Magnifica Humanitas: León XIII y León XIV frente a dos revoluciones tecnológicas
León XIII enfrentó la Revolución Industrial. León XIV enfrenta la Revolución Digital. La pregunta sigue siendo la misma: ¿qué lugar ocupa la persona humana?

Lic. Carlos Enrique Loria Beeche.

De las fábricas y el vapor a los algoritmos y los datos

Introducción: dos Leones frente a dos épocas nuevas

Cuando León XIV escogió su nombre, muchos percibimos inmediatamente una referencia histórica imposible de ignorar. En la memoria de la Iglesia, el nombre León evoca de manera especial a León XIII, el Papa de Rerum novarum, la gran encíclica social publicada en 1891 sobre la situación de los obreros.

Magnifica Humanitas lo recuerda expresamente:

“En 1891 León XIII publicó la Encíclica Rerum novarum, cuyo 135° aniversario celebramos este año con profunda gratitud. Con ese documento, mi querido Predecesor impulsó aquella reflexión sobre la sociedad, la economía y la política que hoy llamamos ‘Doctrina social de la Iglesia’.”

Y poco después añade:

“Si en su momento León XIII hablaba de ‘nuevos asuntos’ (rerum novarum), hoy no podemos limitarnos simplemente a repetir sus valiosas enseñanzas, sino que debemos pedirle a Dios la sabiduría para interpretar las grandes tendencias de nuestro tiempo, en particular los avances de la técnica.”

Ahí está, en buena medida, la clave de este artículo. León XIII enfrentó una transformación histórica producida por la Revolución Industrial. León XIV enfrenta una transformación igualmente profunda producida por la Revolución Digital, la inteligencia artificial, la robótica, las plataformas y los datos.

No se trata de repetir mecánicamente a León XIII, sino de leer los nuevos signos de los tiempos con la misma preocupación de fondo: proteger la dignidad de la persona humana cuando una nueva forma de poder tecnológico reorganiza la sociedad.

La comparación entre ambas revoluciones ayuda a entender cuánto ha cambiado la tecnología. Sin embargo, detrás del vapor, las fábricas, los algoritmos, los datos y la inteligencia artificial permanece una misma pregunta fundamental. León XIII la formuló para su tiempo. León XIV la formula para el nuestro.

1. De la fábrica al algoritmo

La Revolución Industrial transformó profundamente la vida humana. El vapor, el carbón, el hierro, los ferrocarriles y las fábricas alteraron la economía, las ciudades, el trabajo y las relaciones sociales. Surgió una capacidad inédita de producción, pero también nuevas formas de explotación, concentración económica y fragilidad humana.

León XIII describía ese mundo con palabras muy fuertes:

“Los adelantos de la industria y de las artes, que caminan por nuevos derroteros; el cambio operado en las relaciones mutuas entre patronos y obreros; la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría [...] han determinado el planteamiento de la contienda.”

Hoy el escenario ha cambiado. Ya no hablamos principalmente de fábricas humeantes, sino de centros de datos, redes globales, plataformas digitales, modelos de inteligencia artificial, algoritmos de recomendación y sistemas automatizados de decisión.

Si en el siglo XIX el recurso estratégico era el carbón, el acero o la fábrica, en el siglo XXI el recurso estratégico parece ser la información. Los datos se han convertido en una forma de capital. Las plataformas concentran relaciones. Los algoritmos median decisiones. La inteligencia artificial empieza a intervenir en tareas que durante siglos consideramos exclusivamente humanas.

Revolución IndustrialRevolución Digital
VaporDatos
CarbónInformación
FábricasPlataformas digitales
Máquinas mecánicasAlgoritmos
Capital industrialCapital digital
Obreros fabrilesTrabajadores del conocimiento
Producción masivaAutomatización inteligente
Concentración industrialConcentración tecnológica
Rerum novarumMagnifica Humanitas

La tecnología cambió. La pregunta humana permanece.

2. Un ingrediente personal que no puedo negar

Confieso que mi lectura de Magnifica Humanitas tiene un ingrediente personal que no puedo ni debo negar.

