León XIII, León XIV y la pregunta por la ciudad que construimos
En el artículo anterior me detuve en una de las frases más comentadas de la primera encíclica de León XIV: “desarmar la inteligencia artificial”. Allí intenté releer de primera fuente el texto original, extraer lo que dice literalmente y ubicar esa expresión en su contexto.
Quienes deseen leer esa primera reflexión pueden hacerlo aquí:Desarmar la IA: ¿qué quiso decir realmente León XIV?
Pero conforme avanzo en la lectura de Magnifica Humanitas, más claro veo que la encíclica no puede entenderse únicamente como un documento sobre inteligencia artificial.
La inteligencia artificial está presente, por supuesto. Los algoritmos, los datos, la automatización, el poder digital y las nuevas formas de dominio ocupan un lugar muy importante en Magnifica Humanitas. Sin embargo, detrás de esos temas León XIV parece hacernos una pregunta mucho más antigua y más profunda:
¿Qué ciudad estamos construyendo?
El Papa no nos hace una pregunta meramente técnica. Nos está planteando una pregunta espiritual, social y profundamente humana.
Y esto resulta especialmente significativo porque León XIV no habla desde una distancia ingenua frente al mundo del pensamiento técnico y humanístico. Antes de su formación eclesiástica, obtuvo un grado universitario en Matemática en Villanova University y también estudió Filosofía. Por eso su reflexión sobre la tecnología no parece nacer del miedo a lo que no comprende, sino de una mirada formada para unir razón, discernimiento y preocupación pastoral por el lugar que ocupa la persona humana en medio del progreso.
Por mi parte, como licenciado en Ciencias de la Computación y profesional vinculado durante décadas al desarrollo de software, mi primera reacción natural fue acercarme a la encíclica desde una perspectiva técnica. Sin embargo, conforme avanzaba en la lectura, fui descubriendo que la pregunta central que León XIV nos plantea no pertenece únicamente al ámbito de la tecnología.
Para comprenderla mejor era necesario volver a la Escritura, a la fe, a la historia de la salvación y a la esperanza cristiana.
Por eso esta meditación no quiere ser principalmente un análisis tecnológico. Quiere ser una lectura espiritual.
Porque la Biblia comienza con un jardín y termina con una ciudad. Y en medio de esa historia aparecen Babel, Jerusalén, el exilio, la reconstrucción, Pentecostés y finalmente la Nueva Jerusalén que desciende de Dios.
Babel: la ciudad del orgullo
La historia de Babel suele recordarse como la historia de una torre demasiado alta. Pero el problema no era simplemente arquitectónico. Tampoco era tecnológico.
El problema era espiritual.
«Ea, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la faz de la tierra.»
Génesis 11,4
La frase es reveladora: “hagámonos famosos”.
Babel representa una humanidad organizada, capaz, ambiciosa, técnicamente eficaz, pero encerrada sobre sí misma. No busca recibir el cielo como don. Quiere conquistarlo. No busca comunión. Busca grandeza. No quiere escuchar a Dios. Quiere asegurarse su propio nombre.
León XIV lee esta imagen precisamente en esa clave. En Magnifica Humanitas recuerda que el proyecto de Babel escondía un engaño profundo:
«Es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización.»
Y añade que cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la autosuficiencia, la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos dejan de comprenderse.
En ese sentido, Babel no es solamente un relato antiguo. Es una tentación permanente.
Cada generación puede construir su propia Babel: con ladrillos, con ejércitos, con dinero, con ideologías, con fábricas, con datos o con algoritmos.
El problema no está en construir. El problema está en construir sin Dios, sin humildad y sin reconocer la dignidad del hermano.
San Agustín: dos amores, dos ciudades
San Agustín ofreció una de las claves más profundas para leer esta tensión. En La Ciudad de Dios, distingue dos ciudades nacidas de dos amores:
«Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de sí hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la ciudad celestial.»
