“Yo Soy”: el Nombre revelado y la luz de Cristo
Una reflexión sobre el misterio del “Yo Soy”, desde la zarza ardiente del Éxodo hasta los siete “Yo soy” de Jesús en el Evangelio de san Juan. El Nombre revelado a Moisés ilumina la identidad de Cristo: Pan de vida, Luz del mundo, Puerta, Buen Pastor, Resurrección y Vida, Camino, Verdad y Vida, y Vid verdadera.

De la zarza ardiente al Evangelio de san Juan, el Nombre divino ilumina la identidad de Jesús

Cuando Jesús dice en el Evangelio de san Juan: “Yo soy la luz del mundo”, no está pronunciando solamente una frase bella o inspiradora. En esas palabras resuena una revelación mucho más profunda: la del Dios que habló a Moisés desde la zarza ardiente y le dijo:

“Yo soy el que soy.”
“Así dirás a los israelitas: ‘Yo soy’ me ha enviado a vosotros.”
Éxodo 3,14

Por eso, los “Yo soy” de Jesús no son simplemente imágenes devocionales. Son una clave para entrar en el misterio de su persona. Jesús se presenta como Pan, Luz, Puerta, Buen Pastor, Resurrección y Vida, Camino, Verdad y Vida, y Vid verdadera. Pero detrás de cada una de esas imágenes hay una profundidad mayor: la revelación del Dios vivo, cercano, santo y salvador.

En este recorrido, la Escritura nos lleva desde la zarza ardiente hasta el Evangelio de san Juan, y desde allí hasta el Apocalipsis, para contemplar cómo el “Yo Soy” atraviesa toda la historia de la salvación.

Nota personal de gratitud

Antes de continuar, quiero dejar constancia de una gratitud muy sincera.

Este recorrido nació a partir de algo que me compartió mi hermana Patricia, quien hace unos días me comentó una reflexión que le había mencionado Fray Víctor. A partir de esa conversación, me compartieron también un enlace sobre los siete “Yo soy” de Jesús, especialmente sobre la frase “Yo soy la luz del mundo” en Juan 8,12.

Ese texto me sirvió como punto de partida y como una fuente importante de inspiración para esta reflexión. A partir de allí quise profundizar más: volver al Éxodo, revisar el misterio del Nombre revelado a Moisés, mirar la enseñanza del Catecismo, recordar la reverencia ante el Tetragrámaton y recorrer los “Yo soy” de Jesús en el Evangelio de san Juan.

También quiero agradecer a mi hermano Eduardo, quien en alguna oportunidad me había comentado la interpretación de san Agustín sobre aquel pasaje tan impresionante del prendimiento de Jesús, cuando el Señor responde “Yo soy” y el Evangelio dice que quienes venían a arrestarlo “retrocedieron y cayeron en tierra”.

Es hermoso ver cómo una conversación familiar, una palabra compartida y una referencia espiritual pueden abrir un camino de búsqueda más amplio. Así nació esta meditación: como gratitud, como estudio y como deseo de contemplar con más profundidad el misterio de Cristo, el Señor que dice “Yo soy”.


El Nombre revelado a Moisés

En el libro del Éxodo, Moisés se encuentra con Dios en la zarza ardiente. La escena es profundamente sagrada. Moisés ve una zarza que arde sin consumirse y se acerca para mirar aquel signo misterioso. Entonces Dios lo llama por su nombre:

“Moisés, Moisés.”

Y Moisés responde:

“Heme aquí.”

Antes de revelarle su misión, Dios le pide un gesto de reverencia:

“No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada.”
Éxodo 3,5

Ese detalle prepara todo lo que viene después. Moisés no está simplemente ante una curiosidad extraña del desierto. Está ante la presencia del Dios vivo. Por eso debe descalzarse: debe reconocer que pisa tierra santa, que está ante un misterio que no se domina, sino que se recibe con humildad.

Dicho de manera muy sencilla, Moisés tiene que quitarse las sandalias —o, como diríamos nosotros con lenguaje más cotidiano, hasta las chancletas— porque está entrando en el terreno de lo sagrado.

Allí, ante la zarza ardiente, recibe la misión de sacar al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Y Moisés, consciente de la grandeza de esa misión, pregunta qué debe responder si los israelitas le preguntan por el Nombre de Aquel que lo envía.

La respuesta de Dios es una de las más profundas de toda la Escritura:

“Yo soy el que soy.”
Y añadió:
“Así dirás a los israelitas: ‘Yo soy’ me ha enviado a vosotros.”
Éxodo 3,14

Este detalle es fundamental. Dios no solo revela su misterio con la frase “Yo soy el que soy”. También convierte ese Nombre en una palabra de envío y salvación:

“Yo soy me ha enviado a vosotros.”

No se trata, entonces, de una fórmula abstracta. El Dios que se revela como “Yo soy” es el Dios que ve la opresión de su pueblo, escucha su clamor, llama a Moisés y lo envía. El Nombre revelado está unido a una misión concreta: liberar, guiar y salvar.

El versículo siguiente completa esta revelación:

“Siguió Dios diciendo a Moisés: ‘Así dirás a los israelitas: Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación.’”
Éxodo 3,15

Aquí se unen dos realidades: Dios es misterio y Dios es cercanía. Es el Dios eterno, el que es, pero también es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. No es un Dios lejano, encerrado en una idea. Es el Dios que entra en la historia, permanece fiel a su alianza y camina con su pueblo.



“Yo soy el que soy”
ἐγώ εἰμι

En la zarza ardiente,
Dios no revela solo un nombre:
revela su misterio.

Y a Moisés le dice:

“Yo soy me ha enviado a vosotros.”

El Dios eterno se da a conocer
como el Dios que está presente,
que escucha,
que envía
y que salva.

Éxodo 3,14-15


El Tetragrámaton: reverencia ante el Nombre divino

El Nombre divino revelado en el Éxodo aparece en hebreo con cuatro consonantes:

יהוה

Estas cuatro letras forman el llamado Tetragrámaton, palabra que significa precisamente “cuatro letras”. También puede representarse en escritura paleohebrea como:

𐤉𐤄𐤅𐤄

Su pronunciación original exacta no se conserva con certeza absoluta. En los estudios bíblicos suele reconstruirse como Yahweh, y en español muchas veces aparece como Yahvé o Yavé. Pero para nuestra reflexión, más importante que la reconstrucción lingüística es la actitud de reverencia que rodea este Nombre.