Cuando conocí mejor la trayectoria académica de Robert Francis Prevost, hoy León XIV, me llamó profundamente la atención que fuera Licenciado en Matemáticas, además de Licenciado en Sagrada Teología y Doctor en Derecho Canónico. Para muchos podría parecer un dato secundario. Para mí no lo fue.

Mi propia formación comenzó precisamente en ese mundo. Soy Bachiller en Ciencias de la Computación por la Universidad de Costa Rica, una carrera que en aquellos años pertenecía a la Escuela de Matemática, y posteriormente Licenciado en Computación e Informática por la misma universidad. Antes de sentirme informático, me sentí atraído por la matemática, la lógica y la resolución sistemática de problemas.

Una vez matemático, siempre matemático. Aunque uno termine siendo programador, profesor, empresario, sacerdote... o incluso Papa.

En 1976, siendo todavía estudiante de colegio, tuve la oportunidad de aprender programación en una computadora Hewlett-Packard que utilizaba tarjetas magnéticas para almacenar programas. Aquello nos parecía extraordinariamente avanzado. Sin embargo, en 1977, al ingresar formalmente a la Universidad de Costa Rica, mi segundo curso de programación, utilizando FORTRAN, todavía se realizaba mediante tarjetas perforadas.

Aquella experiencia fue posible gracias a la visión de don Bernardo Montero, entonces director de la Escuela de Matemática. Él comprendía, cuando todavía pocos lo veían, que la formación matemática debía proyectarse hacia muchas áreas del conocimiento, incluida la naciente computación. Hoy puede parecer común que estudiantes de colegio participen en cursos universitarios, pero en la Costa Rica de 1976 aquello era una iniciativa verdaderamente pionera.

Desde entonces he visto pasar las tarjetas perforadas, los mainframes, las microcomputadoras, las redes locales, Internet, la nube, los teléfonos inteligentes y ahora la inteligencia artificial generativa. Por eso leo Magnifica Humanitas no como alguien que mira la tecnología desde lejos, sino como alguien que ha vivido buena parte de esta transformación desde dentro.

3. ¿Qué es realmente un algoritmo?

La palabra “algoritmo” se ha convertido en una de las más utilizadas de nuestro tiempo. Escuchamos hablar del algoritmo de Google, del algoritmo de YouTube, del algoritmo de TikTok, de los algoritmos de inteligencia artificial. Sin embargo, pocas personas se detienen a preguntar qué significa realmente esa palabra.

El término proviene del nombre del matemático persa Muhammad ibn Musa al-Khwarizmi, quien vivió en el siglo IX. Sus obras fueron traducidas al latín, y su nombre terminó transformándose con el tiempo en algorithmus, origen de nuestra palabra “algoritmo”.

En esencia, un algoritmo es una secuencia ordenada de pasos para resolver un problema o alcanzar un objetivo. Una receta de cocina es, en cierto sentido, un algoritmo. También lo es el procedimiento para hacer una división larga, calcular una raíz, ordenar una lista o determinar la ruta más corta entre dos lugares.

Durante varios años tuve la oportunidad de impartir cursos de Introducción a la Computación en la Universidad de Costa Rica. Una de las primeras tareas era explicar a los estudiantes que la informática no comienza con la computadora, sino con la capacidad humana de describir ordenadamente la solución de un problema.

Recuerdo también los textos de la ACM sobre algoritmos. Para muchos aprendices de computación eran casi una biblia académica. Aquellos libros no enseñaban solamente a programar; enseñaban una forma de pensar. Detrás de cada programa hay un algoritmo, y detrás de cada algoritmo hay una estructura lógica que intenta resolver un problema.

Por eso conviene recordar algo esencial: los algoritmos no son entidades misteriosas ni fuerzas autónomas que aparecen espontáneamente. Son creaciones humanas. Detrás de cada algoritmo hay decisiones humanas: qué datos usar, qué objetivo optimizar, qué errores tolerar, qué criterios priorizar y quién resulta beneficiado o perjudicado.