Esta frase ilumina de forma admirable el contraste entre Babel y la Ciudad de Dios.
Babel nace del amor propio cerrado sobre sí mismo: la búsqueda del propio nombre, del propio poder, de la propia seguridad, incluso a costa de Dios y del hermano.
La Ciudad de Dios nace de otro amor: el amor que se abre a Dios y, desde Dios, al prójimo. Cuando Agustín habla del “desprecio de sí” no invita a negar la propia dignidad, sino a dejar de ponerse uno mismo como centro absoluto de la realidad.
Por eso la pregunta no es solamente qué construimos, sino desde qué amor construimos.
Podemos construir instituciones, empresas, sistemas, plataformas digitales y herramientas extraordinarias. Pero si el amor que las anima es el dominio, la vanidad, la codicia o la autosuficiencia, tarde o temprano esas obras terminan deshumanizando.
En cambio, cuando una sociedad se deja guiar por la verdad, la justicia, la solidaridad y el bien común, comienza a aparecer, aunque sea de modo imperfecto, algo de esa civilización del amor de la que han hablado los Papas recientes y que León XIV vuelve a proponer como horizonte frente a la cultura del poder.ando.
En cambio, cuando una sociedad se deja guiar por la verdad, la justicia, la solidaridad y el bien común, comienza a aparecer, aunque sea de modo imperfecto, algo de esa civilización del amor de la que han hablado los Papas recientes y que León XIV vuelve a proponer como horizonte frente a la cultura del poder.
Salomón: conocimiento no es lo mismo que sabiduría
Nuestra época posee una cantidad de información que ninguna generación anterior pudo imaginar. Tenemos bases de datos inmensas, modelos de inteligencia artificial, sistemas capaces de procesar lenguaje, imágenes, sonido y patrones complejos.
Pero la Escritura nos recuerda que saber mucho no es lo mismo que ser sabio.
Cuando Dios ofrece a Salomón pedir lo que quiera, el rey no pide riqueza, poder, larga vida ni victoria sobre sus enemigos. Pide algo más profundo:
«Concede, pues, a tu siervo un corazón que escuche para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal.»
1 Reyes 3,9
La petición es preciosa: un corazón que escuche.
No pide sólo inteligencia. No pide sólo capacidad de cálculo. No pide sólo información. Pide sabiduría para discernir el bien y el mal.
Quizá esa sea una de las grandes preguntas que Magnifica Humanitas nos deja: ¿estamos formando sociedades más informadas, o sociedades más sabias?
La inteligencia artificial puede ayudarnos a procesar información. Pero no puede sustituir el discernimiento moral. Puede generar respuestas. Pero no puede darnos por sí sola un corazón que escuche.
La tradición bíblica vuelve una y otra vez sobre esta diferencia entre conocimiento y sabiduría. El conocimiento nos ayuda a comprender cómo funcionan las cosas. La sabiduría nos ayuda a comprender para qué existen y cómo deben ser utilizadas.
Por eso la Escritura presenta la sabiduría como un don que viene de Dios y no simplemente como el resultado de acumular información.
«¿Qué hombre puede conocer el designio de Dios? ¿Quién puede imaginar lo que quiere el Señor?»
Sabiduría 9,13
Y más adelante añade:
«Enviaste tu Espíritu Santo desde lo alto.»
Sabiduría 9,17
No deja de ser significativo que la respuesta última a la búsqueda de la sabiduría termine apuntando al Espíritu Santo. El mismo Espíritu que más adelante descenderá sobre los Apóstoles en Pentecostés.
Quizá por eso el verdadero problema de Babel no fue la falta de inteligencia. Fue la falta de sabiduría.
Y quizá por eso la gran pregunta de nuestra época no sea cuánto conocimiento lograremos acumular, sino cuánta sabiduría conservaremos para utilizarlo correctamente.