En la tradición judía, por respeto al Nombre santo de Dios, el Tetragrámaton no se pronuncia. Al leer la Escritura se sustituye normalmente por Adonai, que significa Señor. En otros contextos se usa también la expresión HaShem, es decir, El Nombre.

Esta reverencia también ha sido recibida en la tradición litúrgica católica. Por eso, en la oración y en la liturgia, no se acostumbra pronunciar el Tetragrámaton, sino decir Señor, siguiendo la antigua tradición bíblica y judía.

Esto nos ayuda a comprender que el Nombre de Dios no es una palabra cualquiera. Dios se revela, pero sigue siendo misterio. Se deja conocer, pero no queda encerrado en una definición humana. Su Nombre es santo, y por eso se recibe con humildad, adoración y reverencia.


La enseñanza del Catecismo: solo Dios ES

El Catecismo de la Iglesia Católica nos ayuda a comprender con más profundidad esta revelación. Al revelar su Nombre, Dios no entrega simplemente una palabra para ser pronunciada; se da a conocer a sí mismo.

El Catecismo enseña que, al decir “Yo soy el que soy”, Dios revela quién es y con qué nombre debe ser llamado. Pero al mismo tiempo, ese Nombre sigue siendo misterioso, porque Dios no puede ser encerrado en una definición humana. El Nombre divino es revelación, pero también conserva la trascendencia del misterio. Dios se acerca, pero no deja de ser infinitamente mayor que todo lo que podemos comprender o decir.

Esto es muy importante para nuestro tema. El “Yo soy” no es solo una frase gramatical. Es una puerta abierta al misterio del Dios vivo. Dios no es una idea entre otras ideas. No es una fuerza impersonal. No es un concepto religioso. Es el Dios que existe por sí mismo, que no depende de nada ni de nadie, que permanece fiel y que entra en la historia para salvar.

El Catecismo lo resume de una manera decisiva: la revelación del Nombre inefable “Yo soy el que soy” contiene la verdad de que solo Dios ES. Mientras todas las criaturas reciben de Dios su ser, Él solo es en sí mismo la plenitud del Ser y de toda perfección. Él es sin origen y sin fin.

Por eso, cuando en el Evangelio de san Juan escuchamos a Jesús decir “Yo soy”, no podemos pasar por encima de esas palabras como si fueran una expresión común. En el horizonte bíblico y catequético, el “Yo soy” está unido al misterio mismo de Dios.

El Compendio del Catecismo lo dice de forma todavía más directa para nuestro tema: al revelar su Nombre, Dios manifiesta que solo Él es desde siempre y por siempre; y añade que Jesús revela que también Él lleva el Nombre divino: “Yo soy”.

Aquí aparece el corazón de nuestra reflexión: el Nombre revelado en el Éxodo no queda encerrado en la zarza ardiente. En Cristo, ese misterio se acerca a nosotros. El Dios que dijo “Yo soy” se deja contemplar en Jesús, que dice: “Yo soy el pan de vida”, “Yo soy la luz del mundo”, “Antes de que Abraham existiera, Yo Soy” y, en el huerto, simplemente: “Yo soy.”

La fe cristiana reconoce en esas palabras no solo una enseñanza, sino una revelación. Jesús no habla de Dios desde fuera. Él revela al Padre porque viene del Padre. Y al pronunciar el “Yo soy”, deja entrever el misterio de su identidad divina.


ἐγώ εἰμι: “Yo soy” en los Evangelios

En el griego del Nuevo Testamento, la expresión ἐγώ εἰμι puede traducirse como “yo soy” o, según el contexto, como “soy yo”.

No siempre tiene exactamente el mismo peso. A veces puede funcionar como una simple identificación. Pero en ciertos pasajes adquiere una fuerza mucho mayor, especialmente cuando Jesús la pronuncia en momentos de revelación, autoridad o manifestación de su identidad.

Por ejemplo, cuando Jesús camina sobre las aguas y los discípulos se llenan de miedo, Él les dice:

“¡Ánimo!, soy yo; no temáis.”
Marcos 6,50; Mateo 14,27

También aquí está la expresión ἐγώ εἰμι. En ese contexto puede entenderse como “soy yo”, una palabra de identificación y consuelo. Pero el momento es profundamente revelador: Jesús se manifiesta con autoridad sobre las aguas y llama a sus discípulos a no tener miedo.

En medio de la noche, la tormenta y el temor, Jesús se acerca y dice:

“Soy yo; no temáis.”

Su presencia vence el miedo.

Hay otro pasaje muy importante en el Evangelio según san Marcos. Durante el juicio ante el sumo sacerdote, le preguntan a Jesús:

“¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”

Y Jesús responde:

“Yo soy.”
Marcos 14,61-62

Luego añade que verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y viniendo entre las nubes. Aquí la expresión tiene una fuerza mesiánica muy clara. Jesús no evade la pregunta. Responde con solemnidad y se identifica con la figura gloriosa del Hijo del hombre.

Estos textos muestran que la expresión “Yo soy” aparece también fuera del Evangelio de san Juan. Sin embargo, será san Juan quien la desarrollará de una manera especialmente profunda, convirtiéndola en una clave para contemplar la identidad de Jesús.

En san Juan, el “Yo soy” no solo identifica a Jesús. Revela quién es Él.


“Antes de que Abraham existiera, Yo Soy”

Uno de los pasajes más fuertes del Evangelio de san Juan es este:

“Antes de que Abraham existiera, Yo Soy.”
Juan 8,58

Jesús no dice simplemente: “antes de Abraham, yo era”. Dice: “Yo Soy.”

Aquí la tradición cristiana ha visto una afirmación muy profunda de su identidad divina. Abraham pertenece al tiempo: tuvo un comienzo, una historia, una promesa, una descendencia. Cristo, en cambio, habla con el lenguaje de la eternidad.

Santo Tomás de Aquino, recogiendo la tradición patrística en la Catena Aurea, subraya precisamente esta diferencia. En Dios no hay pasado ni futuro como en nosotros. Dios no “fue” en el sentido de haber quedado atrás, ni “será” como si todavía le faltara algo. Dios es.