Magnifica Humanitas advierte sobre este punto cuando dice:

“Confiar, en la práctica, a un algoritmo el poder de seleccionar quién es digno y quién no, sin que nadie asuma el peso de la responsabilidad ética y política, significa renunciar a una de las tareas más altas de la justicia.”

4. La dignidad humana no depende del rendimiento

Uno de los grandes peligros de toda revolución tecnológica es medir a la persona únicamente por su rendimiento.

León XIII se preocupaba por el obrero sometido a condiciones que podían reducirlo a una pieza más dentro de la maquinaria industrial. En Rerum novarum advertía:

“Ni la justicia ni la humanidad toleran la exigencia de un rendimiento tal, que el espíritu se embote por el exceso de trabajo y al mismo tiempo el cuerpo se rinda a la fatiga.”

La frase pertenece al mundo industrial, pero conserva una sorprendente actualidad. Hoy el cuerpo puede no estar encerrado en una fábrica, pero la mente puede quedar sometida a métricas, pantallas, notificaciones, objetivos de productividad, algoritmos de evaluación y disponibilidad permanente.

Magnifica Humanitas retoma esta preocupación desde el mundo digital:

“El trabajo sigue siendo una dimensión fundamental de la experiencia humana; no es sólo un medio de subsistencia, sino también un espacio de expresión, de relaciones y de contribución a la comunidad.”

La inteligencia artificial puede ayudar a liberar a las personas de tareas repetitivas, peligrosas o tediosas. Puede ser una aliada de la creatividad y de la productividad. Pero también puede convertirse en un nuevo instrumento de presión si se utiliza para acelerar procesos sin cuidar la dignidad de quienes trabajan.

León XIV lo expresa con claridad:

“Toda introducción de automatización y de IA debería ir acompañada de medidas verificables de protección del empleo [...] Cuando se dan estas condiciones, la innovación puede convertirse en aliada de un trabajo más seguro, más creativo y más digno; cuando faltan, tiende a transformarse en una aceleración de la injusticia.”

La pregunta no es si la IA será útil. La pregunta es para quién será útil, bajo qué condiciones, con qué criterios y al servicio de qué visión de la persona humana.

[AVATAR: LA-DIGNIDAD-NO-DEPENDE-DEL-RENDIMIENTO]

5. La nube es la computadora de alguien más

Existe una frase popular entre administradores de sistemas que suele provocar una sonrisa: “la nube es simplemente la computadora de alguien más”.

La expresión simplifica una realidad mucho más compleja, pero contiene una verdad importante. Cuando almacenamos documentos en OneDrive, Google Drive, Dropbox, iCloud o cualquier otro servicio similar, nuestros datos terminan residiendo en servidores físicos administrados por terceros.

No digo esto desde una posición de rechazo tecnológico. Durante buena parte de mi vida profesional he trabajado con herramientas de Microsoft y tuve el honor de ser reconocido como Microsoft MVP en los años 2001, 2002 y 2003. Utilizo servicios en la nube y reconozco sus enormes beneficios: disponibilidad, respaldo, sincronización, colaboración y seguridad.

Pero también he sentido esa cierta acidez interior de ver cómo, poco a poco, todo parece ser invitado a migrar hacia infraestructuras que no controlamos directamente. Documentos, fotografías, comunicaciones, respaldos, contraseñas, identidades digitales y hasta mecanismos de doble verificación se concentran en grandes ecosistemas tecnológicos.

No se trata de acusar a Microsoft, Google, Apple, Dropbox o cualquier otra empresa. Comprendo que para brindar servicios globales se necesitan arquitecturas complejas, centros de datos, mecanismos de autenticación, sincronización y protección. El punto es más profundo: ¿cuánto control conserva la persona sobre su propia información?

Magnifica Humanitas plantea esta preocupación desde la lógica del poder tecnológico:

“Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente ‘privado’, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.”