Buscar primero el Reino y su justicia
La sabiduría bíblica no consiste simplemente en saber más, sino en ordenar correctamente la vida. Por eso Jesús, en el Sermón de la Montaña, no invita a sus discípulos a vivir dominados por la ansiedad, la acumulación o el miedo al futuro, sino a colocar a Dios en el centro.
«Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.»
Mateo 6,33
Babel busca primero el propio nombre, la propia seguridad, la propia grandeza.
El Evangelio nos enseña a buscar primero el Reino de Dios y su justicia.
Y esa justicia no es una idea abstracta. En la Escritura aparece unida al cuidado del pobre, del trabajador, del extranjero, de la viuda, del huérfano y de todos aquellos cuya dignidad puede ser olvidada por los poderosos.
La preocupación cristiana por el pobre, por el trabajador y por el vulnerable no nace de una ideología moderna. Nace de una visión del ser humano creado a imagen de Dios y llamado a vivir como hermano entre hermanos.
La cuestión social ya estaba en la Escritura
Algunas personas se sorprenden cuando escuchan a un Papa hablar de justicia social, salarios dignos, solidaridad, pobres, migrantes o estructuras de pecado. Incluso se intenta a veces clasificar esas enseñanzas con etiquetas políticas modernas.
Pero la preocupación por el pobre no nace de una ideología moderna. Nace de la Revelación.
Ya en el Antiguo Testamento encontramos una insistencia constante en que la fe verdadera no puede separarse de la justicia.
Deuteronomio 15,9 El corazón no debe cerrarse ante el pobre.
«Guárdate de albergar en tu corazón este pensamiento perverso: “Está cerca el séptimo año, el año de la remisión”, y mires con malos ojos a tu hermano pobre y no le des nada.»
Amós 5,24 La justicia debe correr como agua viva.
«¡Que fluya, sí, el derecho como agua, y la justicia como arroyo perenne!»
Santiago 5,4 El salario retenido clama ante Dios.
«Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos.»
Los Padres de la Iglesia continuaron esta misma reflexión. Entre ellos destaca san Ambrosio de Milán, una de las grandes voces cristianas del siglo IV.
San Ambrosio expresó con enorme fuerza una idea que después sería fundamental para la Doctrina Social de la Iglesia: los bienes de la creación tienen un destino universal.
«No das al pobre de lo tuyo; le devuelves lo que es suyo. Porque lo que ha sido dado para uso común de todos, te lo apropias tú solo.»
San Ambrosio de Milán
Esta enseñanza no pertenece solamente al pasado. El Catecismo de la Iglesia Católica la recoge explícitamente cuando afirma:
«Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano.»
CIC 2402
La Iglesia reconoce la legitimidad de la propiedad privada, pero recuerda que toda posesión material está subordinada al destino universal de los bienes y al bien común.
La afirmación de san Ambrosio puede sorprender a oídos modernos, pero recoge una convicción profundamente cristiana: la propiedad privada es legítima, pero no absoluta. Está siempre llamada a servir al bien común y a la dignidad de los hermanos.
Estos textos muestran que la cuestión social no comenzó con la Revolución Industrial. Mucho antes de León XIII, mucho antes de Marx, mucho antes de cualquier sistema económico moderno, la Palabra de Dios ya preguntaba al hombre qué hacía con su hermano.
Quizá por eso resulta insuficiente interpretar estas enseñanzas utilizando categorías políticas modernas. Cuando algunos califican a un Papa como "de izquierdas" por hablar de los pobres, de la justicia social o de la dignidad del trabajador, olvidan que estas preocupaciones aparecen ya en Moisés, en los profetas, en los Evangelios, en Santiago y en los Padres de la Iglesia, muchos siglos antes de que existieran las ideologías contemporáneas.
La preocupación cristiana por la justicia no nace de una teoría económica. Nace de una visión del ser humano creado a imagen de Dios y llamado a reconocer en el otro a un hermano.
Por eso San Ambrosio podía afirmar que los bienes de la creación poseen una dimensión social que nunca debe olvidarse. La tierra, el agua, el alimento, el trabajo y todos aquellos recursos necesarios para la vida tienen un destino universal querido por Dios.