Por eso la expresión de Jesús remite inevitablemente al Nombre revelado a Moisés:

“Yo soy el que soy.”
“Yo soy me ha enviado a vosotros.”

De esta manera, el Evangelio de san Juan nos invita a leer juntos el Éxodo y la revelación de Cristo. El Dios que se dio a conocer a Moisés como “Yo soy” se manifiesta ahora en Jesús, el Hijo eterno hecho carne.


“Yo soy”: una palabra los derriba

Uno de los momentos más impresionantes del Evangelio de san Juan aparece en la noche del prendimiento de Jesús. Judas llega al huerto acompañado por soldados y guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos. Vienen con linternas, antorchas y armas. Humanamente, la escena parece dominada por quienes llegan a capturarlo.

Pero san Juan presenta a Jesús de otra manera. No aparece confundido, ni escondido, ni sorprendido por los acontecimientos. El evangelista dice que Jesús sabía todo lo que le iba a suceder. Por eso se adelanta y pregunta:

“¿A quién buscáis?”

Ellos responden:

“A Jesús el Nazoreo.”

Y Jesús contesta:

“Yo soy.”

Entonces el Evangelio añade:

“Cuando les dijo: ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron en tierra.”
Juan 18,6

Este detalle no debe pasar inadvertido. Jesús está en el umbral de su Pasión, pero antes de ser atado, juzgado y llevado a la cruz, deja ver por un instante la majestad escondida de su persona. Quienes vienen con armas retroceden ante una palabra. No caen porque Jesús los ataque. Caen porque, al pronunciar Él su “Yo soy”, se manifiesta una autoridad que supera toda fuerza humana.

San Agustín comenta este pasaje con una fuerza pastoral admirable. Para él, una sola palabra de Cristo derribó a aquella multitud armada. ¿Dónde quedó la fuerza de los soldados? ¿Dónde el poder de las armas? Una voz desarmada los hizo retroceder y caer. Agustín ve aquí una revelación luminosa: Dios estaba escondido en la carne de Cristo. El Verbo eterno, cubierto por la humildad de nuestra humanidad, seguía siendo Señor.

Por eso, este episodio no debe leerse como un simple desmayo o como una reacción física de miedo. San Juan no lo presenta como curiosidad psicológica, sino como signo teológico. En la noche de la traición, cuando parece que las tinieblas avanzan, Cristo pronuncia el “Yo soy” y las tinieblas retroceden.

Aquí está una de las grandes enseñanzas de este pasaje: Jesús no fue apresado porque careciera de poder. Fue apresado porque quiso entregarse. El mismo que derriba con una palabra permite después que lo aten. El mismo que manifiesta su poder acepta caminar hacia la cruz. Su Pasión no es la derrota de un hombre vencido, sino la entrega libre del Hijo que ama hasta el extremo.

San Agustín nos ayuda a contemplar esta paradoja: Cristo muestra su poder, pero no lo usa para evitar el sacrificio. Lo revela apenas por un instante para que comprendamos que nadie le quita la vida. Él la entrega.

Así, el “Yo soy” del huerto se convierte en una luz para leer toda la Pasión. La cruz no comienza con una derrota, sino con una revelación. Cristo entra en la Pasión como Señor. Su poder no desaparece; se oculta bajo la forma del amor obediente.

El Señor que podía derribarlos con una palabra eligió entregarse por amor.

Y ese amor es el que nos levanta a nosotros.


Una palabra los derriba

Cuando Jesús dijo “Yo soy”,
retrocedieron y cayeron en tierra.

San Agustín vio allí
la majestad escondida de Cristo:

el Señor que podía derribarlos
con una palabra,
eligió entregarse por amor.

Juan 18,4-6


Santo Tomás de Aquino y la voz de los Padres

Para leer estos textos dentro de la tradición de la Iglesia, resulta muy valiosa la ayuda de santo Tomás de Aquino. En la Catena Aurea, santo Tomás reúne comentarios de los Padres de la Iglesia sobre los Evangelios. No pretende ofrecer una opinión aislada, sino dejarnos escuchar una cadena de interpretación cristiana antigua, una especie de coro patrístico que ilumina el texto bíblico.

Al comentar el prendimiento de Jesús en Juan 18, la tradición recogida por santo Tomás nos ayuda a ver que Jesús salió al encuentro de quienes venían a arrestarlo. Esta salida de Jesús no es un detalle casual. Muestra que Cristo no es sorprendido por sus enemigos. Él sabe lo que va a suceder y se adelanta libremente. La Pasión no le cae encima como un accidente; Él entra en ella con plena conciencia y obediencia.

Esta lectura es muy importante para nuestro post. Nos ayuda a evitar una imagen débil o puramente pasiva de Jesús. Cristo se entrega, sí, pero se entrega como Señor. Se deja prender, pero no porque sus enemigos tengan la última palabra. Se entrega porque ha llegado su hora y porque ama hasta el extremo.

La misma tradición recogida por santo Tomás nos ayuda también a leer Juan 8,58:

“Antes de que Abraham existiera, Yo Soy.”

Jesús no dice: “Antes de Abraham, yo era”. Dice: “Yo Soy.” La expresión apunta más hondo que una simple anterioridad cronológica. Cristo no está diciendo únicamente que existía antes que Abraham; está hablando con el lenguaje de la eternidad.

De esta manera, santo Tomás de Aquino nos permite leer juntos tres momentos: el Éxodo, donde Dios revela su Nombre; Juan 8,58, donde Jesús dice “Yo Soy” antes de Abraham; y Juan 18, donde ese mismo “Yo soy” hace retroceder y caer a quienes vienen a prenderlo.

La tradición de la Iglesia no ve aquí frases sueltas, sino una unidad profunda. El Cristo que se entrega en la Pasión es el mismo Señor eterno. El que será atado por los soldados es el mismo que los derriba con una palabra. El que será juzgado por los hombres es el mismo ante quien toda rodilla se doblará.

Por eso, leer a san Juan con la ayuda de santo Tomás y los Padres no nos aleja del Evangelio. Al contrario, nos ayuda a ver mejor su profundidad.