Yo mismo tengo un dominio llamado SkyCR, pensado como un cielo donde habitan muchas nubes. Desde hace años he ofrecido soluciones de nube privada para clientes, y también utilizo Nextcloud como centro de respaldo y sincronización. Pero en mi caso, cuando lo utilizo para mis propios datos, está en mis servidores, bajo mi administración.

No todos pueden hacerlo. No todos deben hacerlo. Pero todos deberían comprender qué significa entregar memoria, documentos, fotografías y relaciones personales a infraestructuras ajenas.

[AVATAR: LA-NUBE-ES-LA-COMPUTADORA-DE-ALGUIEN-MAS]

6. Privacidad, anonimato y soberanía digital

La privacidad no es solamente un asunto técnico. Es un asunto profundamente humano.

En una ocasión publiqué una fotografía usando una máscara mexicana que ocultaba buena parte de mi rostro y pregunté si podían reconocerme. Varias personas lo hicieron. Algunas por mis cejas. Otras quizá por mi contextura, por mi postura o incluso por la pared del fondo.

Aquello me confirmó algo que la era digital ha vuelto evidente: la identidad humana rara vez depende de un solo dato. No basta con ocultar el nombre o cubrir el rostro. Somos reconocibles por patrones, contextos, hábitos, relaciones, horarios, dispositivos, ubicaciones, fotografías y formas de expresarnos.

Mucho antes de que la inteligencia artificial se convirtiera en tema cotidiano, trabajé en proyectos relacionados con estudios clínicos. Allí aprendí una lección importante: proteger la identidad de los participantes no era una recomendación opcional, sino una exigencia ética y legal fundamental. Una persona puede contribuir al avance de la ciencia sin renunciar por ello a su dignidad, a su intimidad ni al control sobre información especialmente sensible.

La legislación costarricense también reconoce esta preocupación en la Ley N.° 8968, Protección de la Persona frente al Tratamiento de sus Datos Personales, cuyo eje es la autodeterminación informativa. Es decir, la capacidad de la persona de conservar control sobre la información que la identifica.

Pero la inteligencia artificial introduce una dificultad nueva. Ya no se trata solamente de qué información entregamos, sino de qué puede inferirse a partir de fragmentos dispersos. Una fotografía, un horario, una dirección IP, una ubicación, una preferencia de lectura o una forma de escribir pueden combinarse para reconstruir perfiles cada vez más precisos.

Por eso la pregunta sobre el anonimato se vuelve mucho más compleja:

[AVATAR: QUE-SIGNIFICA-SER-ANONIMO]

Nota visual: esta es la excepción del avatar recurrente. En esta imagen, Gepeto Reflexiona aparece con la máscara mexicana.

7. La verdad en tiempos de contenido sintético

La inteligencia artificial no sólo procesa datos. También produce textos, imágenes, voces, videos y argumentos. Eso introduce una dificultad cultural enorme: distinguir lo verdadero de lo simplemente verosímil.

La imagen de Mafalda que circula con frases sobre la inteligencia artificial es un buen ejemplo. Puede expresar una idea valiosa, pero no necesariamente fue escrita por Quino. Precisamente por eso resulta útil para nuestra reflexión: hoy podemos poner en boca de casi cualquier personaje, real o ficticio, frases que nunca dijo.

León XIV advierte que la verdad debe ser entendida como bien común:

“La transformación digital nos pide redescubrir la verdad como bien común, proteger la dignidad del trabajo y salvaguardar la libertad frente a toda dependencia y mercantilización.”

Más adelante, la encíclica advierte sobre el poder de quienes poseen grandes recursos técnicos y económicos para influir culturalmente:

“Quienes disponen de poderosos recursos técnicos y económicos [...] tienen una gran capacidad para provocar cambios culturales y, en última instancia, para convencer a un número significativo de personas acerca de cuál es la verdad sobre el ser humano, sobre el mundo, sobre el sentido de la existencia, sobre la familia, e incluso sobre Dios.”

Este punto es fundamental. El problema de la IA no es sólo que pueda equivocarse. El problema es que puede producir discursos convincentes, imágenes plausibles y argumentos verosímiles a una escala nunca antes vista.

