vio anticipados el Bautismo y la Eucaristía.

Vio la fuente de los sacramentos.

Vio el Corazón de Dios abierto para la humanidad.

Vio la misericordia derramándose sobre el mundo.

Los Padres de la Iglesia contemplaron este misterio.

Los santos lo contemplaron.

La Iglesia continúa contemplándolo.

Y nosotros seguimos encontrándolo cada vez que miramos la Cruz, cada vez que contemplamos el Sagrado Corazón, cada vez que rezamos ante la imagen de la Divina Misericordia y, de manera especial, cada vez que adoramos a Cristo presente en la Eucaristía.

Porque el mismo Señor cuyo costado fue atravesado en el Calvario es el Señor que permanece con nosotros en el Sacramento del altar.

Oración final

Señor Jesús,

hoy me detengo ante tu costado abierto.

Contemplo la sangre y el agua que brotaron de tu Corazón traspasado por amor.

Contemplo la fuente de donde nace tu Iglesia.

Contemplo el agua que me hizo hijo de Dios en el Bautismo.

Contemplo la sangre preciosa con la que alimentas a tu pueblo en la Eucaristía.

Contemplo tu misericordia, más grande que mis pecados, más fuerte que mis temores y más profunda que todas mis debilidades.

Haz que nunca me acostumbre a tu Cruz.

Haz que nunca deje de maravillarme ante el amor que revelaste al entregar tu vida por nosotros.

Que cada vez que contemple tu Sagrado Corazón recuerde el amor infinito que brota de tu costado abierto.

Que cada vez que contemple la imagen de la Divina Misericordia recuerde que tu gracia sigue fluyendo sobre el mundo.

Y que cada vez que te adore en el Santísimo Sacramento reconozca en tu presencia el mismo amor que se entregó por nosotros en el Calvario.

Señor Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo.

Amén.

Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios


Para seguir meditando

Sagrada Escritura

  • Génesis 2,18-24
  • Salmo 22
  • Isaías 53
  • Oseas 6,6
  • Isaías 12,3
  • Lucas 12,50
  • Marcos 10,35-40
  • Juan 6,22-59
  • Juan 19,31-37
  • Romanos 6,3-11
  • Efesios 5,25-32
  • Apocalipsis 21,1-5

Padres de la Iglesia

Magisterio

Un comentario en «Del costado abierto de Cristo: sangre, agua y el nacimiento de la Iglesia»

  1. Excelente catequesis. Muchas gracias por compartirla. Cada día aprendo un poco más. Relacionando. Biblia, catecismo y documentos de la iglesia.

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