Del Nombre revelado a los siete “Yo soy” de Jesús

Después de contemplar el “Yo soy” del Éxodo, el misterio del Tetragrámaton, la enseñanza del Catecismo y los “Yo soy” absolutos de Jesús, podemos entrar en los siete “Yo soy” con imagen que aparecen en el Evangelio de san Juan.

Estos siete no son adornos literarios. Tampoco son simples metáforas religiosas. Cada uno nace en un contexto concreto y toca una necesidad profunda del ser humano: hambre, oscuridad, extravío, miedo, muerte, búsqueda de sentido y necesidad de comunión.

Jesús no solo habla de Dios; Él manifiesta a Dios. No solo enseña el camino; Él es el camino. No solo promete vida; Él es la vida. No solo trae luz; Él es la luz.

En el Antiguo Testamento, Dios se revela a Moisés diciendo:

“Yo soy el que soy.”
“Yo soy me ha enviado a vosotros.”

En el Evangelio de san Juan, Jesús toma esa expresión y la despliega en imágenes que tocan la vida concreta del ser humano.


1. “Yo soy el Pan de vida”

El primer gran “Yo soy” con imagen aparece en Juan 6. El contexto es decisivo. Jesús ha multiplicado los panes y ha alimentado a una multitud. San Juan señala además que estaba próxima la Pascua, fiesta que recordaba la liberación de Israel, la salida de Egipto y el camino por el desierto.

En ese ambiente, el pueblo podía recordar el maná, aquel pan que Dios dio a Israel durante su peregrinación. Pero Jesús lleva el signo a una profundidad mayor. No quiere que lo busquen solamente porque comieron pan hasta saciarse. Los invita a buscar el alimento que permanece para la vida eterna.

Entonces dice:

“Yo soy el pan de vida.”
Juan 6,35

La fuerza de esta afirmación está en que Jesús no se presenta solamente como alguien que da pan. Él mismo es el Pan. No es solo el nuevo Moisés que intercede por el pueblo; es el verdadero alimento que viene del Padre.

El maná sostuvo a Israel en el desierto, pero Cristo comunica una vida más profunda: la vida de Dios. Aquí se abre también una resonancia eucarística muy clara para la fe católica. Cristo no es solo recuerdo o símbolo. En la Eucaristía, el Pan de vida se nos da como presencia y alimento.

Este “Yo soy” toca una de las necesidades más básicas del ser humano: el hambre. Tenemos hambre de pan, pero también hambre de sentido, de perdón, de amor, de vida verdadera. Muchas veces buscamos saciarnos con cosas que pasan, que entretienen por un momento, pero no alimentan el alma.

Jesús responde a esa hambre diciendo:

“Yo soy el pan de vida.”

No dice: “yo les daré una técnica para vivir mejor”. No dice: “yo les ofreceré una emoción religiosa pasajera”. Dice: “Yo soy.”

Él es el alimento que permanece.

Este primer “Yo soy” nos pregunta: ¿de qué estoy alimentando mi vida? ¿Qué busco cuando busco a Jesús? ¿Lo busco solo para que resuelva mis necesidades inmediatas, o lo reconozco como el Pan que sostiene mi vida entera?

Cristo, Pan de vida, nos enseña que el ser humano no vive solo de pan material. Vive de Dios. Vive de la Palabra. Vive de la gracia. Vive del amor que se entrega.

Y en Jesús, ese alimento tiene rostro, nombre y presencia.


2. “Yo soy la Luz del mundo”

El segundo “Yo soy” aparece en un contexto cargado de memoria religiosa: la Fiesta de las Tiendas, también llamada Tabernáculos o Sukkot. Esta fiesta recordaba el camino de Israel por el desierto, cuando el pueblo habitó en tiendas y fue sostenido por Dios. Era una fiesta de memoria, gratitud y esperanza.

En ese ambiente, marcado por signos de agua y de luz, Jesús declara:

“Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.”
Juan 8,12

Jesús no dice simplemente que trae una luz. Dice que Él mismo es la Luz. Su luz no es una opinión más ni una orientación pasajera. Es la luz que revela la verdad de Dios, la verdad del ser humano y el camino de la vida.

La luz permite ver. Sin luz, el camino se vuelve confuso, los peligros se esconden, las sombras se agrandan y el miedo aumenta. La luz no cambia la realidad por apariencia; la revela tal como es. Por eso la luz de Cristo no es ilusión ni escape. Es verdad que ilumina.

Cristo ilumina quién es Dios: Padre fiel, cercano y misericordioso.

Cristo ilumina quién es el ser humano: criatura amada, herida por el pecado, llamada a la vida eterna.

Cristo ilumina el camino: no cualquier camino conduce a la vida; hay que seguirlo a Él.

San Agustín comenta este pasaje diciendo que Cristo es la luz verdadera, no una luz material como la del sol, sino la luz que ilumina interiormente al ser humano. El ser humano puede tener abiertos los ojos y, sin embargo, vivir en oscuridad interior. Puede saber muchas cosas y no saber hacia dónde va. Puede tener información y carecer de sabiduría. Puede caminar, pero sin dirección.

Por eso Jesús añade:

“El que me siga no caminará en la oscuridad.”

La luz de Cristo no se recibe solo admirándola desde lejos. Se recibe siguiéndolo. El Evangelio no dice simplemente: “el que me admire”, “el que me estudie”, “el que hable de mí”. Dice: “el que me siga.”

Seguir a Cristo significa dejar que su luz entre en las decisiones, en la conciencia, en la familia, en el trabajo, en las heridas, en las palabras y en los silencios. También significa permitir que su luz nos corrija. Porque la luz no solo consuela; también revela aquello que necesita ser sanado.

Pero la luz de Cristo no humilla. No destruye. No aplasta. La luz de Cristo sana, levanta y orienta. Nos muestra la verdad para liberarnos, no para condenarnos.

Este “Yo soy” nos pregunta: ¿qué zonas de mi vida necesitan ser iluminadas por Cristo? ¿Qué decisiones estoy tomando en penumbra? ¿Qué miedos, resentimientos o confusiones necesito poner ante la luz del Señor?

Cuando Jesús dice “Yo soy la luz del mundo”, nos está diciendo que no fuimos creados para caminar en tinieblas. Hay una luz que no se apaga. Hay una verdad que no engaña. Hay una presencia que guía.

Y esa luz no es una idea.

Esa luz es Cristo.