Por eso la educación digital no puede limitarse a enseñar a usar herramientas. Debe enseñar a verificar fuentes, reconocer sesgos, distinguir una cita real de una atribución falsa, separar hechos de opiniones y desarrollar pensamiento crítico.

[AVATAR: LA-VERDAD-SIGUE-SIENDO-IMPORTANTE]

8. Educación: formar personas, no sólo usuarios

Una de las frases humorísticas atribuidas a Mafalda dice: “No me preocupa el avance de la inteligencia artificial. Me preocupa el retroceso de la inteligencia natural.” No afirmo que sea de Quino. De hecho, sospecho que no lo es. Pero la frase plantea una preocupación legítima.

La IA puede responder preguntas, pero eso no significa que estemos aprendiendo a formularlas. Puede redactar textos, pero eso no significa que sepamos pensar mejor. Puede resumir libros, pero eso no sustituye la lectura profunda. Puede generar argumentos, pero eso no reemplaza el discernimiento.

Magnifica Humanitas lo expresa desde la necesidad de una alianza educativa:

“En una época en la que la verdad suele verse supeditada a intereses y estrategias comunicativas, el mundo de la educación adquiere una importancia decisiva.”

Y añade una expresión que me parece especialmente importante:

“Es necesario promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida.”

Durante mis años de estudiante, el recurso escaso era el tiempo de cómputo. Había que pensar antes de perforar tarjetas. Había que revisar el algoritmo antes de enviar el trabajo. Un error costaba tiempo.

Hoy el cómputo es abundante. La información es abundante. Las respuestas son abundantes. Quizá el recurso escaso ya no sea la memoria de la computadora, sino la atención humana.

[AVATAR: FORMANDO-PERSONAS-O-SOLO-USUARIOS]

9. Subsidiariedad digital

Uno de los puntos más originales de Magnifica Humanitas es la aplicación del principio de subsidiariedad al mundo digital.

La subsidiariedad, en la Doctrina Social de la Iglesia, enseña que una instancia superior no debe absorber injustamente lo que puede realizar una instancia menor, sino ayudarla, fortalecerla y permitirle cumplir su propia responsabilidad.

León XIV lo aplica directamente a la revolución digital:

“El principio de subsidiariedad vale de manera particular en el contexto de la revolución digital. Aquí el nivel superior no es el Estado, sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico sobre las condiciones de la vida común.”

Y continúa:

“La subsidiariedad requiere que dichos procesos no se impongan desde lo alto de modo opaco y unilateral, sino que estén orientados al bien común mediante la transparencia, la responsabilidad y formas reales de participación.”

Esta es una clave poderosísima. En el siglo XIX, León XIII se preocupaba por la concentración del capital industrial. En el siglo XXI, León XIV advierte la concentración de datos, plataformas, reglas de visibilidad, acceso a información y capacidad decisional.

La subsidiariedad digital nos obliga a preguntar:

  • ¿Quién controla los datos?
  • ¿Quién define los algoritmos?
  • ¿Quién decide qué vemos?
  • ¿Quién puede apelar una decisión automática?
  • ¿Quién audita los sistemas?
  • ¿Quién protege a los débiles frente a plataformas que parecen inevitables?

Una tecnología puede ser técnicamente eficiente y, al mismo tiempo, socialmente injusta si concentra poder sin transparencia, sin responsabilidad y sin participación real.

10. ¿Puede una máquina contemplar un atardecer?

La pregunta por la inteligencia artificial no es nueva. Quienes estudiamos computabilidad conocimos desde temprano el nombre de Alan Turing. Antes de que existieran los modelos generativos actuales, ya nos preguntábamos qué significa calcular, qué problemas pueden resolverse mediante procedimientos mecánicos y cuáles son los límites de las máquinas.

Pero la pregunta más profunda no es solamente si una máquina puede calcular. Eso ya lo sabemos. La pregunta es si calcular basta para explicar todo lo que significa ser humano.

Una inteligencia artificial puede describir un atardecer con extraordinaria belleza. Puede explicar la física de la luz, los colores del cielo y la composición atmosférica. Puede escribir un poema sobre la puesta del sol. Incluso puede generar una imagen hermosa.