La propiedad privada es legítima y necesaria. Pero la tradición cristiana siempre ha enseñado que no puede ejercerse ignorando el bien común ni las necesidades de los más vulnerables.
Será precisamente esta larga tradición bíblica, patrística y cristiana la que León XIII retomará siglos después al enfrentar los desafíos de la Revolución Industrial.
León XIII y la Revolución Industrial
Cuando León XIII publicó Rerum Novarum el 15 de mayo de 1891, la Iglesia miraba de frente las heridas abiertas por la Revolución Industrial: obreros explotados, familias empobrecidas, concentración de riqueza, jornadas inhumanas y nuevas formas de pobreza urbana.
El propio León XIII describía aquel momento con palabras muy duras:
«La acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría.»
Rerum Novarum, 1
Y añadía que muchos obreros habían quedado «aislados e indefensos» ante «la inhumanidad de los empresarios» y «la desenfrenada codicia de los competidores».
La respuesta de la Iglesia no fue negar el progreso industrial. Tampoco fue reducir al ser humano a una pieza de la lucha de clases.
La respuesta fue recordar que la economía, la técnica y el capital deben estar al servicio de la persona humana, no al revés.
León XIII defendió la propiedad privada frente a las soluciones socialistas de su tiempo, pero al mismo tiempo denunció la explotación del trabajador y la acumulación injusta de riqueza. No absolutizó ni el mercado ni el Estado. Puso en el centro la dignidad humana.
Por eso también recordó a los patronos un deber moral fundamental:
«No considerar a los obreros como esclavos; respetar en ellos, como es justo, la dignidad de la persona.»
Rerum Novarum, 15
Ahí está una de las intuiciones centrales de la Doctrina Social de la Iglesia: el trabajo no puede separarse de la dignidad de quien trabaja.
Por eso Rerum Novarum se convirtió en un punto de partida decisivo para la moderna Doctrina Social de la Iglesia.
Una resonancia costarricense
Para los costarricenses, esta reflexión no es abstracta.
Nuestra propia historia muestra que la Doctrina Social de la Iglesia no ha sido solamente un conjunto de principios escritos en documentos pontificios, sino una fuerza capaz de inspirar cambios reales en la vida de un pueblo.
Durante el siglo XX, la influencia de la Doctrina Social ayudó a crear un clima espiritual, político y social que hizo posibles reformas profundas: las Garantías Sociales, el Código de Trabajo, la Caja Costarricense de Seguro Social y una nueva comprensión de la dignidad del trabajador, de la justicia social y del bien común.
Figuras como monseñor Víctor Manuel Sanabria, junto con actores políticos de distintas corrientes, comprendieron que la cuestión social no podía resolverse únicamente desde la lógica del mercado ni desde la lucha ideológica.
Había que reconocer la dignidad de la persona, proteger al trabajador, cuidar a la familia y construir instituciones al servicio de todos.
Hoy se discute con frecuencia sobre la relación entre Iglesia y Estado. Esa discusión puede ser legítima. Pero sería empobrecedor olvidar cuánto le debe Costa Rica a una visión cristiana de la dignidad humana, del trabajo, de la solidaridad y del bien común.
Si la Doctrina Social ayudó a Costa Rica a responder a los desafíos de la era industrial, quizá también tenga algo que aportar frente a los desafíos de la inteligencia artificial y de la era digital.
León XIV y una fecha que no parece casual
No parece casual que Magnifica Humanitas haya sido publicada un 15 de mayo, exactamente ciento treinta y cinco años después de Rerum Novarum.
Tampoco parece casual que el nuevo Papa haya elegido el nombre de León XIV.
Por supuesto, sólo el Santo Padre conoce plenamente las razones íntimas de esa elección. Pero resulta difícil no percibir una continuidad deliberada con León XIII, el Papa que miró de frente los desafíos sociales de la Revolución Industrial.