3. “Yo soy la Puerta”

En Juan 10, Jesús utiliza la imagen del redil, las ovejas, la voz del pastor y la puerta de entrada. Habla también de ladrones y salteadores, de quienes no entran por la puerta y de voces que no conducen a la vida.

En ese contexto declara:

“Yo soy la puerta.”
Juan 10,7

La imagen es sencilla y profunda. Jesús no dice solo que conoce la puerta. Dice que Él mismo es la Puerta. Por Él se entra en la comunión con Dios. Por Él se encuentra salvación, libertad y alimento.

La puerta también implica discernimiento. No todo camino conduce a la vida. No toda voz viene de Dios. No toda entrada es verdadera. Hay puertas que parecen prometer libertad, pero terminan encerrando. Hay caminos que parecen amplios, pero llevan al vacío.

Jesús añade:

“Si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto.”
Juan 10,9

Aquí aparece una promesa hermosa: salvación, libertad y alimento. El que entra por Cristo no queda encerrado en una prisión religiosa. Al contrario, encuentra vida, protección y amplitud. Cristo es la puerta que no encierra, sino que conduce a la verdadera libertad.

Este “Yo soy” tiene una gran fuerza pastoral para nuestro tiempo. Muchas veces buscamos entrar a la vida por lugares equivocados: el éxito, el dinero, la apariencia, la autosuficiencia, el resentimiento, la evasión, el poder o el reconocimiento. Pero esas puertas no siempre conducen a la paz. Algunas prometen vida y terminan dejando vacío.

Jesús se presenta como la Puerta verdadera. No una puerta más entre muchas, sino la entrada hacia la vida que viene de Dios.

También hay aquí una llamada eclesial. Entrar por Cristo es entrar en una vida de comunión, no de aislamiento. Las ovejas pertenecen a un rebaño, escuchan una voz, son cuidadas por un pastor. La vida cristiana no es una aventura solitaria; es camino con Cristo y con los hermanos.

Este “Yo soy” nos pregunta: ¿por dónde estoy intentando entrar? ¿Estoy buscando vida en Cristo o en atajos que no salvan? ¿Escucho la voz del Señor o me dejo llevar por voces que prometen mucho y terminan robando la paz?

Cristo es la Puerta. Por Él entramos a la vida. Por Él encontramos salvación. Por Él pasamos del miedo a la confianza.

Quien entra por Cristo no queda perdido.


4. “Yo soy el Buen Pastor”

En la misma unidad de Juan 10, Jesús profundiza la imagen:

“Yo soy el buen pastor.”
Juan 10,11

Esta afirmación tiene una fuerte resonancia bíblica. En el Antiguo Testamento, Dios mismo es presentado como pastor de su pueblo. El Salmo 23 lo dice de manera inolvidable:

“El Señor es mi pastor, nada me falta.”

También los profetas denunciaron a los malos pastores: aquellos que se aprovechaban del rebaño, que se alimentaban a sí mismos, que descuidaban a las ovejas débiles, heridas o perdidas.

Frente a esa historia de pastores infieles, Jesús declara:

“Yo soy el buen pastor.”

La fuerza de esta afirmación está en cómo Jesús define al verdadero pastor:

“El buen pastor da su vida por las ovejas.”

No se trata solo de un liderazgo amable. No es solo una imagen tierna. El buen pastor se distingue por la entrega. Cuando llega el peligro, no huye. Cuando aparece el lobo, no abandona. Cuando la oveja se pierde, la busca. Cuando está herida, la carga. Cuando está en peligro, la defiende.

Jesús contrasta al buen pastor con el asalariado. El asalariado cuida mientras no haya riesgo. Pero cuando ve venir al lobo, huye, porque las ovejas no son suyas. Jesús, en cambio, no huye. Él conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen.

Este conocimiento no es frío ni distante. Es una relación de amor, pertenencia y cuidado. Cristo no mira a la humanidad como una masa anónima. Nos conoce. Sabe nuestra historia, nuestras heridas, nuestros cansancios, nuestras búsquedas y nuestros miedos.

Por eso, este “Yo soy” tiene una fuerza profundamente consoladora: no estamos abandonados. No caminamos sin Pastor. No somos ovejas sin nombre. Cristo nos llama, nos guía y entrega su vida por nosotros.

Pero también tiene una exigencia: las ovejas escuchan la voz del pastor. No basta decir que Cristo es el Buen Pastor si luego seguimos cualquier voz. El mundo está lleno de voces: voces que confunden, voces que manipulan, voces que dividen, voces que prometen libertad sin verdad, voces que invitan a vivir sin Dios.

El discípulo aprende a reconocer la voz de Cristo.

La voz del Buen Pastor no siempre dice lo que queremos oír, pero siempre conduce a la vida. A veces consuela, a veces corrige, a veces llama a volver, a veces invita a perdonar, a veces pide paciencia, a veces exige conversión. Pero nunca abandona.

Este “Yo soy” se ilumina también desde Juan 18. El mismo Cristo que podía derribar con una palabra a quienes venían a prenderlo, elige entregarse. ¿Por qué? Porque el Buen Pastor da la vida por sus ovejas.

Este “Yo soy” nos pregunta: ¿reconozco la voz de Cristo? ¿Me dejo guiar por Él? ¿Confío en el Pastor incluso cuando el camino pasa por valles oscuros? ¿Estoy dispuesto a volver cuando me he alejado del rebaño?

Cristo es el Buen Pastor. No nos guía desde lejos. Camina delante de nosotros. Nos conoce. Nos llama. Nos defiende. Y entrega su vida para que tengamos vida.


5. “Yo soy la Resurrección y la Vida”

Este “Yo soy” no nace en una fiesta, sino frente a la herida humana más radical: la muerte. Lázaro ha muerto. Marta y María están en duelo. Jesús llega a Betania en medio de lágrimas, preguntas y dolor.

Marta sale a su encuentro y le dice:

“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.”

Esa frase tiene una profundidad humana inmensa. No es una negación de la fe, sino una fe herida. Marta cree en Jesús, pero también carga el dolor de una ausencia. En sus palabras hay confianza, pero también pregunta. Hay amor, pero también sufrimiento.

