Hace poco, después de una explosión de cólera, de levantar la voz y dejarme dominar por el enojo, tuve que detenerme y hacer examen de conciencia.
Y no me gustó lo que vi.
Es muy fácil justificar una reacción así diciendo: “es que tengo un carácter fuerte”, “así soy yo”, o incluso convencernos de que fueron los demás quienes provocaron nuestra reacción.
Pero recordé aquellas palabras tan directas de san Josemaría:
«No digas: “Es mi genio así..., son cosas de mi carácter”. Son cosas de tu falta de carácter: Sé varón —“esto vir”.»San Josemaría Escrivá, Camino, n. 4
Son palabras fuertes, pero precisamente por eso obligan a mirarse a uno mismo y dejar las excusas.
La Sagrada Escritura tampoco desconoce que podemos experimentar ira. San Pablo nos dice:
«Airaos, pero no pequéis.»Efesios 4,26
El enojo puede aparecer. La cuestión es qué hacemos con él.
Cuando permitimos que se convierta en gritos, palabras hirientes, desprecio o pérdida del dominio de nosotros mismos, ya no podemos atribuirlo simplemente a nuestro temperamento.
Y aquí mi examen de conciencia se vuelve todavía más incómodo.
San Pablo nos habla de los frutos que deberían aparecer en quien se deja conducir por el Espíritu:
«En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí.»Gálatas 5,22-23
Mansedumbre. Dominio de sí.
Precisamente dos frutos que se ponen a prueba cuando llega la ira.
Y entonces resuenan de una manera diferente aquellas palabras de Jesús:
«Por sus frutos los conoceréis.»Mateo 7,16
Es fácil pensar en los frutos que quisiera producir. El examen de conciencia exige una pregunta bastante más difícil:
¿Cuáles son los frutos que realmente estoy dando?
Y quizá una pregunta todavía más incómoda:
¿Qué frutos reciben de mí las personas que tengo más cerca?
San Josemaría vuelve sobre el tema con una indicación extraordinariamente práctica:
«¿Reñir? Muchas veces es necesario. Pero sin destemplanza.»San Josemaría Escrivá, Camino, n. 8
Y enseguida añade:
«Has de decir lo mismo, pero en otro tono, sin ira, y ganará fuerza tu raciocinio y, sobre todo, no ofenderás a Dios.»San Josemaría Escrivá, Camino, n. 9
No se trata, por tanto, de callar siempre. Puede haber razones legítimas para corregir, reclamar, manifestar un desacuerdo e incluso indignarnos ante determinadas situaciones.
Pero una cosa es tener razón y otra muy distinta permitir que la ira gobierne la manera en que tratamos a los demás.
Santiago nos propone un camino muy concreto:
«Sea cada cual pronto para escuchar, lento para hablar, lento a la ira.»Santiago 1,19
Tengo que reconocer que ahí todavía tengo mucho trabajo por hacer.
Pero el examen de conciencia cristiano no puede terminar simplemente en reconocer: “he actuado mal”.
Tiene que llevarme a la conversión.
Y convertirse tampoco significa resignarse pensando: “yo soy así y a estas alturas ya no voy a cambiar”.
San Pablo nos recuerda:
«El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.»2 Corintios 5,17
Y me parece especialmente hermoso que inmediatamente después san Pablo hable de reconciliación (cf. 2 Corintios 5,18-20).
Porque si mi ira, mis palabras o mis gritos han lastimado a otra persona, mi conversión no puede quedarse únicamente dentro de mí. También debe producir frutos: reconocer la falta, pedir perdón, reparar cuando sea posible y buscar la reconciliación.
Sin embargo, hay algo fundamental que necesito recordar: no estoy llamado a conseguir esta transformación únicamente con mis propias fuerzas.
La conversión cristiana no consiste simplemente en apretar los dientes y proponerse: “la próxima vez voy a controlarme”.
Necesitamos luchar. Necesitamos voluntad. Necesitamos aprender a callar a tiempo, escuchar antes de responder y dominar nuestros impulsos.
Pero tenemos ayuda de lo alto.
San Pablo se lo recuerda a Timoteo:
«Porque no nos dio Dios un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza.»2 Timoteo 1,7
El mismo Espíritu Santo cuyos frutos son la paciencia, la mansedumbre y el dominio de sí es quien puede ir transformando aquello que tantas veces no conseguimos dominar por nuestras propias fuerzas.
Esto no elimina mi responsabilidad. Al contrario.
Me corresponde luchar, apartarme antes de explotar, callar cuando deba callar, escuchar, pedir perdón cuando haya herido y buscar la reconciliación cuando haya causado una ruptura.
Pero puedo hacerlo sabiendo que Dios no me deja solo en esa lucha.
Por eso también puedo hacer mías las palabras de san Pablo:
«Todo lo puedo en Aquel que me conforta.»Filipenses 4,13
No porque yo sea fuerte.
Porque Cristo me fortalece.
Esa es para mí la esperanza de todo verdadero proceso de conversión: Dios no solamente me muestra aquello que debo cambiar. También me concede su gracia para poder cambiarlo.
Y Jesús mismo me dice dónde debo aprender:
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.»Mateo 11,29
Por eso hoy mi oración es sencilla:
Señor Jesús, manso y humilde de corazón, transforma mi corazón.
Cuando llegue la ira, dame dominio de mí mismo.
Cuando quiera levantar la voz, enséñame a escuchar.
Cuando mis palabras puedan herir, dame mansedumbre.
Cuando haya ofendido, dame humildad para pedir perdón.
Cuando haya causado una herida, ayúdame a buscar la reconciliación.
Espíritu Santo, haz crecer en mí tus frutos.
Que donde haya ira crezca la paciencia;
donde haya dureza, la mansedumbre;
y donde pierda el control, el dominio de mí mismo.
Y cuando vuelva a caer, no permitas que me acostumbre a mi caída ni que la justifique diciendo: “así soy yo”.
Dame la gracia de reconocer mi falta, levantarme, reconciliarme y comenzar de nuevo.
Porque quiero tomar en serio aquellas palabras de Jesús:
«Por sus frutos los conoceréis.»Mateo 7,16
Que quienes están más cerca de mí —y por eso conocen mejor mis defectos— puedan también encontrar, cada día un poco más, los frutos de tu Espíritu en mí.
Señor, hazme una criatura nueva.
Amén. 🙏✝️❤️