León XIII miró las máquinas, las fábricas, el capital industrial y la cuestión obrera.
León XIV mira los algoritmos, los datos, la inteligencia artificial, la automatización y las nuevas concentraciones de poder tecnológico.
Pero la pregunta sigue siendo esencialmente la misma:
¿Está el progreso al servicio del ser humano, o estamos construyendo un sistema donde el ser humano queda subordinado al progreso?
Como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, el Papa no mira estos cambios como un analista distante. Su misión tiene algo de atalaya pastoral: mirar los signos de los tiempos, advertir los peligros, escuchar las necesidades del pueblo y confirmar a sus hermanos en la fe.
Por eso su palabra tiene una dimensión verdaderamente católica, es decir, universal. Mira a toda la familia humana desde la fe de la Iglesia, procurando discernir qué amenaza la dignidad de la persona y qué caminos pueden conducir al bien común.
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Nehemías: reconstruir la ciudad herida
León XIV no se queda únicamente en Babel. También evoca la reconstrucción de Jerusalén en tiempos de Nehemías.
La referencia no es accidental. Después de advertir sobre los riesgos de una nueva Babel tecnológica, el Papa dirige la mirada hacia otra imagen bíblica: una ciudad que no busca alcanzar el cielo por orgullo, sino reconstruirse desde la responsabilidad compartida, la esperanza y la fidelidad a Dios.
Y esta imagen es profundamente pastoral. No deja de ser significativo que León XIV haya escogido precisamente a Nehemías para esta parte de la encíclica. Después de advertir sobre los riesgos de Babel, dirige la mirada hacia una comunidad que reconstruye, sana y vuelve a levantar lo que había sido destruido.
Nehemías no levanta una torre para conquistar el cielo. Reconstruye una ciudad herida. No actúa como un héroe solitario. Convoca al pueblo. Cada familia, cada grupo, cada persona asume una parte de la muralla.
La reconstrucción de Jerusalén se convierte así en una imagen de corresponsabilidad.
Nadie reconstruye solo.
Y esto conecta con los principios más importantes de la Doctrina Social de la Iglesia: solidaridad, subsidiariedad, bien común, participación y justicia social.
Frente a la tentación de Babel, Nehemías nos recuerda que la verdadera obra humana no es levantar monumentos al propio poder, sino reconstruir vínculos, proteger a los vulnerables y devolver esperanza a un pueblo herido.
Pentecostés: la respuesta de Dios a Babel
Pero el hilo bíblico no termina en Nehemías.
Hay un momento decisivo en que Dios responde de forma sorprendente al drama de Babel: Pentecostés.
En Babel, los hombres quieren subir al cielo por sus propias fuerzas.
En Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos.
En Babel, una falsa unidad termina en dispersión.
En Pentecostés, muchas lenguas se convierten en comunión.
«Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.»
Hechos 2,3-4
La tradición cristiana ha visto muchas veces en Pentecostés una sanación de Babel. Allí donde el orgullo confundió las lenguas, el Espíritu Santo permite que pueblos distintos escuchen el mismo Evangelio.
Pero Pentecostés no es solamente una respuesta al orgullo humano. Es también el cumplimiento de una promesa de Cristo.
«Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre.»
Juan 14,16
La Iglesia no nace de una estrategia de poder, ni de una torre más alta, ni de una organización humana perfectamente calculada. Nace del don del Espíritu Santo, prometido por Cristo y derramado sobre los discípulos.
Dios no responde al orgullo humano con una torre más alta. Responde con el don del Espíritu.
No impone uniformidad. Crea comunión.
No borra las diferencias. Las ordena en una unidad más profunda.
Esto es muy importante para nuestra época. A veces confundimos unidad con uniformidad, eficiencia con comunión, conectividad con encuentro.
Pero la Iglesia nace de otro modo: nace del Espíritu Santo, del amor de Cristo y de una comunión que no destruye la diversidad, sino que la reconcilia en Dios.nión que no destruye la diversidad.