Jesús le responde anunciando que su hermano resucitará. Marta, como creyente judía, afirma su fe en la resurrección del último día. Pero Jesús la lleva más lejos. No le habla solo de una doctrina futura. Le revela su propia identidad:

“Yo soy la resurrección y la vida.”
Juan 11,25

Esta afirmación es decisiva. Jesús no dice solamente: “yo puedo resucitar”. Tampoco dice: “yo enseño que habrá resurrección”. Dice:

“Yo soy la resurrección y la vida.”

La fuerza de este “Yo soy” está en que Jesús se presenta como la Vida misma frente a la muerte. Ante el sepulcro de su amigo, Cristo no ofrece una explicación fría del sufrimiento. No reduce el dolor a una lección. No le pide a Marta que niegue sus lágrimas. Más bien, la invita a mirar más profundo: la muerte no tiene la última palabra cuando Él está presente.

Poco después, el Evangelio nos dirá que Jesús lloró. Ese detalle es hermoso y necesario. El que es la Resurrección y la Vida no se mantiene distante del dolor humano. Entra en él. Llora con quienes lloran. Se acerca al sepulcro. Comparte el sufrimiento de los que ama.

Pero no se queda solamente en el llanto. Llama a Lázaro fuera del sepulcro.

Aquí se revela el corazón de la esperanza cristiana. La fe no consiste en negar la muerte, sino en creer que Cristo es más fuerte que la muerte. La esperanza cristiana no es optimismo superficial. No dice: “todo está bien”, cuando hay lágrimas reales. Dice algo más profundo: incluso allí donde todo parece perdido, Cristo puede llamar a la vida.

Este “Yo soy” toca nuestras pérdidas, nuestros duelos, nuestros temores y también las zonas de nuestra vida que parecen sepultadas. Hay heridas que parecen cerradas con una piedra. Hay esperanzas que parecen muertas. Hay relaciones, vocaciones, ilusiones o fuerzas interiores que parecen haber quedado en un sepulcro.

Y Cristo se presenta ante todo eso diciendo:

“Yo soy la resurrección y la vida.”

No es solo una promesa para el final de los tiempos. Es una presencia viva que ya comienza a vencer la muerte desde ahora. Donde Cristo entra, la muerte pierde su dominio definitivo.

Por eso, antes de resucitar a Lázaro, Jesús le pregunta a Marta:

“¿Crees esto?”

Esa pregunta también llega a nosotros. No basta saber que Jesús dijo palabras hermosas sobre la vida. Él nos pregunta personalmente: ¿crees que Yo soy la Resurrección y la Vida? ¿Crees que puedo entrar en tus sepulcros? ¿Crees que mi palabra puede levantar lo que parece perdido?

Este “Yo soy” nos invita a llevar a Cristo nuestras pérdidas, nuestras lágrimas y nuestros temores. Nos invita a confiar en Él no solo cuando la vida florece, sino también cuando estamos frente a la piedra del sepulcro.

Cristo no elimina mágicamente todo dolor, pero lo atraviesa con nosotros. Y desde dentro del dolor pronuncia una palabra más fuerte que la muerte.

Él es la Resurrección.

Él es la Vida.


6. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”

Este “Yo soy” aparece en el discurso de despedida, en la intimidad de la última cena. Jesús sabe que se acerca su Pasión. Sus discípulos están inquietos. El ambiente está cargado de despedida, preocupación y amor.

Jesús les dice que no se turbe su corazón. Les habla de la casa del Padre, de prepararles un lugar, de volver para llevarlos consigo. Pero los discípulos no comprenden plenamente.

Ahí aparece santo Tomás apóstol con una pregunta muy honesta:

“Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”
Juan 14,5

Tomás no pregunta por falta de interés. Su pregunta expresa la inquietud del discípulo que ama, pero todavía no comprende que el camino de Jesús pasará por la cruz, la muerte, la resurrección y el regreso al Padre.

Tomás quiere conocer el destino para entender la ruta. Quiere claridad antes de caminar. Su pregunta es profundamente humana. Muchas veces nosotros también quisiéramos conocer el camino completo antes de dar el siguiente paso. Queremos seguridades, mapas, garantías, explicaciones. Queremos saber exactamente hacia dónde vamos y cómo se resolverá todo.

Jesús responde con una de las frases más conocidas y profundas del Evangelio:

“Yo soy el camino, la verdad y la vida.”
Juan 14,6

Una vez más, Jesús no dice simplemente: “yo les muestro el camino”. Dice:

“Yo soy el camino.”

No dice solamente: “yo enseño la verdad”. Dice:

“Yo soy la verdad.”

No dice únicamente: “yo comunico vida”. Dice:

“Yo soy la vida.”

La fuerza de este “Yo soy” está en que Jesús no ofrece una ruta separada de sí mismo. El camino hacia el Padre no es una técnica espiritual, una ideología, una filosofía o un conjunto de instrucciones impersonales. El camino es una Persona.

Caminar hacia Dios es caminar con Cristo.

Esto tiene una enorme importancia para la vida cristiana. A veces queremos que Jesús nos dé indicaciones sin tener que seguirlo de cerca. Queremos respuestas, pero no necesariamente relación. Queremos claridad, pero no siempre conversión. Queremos llegar al Padre, pero sin pasar por el Hijo.

Jesús nos dice que Él mismo es el Camino.

También dice que Él es la Verdad. No una verdad abstracta, fría o meramente intelectual. En Cristo, la verdad tiene rostro. La verdad se hizo carne. La verdad habla, toca, perdona, corrige, consuela y salva.

En un mundo donde muchas veces la verdad se relativiza, se manipula o se reduce a opinión personal, Jesús se presenta como la Verdad que libera. No una verdad usada para aplastar, sino una verdad que ilumina y sana. Su verdad no destruye al ser humano; lo devuelve a su dignidad.

Y Jesús dice también que Él es la Vida. No solo una ayuda para vivir mejor. No solo un ideal moral. Él es la Vida que viene del Padre, la Vida que vence el pecado, la Vida que no termina con la muerte.

Santo Tomás volverá a aparecer más adelante, después de la Resurrección. Dirá que no creerá si no ve en las manos de Jesús la señal de los clavos y si no mete su mano en el costado. Pero de ese encuentro con las heridas gloriosas del Resucitado brota una de las confesiones más bellas y más claras sobre la divinidad de Cristo:

“Señor mío y Dios mío.”
Juan 20,28

Así, Tomás no queda como un simple incrédulo. Queda como el discípulo que pregunta por el camino y termina reconociendo al Señor del camino. El que quiso tocar las heridas termina confesando la divinidad del Resucitado.