Pero la pregunta permanece:

¿Puede contemplarlo?

Puede describir el sabor de un helado. Pero ¿puede disfrutarlo?

Puede hablar del amor. Pero ¿puede amar?

Magnifica Humanitas toca esta diferencia cuando afirma:

“Para un algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona, puede ser el inicio de un cambio profundo. El futuro de una persona no es calculable, sino que está confiado a su libertad [...] y a las relaciones que cultiva.”

Ahí aparece una diferencia esencial. La persona humana no es sólo información procesada. Es libertad, historia, cuerpo, relación, memoria, vulnerabilidad, conciencia, apertura a Dios y capacidad de amar.

[AVATAR: PUEDE-UNA-MAQUINA-CONTEMPLAR-UN-ATARDECER]

11. El modelo no es la persona

Quienes venimos de la matemática y la computación sabemos que los modelos son indispensables. Un mapa ayuda a recorrer un territorio. Una base de datos ayuda a administrar una empresa. Un expediente clínico ayuda a cuidar a un paciente. Un modelo estadístico ayuda a comprender tendencias.

Pero el mapa no es el territorio. La base de datos no es la empresa. El expediente no es el paciente. El perfil digital no es la persona.

Uno de los riesgos de la era digital es comenzar a tratar los modelos como si fueran la realidad. Un sistema puede saber mi edad, mis compras, mis búsquedas, mis ubicaciones, mis contactos y mis preferencias. Pero eso no significa que me conozca como persona.

Por eso me parece tan importante que Magnifica Humanitas insista en el rostro humano, en la compasión, en la misericordia y en la responsabilidad. La persona nunca debe ser reducida a una función, a una métrica, a un perfil, a una probabilidad o a un dato.

Una inteligencia artificial puede reconocer millones de rostros. La cuestión es si alguna vez podrá reconocer a una persona.

12. La velocidad de las máquinas y el tiempo de las personas

Las máquinas aceleran procesos. La inteligencia artificial acelera redacciones, búsquedas, cálculos, traducciones, imágenes, decisiones y análisis.

Pero la vida humana no madura siempre al ritmo de la máquina.

La amistad requiere tiempo. La confianza requiere tiempo. La educación requiere tiempo. La fe requiere tiempo. La sabiduría requiere tiempo. El perdón requiere tiempo.

Ese contraste es importante. El progreso técnico puede ser extraordinario, pero no debe hacernos olvidar que las personas crecen lentamente, sufren lentamente, aprenden lentamente y sanan lentamente.

La tecnología puede ayudarnos a vivir mejor. Pero no puede sustituir la formación interior, la responsabilidad moral ni la caridad.

Conclusión: ¿nos estamos volviendo más humanos?

León XIII no luchó contra las máquinas de vapor. León XIV no lucha contra la inteligencia artificial.

Ambos miran algo más profundo: el riesgo de que una revolución tecnológica termine subordinando la persona a estructuras de poder, producción, cálculo o eficiencia.

León XIII contempló una humanidad que corría el riesgo de ser absorbida por las máquinas de la fábrica. León XIV contempla una humanidad que corre el riesgo de ser absorbida por las máquinas de la información.

La pregunta decisiva no es si debemos aceptar o rechazar la tecnología. La técnica, como recuerda Magnifica Humanitas, no es en sí misma enemiga de la persona. La pregunta es hacia dónde la orientamos, quién la gobierna, a quién sirve y qué imagen de la persona humana presupone.

Después de casi cincuenta años observando cómo las computadoras se hicieron más pequeñas, más rápidas, más poderosas y aparentemente más inteligentes, Magnifica Humanitas me devuelve a una pregunta mucho más sencilla y mucho más exigente:

Las máquinas son cada vez más inteligentes.
¿Nos estamos volviendo nosotros más humanos?

[AVATAR: NOS-ESTAMOS-VOLVIENDO-MAS-HUMANOS]

Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios

Fuentes principales

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