La idolatría tecnológica
El riesgo de Babel no consiste en construir herramientas. Consiste en creer que las herramientas pueden salvarnos.
La tecnología puede curar, conectar, educar, organizar, ayudar y liberar muchas capacidades humanas. Pero cuando esperamos de ella salvación, sentido, inmortalidad o plenitud, la convertimos en ídolo.
Ese peligro no es nuevo.
La humanidad siempre ha tenido la tentación de adorar la obra de sus propias manos.
Hoy esa obra puede tener forma de sistema financiero, ideología, Estado, mercado, algoritmo o inteligencia artificial.
Por eso Magnifica Humanitas no debe leerse como un rechazo a la tecnología, sino como una advertencia espiritual: ninguna creación humana puede ocupar el lugar de Dios ni reducir la dignidad de la persona.
Quizá por eso la esperanza cristiana nunca ha consistido simplemente en construir una sociedad más eficiente, más rica o más poderosa.
La promesa bíblica es mucho más profunda. Dios no sólo quiere corregir los excesos de Babel. Quiere conducir a la humanidad hacia una comunión definitiva con Él.
Por eso el último libro de la Biblia no termina con una torre construida por los hombres, sino con una ciudad que desciende de Dios.
La Nueva Jerusalén: la ciudad que desciende de Dios
La Biblia no termina en Babel.
Tampoco termina simplemente en Jerusalén.
Termina con la visión de la Nueva Jerusalén.
«Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo.»
Apocalipsis 21,2
Esta imagen es decisiva.
Babel quiere subir al cielo.
La Nueva Jerusalén desciende de Dios.
Babel es conquista.
La Nueva Jerusalén es don.
Babel busca hacerse un nombre.
La Nueva Jerusalén recibe su gloria de Dios.
«Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.»
Apocalipsis 21,3-4
Esta es la gran esperanza cristiana.
No caminamos hacia una utopía fabricada por nuestras propias fuerzas. Caminamos hacia una promesa.
Y precisamente porque creemos en esa promesa, no abandonamos el mundo. Lo servimos. Lo cuidamos. Lo trabajamos. Lo reconstruimos.
Peregrinos hacia la Ciudad prometida
La esperanza cristiana no consiste en construir el paraíso por nuestras propias fuerzas.
Tampoco consiste en desentendernos de la historia.
Consiste en colaborar humildemente con la obra de Dios mientras peregrinamos hacia la Ciudad que Él nos promete.
Por eso la gran pregunta de Magnifica Humanitas no parece ser solamente qué tan inteligentes llegarán a ser nuestras máquinas.
La pregunta es qué tan sabios seremos nosotros mientras las construimos.
¿Construiremos nuevas torres de Babel, sostenidas por la arrogancia, la concentración del poder y el olvido de los débiles?
¿O ayudaremos a reconstruir espacios de comunión, justicia, solidaridad y esperanza?
Los algoritmos podrán procesar información.
Pero sólo los seres humanos pueden elegir entre Babel y la Nueva Jerusalén.
Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios.
Continuará...
Artículos anteriores de esta lectura
Esta reflexión forma parte de una serie de lecturas y comentarios sobre la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV:
- Magnifica Humanitas: una primera lectura sobre humanidad, inteligencia artificial y el riesgo de una nueva Babel
- Desarmar la IA: ¿qué quiso decir realmente León XIV?
Para profundizar
Para quienes deseen leer directamente las fuentes completas mencionadas en esta reflexión, comparto los enlaces principales:
Rerum Novarum, de León XIII
Magnifica Humanitas, de León XIV
En futuras entregas continuaremos profundizando en otros aspectos de Magnifica Humanitas, especialmente en la visión cristiana de la persona humana, la inteligencia artificial, la dignidad del trabajo, la sabiduría, la libertad y los desafíos culturales de nuestro tiempo.