Esto ilumina aún más la respuesta de Jesús: el Camino no es una idea, la Verdad no es una teoría, la Vida no es una promesa lejana. El Camino, la Verdad y la Vida es Cristo mismo, crucificado y resucitado, a quien Tomás finalmente reconoce como Señor y Dios.

Este “Yo soy” nos pregunta: ¿estoy caminando con Cristo o solo buscando instrucciones? ¿Acepto su verdad aunque me corrija? ¿Vivo de su vida o solamente de mis propias fuerzas?

En la última cena, cuando todo parece encaminarse hacia la oscuridad de la Pasión, Jesús no ofrece a sus discípulos una explicación completa de todo lo que va a suceder. Les ofrece algo mayor: se ofrece Él mismo.

Él es el Camino cuando no sabemos por dónde seguir.

Él es la Verdad cuando todo parece confundirse.

Él es la Vida cuando sentimos que nuestras fuerzas se agotan.


7. “Yo soy la Vid verdadera”

El último de los siete “Yo soy” aparece también en el discurso de despedida. Jesús está preparando a sus discípulos para vivir unidos a Él cuando ya no lo vean del mismo modo. Se acerca la Pasión, pero también se abre el misterio de una comunión más profunda.

La imagen de la vid es profundamente bíblica. En el Antiguo Testamento, Israel había sido comparado muchas veces con una viña plantada y cuidada por Dios. Esa imagen hablaba de elección, amor, cuidado, esperanza y también de infidelidad cuando la viña no daba los frutos esperados.

En ese contexto, Jesús declara:

“Yo soy la vid verdadera.”
Juan 15,1

Y más adelante añade:

“Yo soy la vid; vosotros los sarmientos.”
Juan 15,5

La fuerza de esta afirmación está en la palabra permanecer. En este pasaje, Jesús insiste una y otra vez en permanecer en Él. El sarmiento no produce fruto por sí mismo. No tiene vida separado de la vid. Puede conservar apariencia por un tiempo, pero si se separa, se seca.

La vida cristiana no consiste solamente en admirar a Jesús desde lejos. No consiste en recordarlo como un personaje importante del pasado. No consiste en hablar de Él sin vivir unidos a Él. La vida cristiana es permanecer en Cristo.

Permanecer significa vivir de su vida, recibir su savia, dejar que su amor circule en nosotros. Significa permanecer en su palabra, en su amor, en la oración, en los sacramentos, en la caridad, en la comunión con la Iglesia y en la fidelidad cotidiana.

Jesús dice:

“Separados de mí no podéis hacer nada.”
Juan 15,5

Esta frase puede sonar dura para una cultura que valora tanto la autosuficiencia. Pero en realidad es una palabra liberadora. Cristo no nos humilla al decirnos que necesitamos permanecer en Él. Nos revela la verdad de nuestra vida: fuimos creados para la comunión con Dios. Separados de Él, nos secamos interiormente. Unidos a Él, damos fruto.

El fruto no es simple activismo. No se trata solo de hacer muchas cosas. El fruto verdadero nace de la unión con Cristo: amor, paciencia, fidelidad, humildad, servicio, perdón, alegría, esperanza, perseverancia.

También aparece aquí la imagen de la poda. El Padre, como viñador, poda los sarmientos para que den más fruto. La poda puede doler. Hay cosas que deben ser cortadas, purificadas, ordenadas. Pero Dios no poda para destruir. Poda para que haya más vida.

Este “Yo soy” nos pregunta: ¿permanezco unido a Cristo o solo me acerco a Él de vez en cuando? ¿Estoy dando fruto o solo conservando apariencia? ¿Acepto las podas que Dios permite para purificar mi vida?

Cristo es la Vid verdadera. Nosotros somos los sarmientos. Nuestra vida no se sostiene por apariencia externa, sino por comunión interior con Él.

Permanecer en Cristo es vivir.

Separarse de Él es secarse.

Dar fruto es dejar que su vida pase por nosotros.


En el Evangelio de san Juan, Jesús dice:

Yo soy el Pan de vida.
Yo soy la Luz del mundo.
Yo soy la Puerta.
Yo soy el Buen Pastor.
Yo soy la Resurrección y la Vida.
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Yo soy la Vid verdadera.

El Dios que dijo “Yo soy”
se acerca en Cristo
para alimentar, iluminar,
guiar, salvar
y dar vida.


“El que es, que era y que va a venir”

Después de recorrer el Éxodo y el Evangelio, la mirada bíblica puede abrirse al Apocalipsis. Allí aparece una expresión solemne:

“Aquel que es, que era y que va a venir.”
Apocalipsis 1,4

Y más adelante:

“Yo soy el Alfa y la Omega”, dice el Señor Dios, “Aquel que es, que era y que va a venir”, el Todopoderoso.
Apocalipsis 1,8

Esta expresión recoge de otra manera el misterio del Dios eterno. Dios no pertenece solamente al pasado. No es solo el Dios de una historia antigua. Tampoco es únicamente una promesa futura. Él es el que es, el que era y el que va a venir.

Aquí se completa una línea preciosa de toda la Escritura.

En el Éxodo, Dios se revela a Moisés diciendo:

“Yo soy el que soy.”
“Yo soy me ha enviado a vosotros.”

En el Evangelio, Jesús pronuncia ese “Yo soy” con una profundidad única:

“Antes de que Abraham existiera, Yo Soy.”
“Yo soy la luz del mundo.”
“Yo soy el camino, la verdad y la vida.”
“Yo soy.”

Y en el Apocalipsis, la Iglesia contempla al Señor glorioso como:

“El que es, que era y que va a venir.”

Esto nos ayuda a comprender que el “Yo soy” no es una frase aislada, sino una revelación que atraviesa la historia de la salvación. El Dios que se manifiesta en la zarza ardiente es el Dios fiel que acompaña a su pueblo. El Cristo que dice “Yo soy” en el Evangelio es el Hijo que revela al Padre y se entrega por nosotros. El Señor que aparece en el Apocalipsis es el Viviente, el que tiene la última palabra sobre la historia.

Por eso, los siete “Yo soy” de Jesús no son simples metáforas. Son una invitación a contemplar al Señor que es eterno y cercano, santo y compasivo, glorioso y entregado.

Él es Pan para nuestra hambre.

Él es Luz para nuestras tinieblas.

Él es Puerta para entrar en la vida.

Él es Buen Pastor para nuestras heridas y extravíos.

Él es Resurrección y Vida frente a la muerte.

Él es Camino, Verdad y Vida cuando no sabemos por dónde seguir.

Él es Vid verdadera para permanecer unidos a Dios y dar fruto.

El Dios que dijo “Yo soy” no quedó lejos. En Cristo, el Nombre se hizo cercano. Y en el Apocalipsis, esa cercanía se abre hacia la esperanza final: el Señor viene. La historia no está abandonada. El mal no tiene la última palabra. La luz no será vencida por las tinieblas.

El que es, que era y que va a venir, sigue llamando a su Iglesia a permanecer fiel, vigilante y esperanzada.


Conclusión: escuchar hoy el “Yo soy” de Cristo

Después de recorrer estos textos, podemos comprender mejor la fuerza de las palabras de Jesús.

Cuando Él dice “Yo soy”, no está pronunciando una frase cualquiera. En sus labios resuena el misterio del Nombre revelado a Moisés. Resuena la santidad del Dios cuyo Nombre fue recibido con reverencia por Israel. Resuena la enseñanza del Catecismo, que nos recuerda que solo Dios ES. Resuena la fe de la Iglesia, que reconoce en Cristo al Hijo eterno hecho hombre.

Pero este misterio no se queda en una altura inaccesible. Jesús toma el “Yo soy” y lo acerca a nuestra vida concreta.

Al hambriento le dice:

“Yo soy el Pan de vida.”

Al que camina en tinieblas le dice:

“Yo soy la Luz del mundo.”

Al que busca entrar en la vida le dice:

“Yo soy la Puerta.”

Al que se siente perdido le dice:

“Yo soy el Buen Pastor.”

Al que llora ante la muerte le dice:

“Yo soy la Resurrección y la Vida.”

Al que no sabe por dónde seguir le dice:

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”

Al que quiere dar fruto le dice:

“Yo soy la Vid verdadera.”

Cada “Yo soy” es revelación y llamada. Jesús revela quién es, pero también nos invita a responder. No basta admirar la luz; hay que seguirla. No basta saber que existe el Pan; hay que recibirlo. No basta reconocer al Pastor; hay que escuchar su voz. No basta hablar del Camino; hay que caminar con Él. No basta mirar la Vid; hay que permanecer unido a ella.

Por eso, el “Yo soy” de Jesús nos pone ante una decisión de fe.

Podemos quedarnos en la superficie, viendo en Jesús solo a un maestro admirable, a un personaje histórico o a un símbolo religioso. O podemos escuchar en su voz algo más profundo: la presencia del Dios vivo que se revela, salva, ilumina y acompaña.

En el huerto, cuando Jesús dice “Yo soy”, quienes vienen a prenderlo retroceden y caen en tierra. San Agustín vio allí una palabra capaz de derribar a una multitud armada. Pero Cristo no usa ese poder para evitar la cruz. Lo revela apenas por un instante, y luego se entrega.

Esa es la paradoja maravillosa de nuestra fe: el Señor que puede derribar con una palabra, decide levantarnos con su amor.

El “Yo soy” del Éxodo no quedó encerrado en el pasado. En Cristo, el Nombre se acercó a nosotros. Se hizo rostro, palabra, pan, luz, camino, pastor, vida y comunión.

Y hoy, en medio de nuestras oscuridades, Cristo sigue diciendo:

“Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.”

La pregunta es si queremos dejarnos iluminar.

La pregunta es si queremos seguirlo.


Oración final

Señor Jesús,
Tú eres el Yo Soy que ilumina nuestra vida.

Tú eres el Pan que alimenta nuestra hambre más profunda,
la Luz que vence nuestras tinieblas,
la Puerta que nos abre la vida,
el Buen Pastor que nos conoce y nos busca,
la Resurrección y la Vida frente a toda muerte,
el Camino, la Verdad y la Vida cuando no sabemos por dónde seguir,
la Vid verdadera en quien permanecemos para dar fruto.

Señor mío y Dios mío,
aumenta nuestra fe.

Ilumina nuestras dudas,
sostén nuestros pasos,
sana nuestras heridas
y enséñanos a escuchar tu voz.

Que tu “Yo soy” resuene en nuestra vida
como palabra de salvación,
como luz en la noche
y como promesa de vida eterna.

Tú eres el que es,
el que era
y el que va a venir.

Amén.

Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios


Fuentes para profundizar

  • Unión Cristiana Bíblica Antofagasta, “Los siete Yo Soy de Jesús: Yo soy la luz del mundo — Juan 8,12”, texto que sirvió como punto de partida e inspiración inicial para esta reflexión:
    https://ucbantofagasta.com/2025/02/05/los-siete-yo-soy-de-jesus-yo-soy-la-luz-del-mundo-juan-812/
  • Sagrada Escritura, especialmente: Éxodo 3,14-15; Marcos 6,50; Mateo 14,27; Marcos 14,61-62; Juan 6,35; Juan 8,12; Juan 8,58; Juan 10,7-14; Juan 11,25; Juan 14,5-6; Juan 15,1-5; Juan 18,4-6; Juan 20,24-29; Apocalipsis 1,4 y 1,8.
  • Biblia de Jerusalén, para los textos bíblicos citados en español.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 206-213, sobre la revelación del Nombre divino.
  • Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 40, sobre el Nombre de Dios y la revelación de Jesús como “Yo soy”.
  • San Agustín, Tratados sobre el Evangelio de san Juan, especialmente el comentario a Juan 18,4-6.
  • Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, comentarios patrísticos al Evangelio de san Juan, especialmente Juan 8,58 y Juan 18.
  • Tradición litúrgica católica sobre el Tetragrámaton, especialmente la indicación de no usar ni pronunciar el Nombre divino YHWH en celebraciones litúrgicas, cantos y oraciones, sustituyéndolo por “Señor”.
  • Carta Circular a las Conferencias de Obispos sobre el «Nombre de Dios»

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