Hoy es el cumpleaños de la mamá de Jesús… y también del hijo guapo de mi mamá
67 años dan para mirar atrás, pero también para agradecer, amar la vida recibida y descubrir que la misericordia de Dios se renueva cada mañana.

Gracias, gracias, gracias.

Gracias, Dios Padre, por la vida.
Gracias, Jesús, por tu amor.
Gracias, Espíritu Santo, por lo que has puesto en mi corazón.

Hoy cumplo 67 años.

Hace pocos días, cuando caí en cuenta de que estaba por cumplirlos, el número me impresionó. Sesenta y siete. ¡Me sonaron a muchos años!

Y sí, lo son. Hay bastante camino recorrido ahí. Pero llegó este 8 de septiembre y, más que ponerme a contar los tiempo transcurrido, tengo ganas de contar las razones que tengo para dar gracias.

Además, hoy no soy el único que está de cumpleaños.

El cumpleaños de la mamá de Jesús

Cada 8 de septiembre la Iglesia católica celebra la Natividad de la Santísima Virgen María. Dicho de una manera mucho más familiar: hoy celebramos el cumpleaños de la mamá de Jesús.

Los Evangelios no nos dicen qué día nació María, ni tampoco nos dan los nombres de sus padres. Es una antigua tradición cristiana, testimoniada ya en el Protoevangelio de Santiago, un escrito del siglo II que no forma parte de los libros canónicos de la Biblia, la que nos habla de Joaquín y Ana como los padres de María.

La celebración de la Natividad de María se desarrolló tempranamente en Oriente y posteriormente llegó a Roma. Desde hace muchos siglos, el 8 de septiembre es el día que la Iglesia dedica litúrgicamente a celebrar su nacimiento.

Por tanto, no pretendo afirmar que tengamos un certificado de nacimiento que diga «María de Nazaret, 8 de septiembre». Lo que sí puedo decir es algo mucho más sencillo y muy especial para mí: nací el día en que la Iglesia celebra el nacimiento de María.

Felicidades también a los papás

Tengo una costumbre cuando alguien cumple años: me gusta felicitar también a su papá y a su mamá.

Porque aquel fue también un día extraordinario para ellos.

Durante meses esperaron a un niño al que todavía no podían ver. Imaginaron su rostro, prepararon su llegada y, finalmente, un día pudieron tenerlo entre sus brazos.

Por eso hoy me gusta imaginar a Joaquín y Ana contemplando por primera vez a aquella chiquita que acababa de nacer.

Me gusta imaginar que María creció rodeada de amor. La imagen que acompaña este artículo quiere representar precisamente ese instante: a san Joaquín y santa Ana llenos de gozo, contemplando y abrazando a aquella bebé tan linda que Dios había puesto en sus manos. Ellos veían simplemente a su pequeña hija y seguramente soñaban con su futuro, sin alcanzar a imaginar que aquella niña llegaría a ser la madre de Jesús, el Salvador. Hoy, tantos siglos después, la Iglesia se alegra con ellos y celebra el natalicio de María.

Ellos no podían conocer todavía la extraordinaria historia que comenzaba. Para ellos era, ante todo, María, su hija. Su bebé.

Mucho después, aquella niña respondería a Dios: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), y sería la madre del Salvador.

Y pienso inevitablemente también en mis propios padres.

Hace 67 años, un 8 de septiembre, ellos también pudieron ver finalmente a aquel chiquillo que estaban esperando.

Y, modestia aparte, ¡les salió bastante guapo!

Antes de que ellos me vieran, Dios ya me conocía

Pero hay una mirada todavía anterior a la de nuestros padres.

Por medio del profeta Jeremías, Dios nos regala unas palabras que siempre me han parecido hermosas:

«Con amor eterno te he amado.»
(Jer 31,3)

Y el Salmo 139 nos presenta una imagen todavía más íntima:

«Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno.»
(cf. Sal 139,13)

Antes de que nuestros padres pudieran vernos, Dios ya nos conocía.

Eso cambia mi manera de contemplar un cumpleaños.

Mi nacimiento no fue solamente el momento en que mis padres pudieron verme por primera vez. Desde mi fe puedo creer que Dios ya me conocía y ya me amaba.

Y entonces me permito una pequeña licencia.

En mi cumpleaños, además de darle gracias a Dios, también quiero felicitarlo.

Porque si me amaba con amor eterno, me gusta pensar que aquel 8 de septiembre, hace 67 años, Dios también se alegró al verme nacer.

Not aging, just upgrading

Esta mañana mi hermano mayor me envió una imagen que me hizo mucha gracia:

Not aging, just upgrading.

No estoy envejeciendo. Simplemente me estoy actualizando.

Para alguien que ha pasado buena parte de su vida entre computadoras y software, difícilmente podía llegar una felicitación más apropiada.

Pero después de reírme pensé que aquella frase, sin proponérselo, decía algo bastante cristiano.

El libro de las Lamentaciones nos recuerda que las misericordias del Señor «se renuevan cada mañana» (cf. Lam 3,22-23).

Y san Pablo nos dice algo extraordinariamente apropiado para quienes vamos acumulando años:

«Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día.»
(cf. 2 Co 4,16)

Así que no voy a negar los 67. Ahí están.

Seguramente llevo instaladas bastantes actualizaciones y también deben quedar algunos bugs pendientes.

Pero esta mañana es nueva.

Y la misericordia de Dios también.

Quizás esa sea una buena manera de cumplir años: no pretender que el tiempo no pasa, sino procurar que, mientras pasa, nosotros sigamos renovándonos.

Gracias a Dios por la vida

Hay una canción de Violeta Parra que siempre me ha gustado mucho: Gracias a la vida.

Hoy también quiero decir gracias a la vida, pero mi fe me lleva a preguntarme de dónde viene ese maravilloso regalo.

Y por eso hoy quiero decir:

Gracias a Dios por la vida.

Gracias porque existo.

Gracias por mis padres. Por mi familia. Por quienes he amado y por quienes me han amado. Por las personas que Dios ha ido poniendo en mi camino.

Y gracias muy especialmente por mi esposa, compañera de tantos años y de tanto camino; por mis hijos y mis nueras; y por mis nietos, que han venido a multiplicar de una manera maravillosa la alegría de la familia. Buena parte de lo que agradezco cuando miro estos 67 años tiene nombres, rostros, recuerdos, abrazos y momentos compartidos con ellos. Si hoy puedo decir que estoy feliz de haber vivido mi vida, es también porque he tenido la enorme bendición de vivir una parte tan importante de ella a su lado.

Gracias por lo que salió bien y también por aquello que, con los años, aprendí a comprender de otra manera.

Gracias por esos 67 años que hace unos días me parecieron tantos.

Y gracias porque hoy todavía puedo despertar y descubrir que hay algo nuevo por vivir, algo por aprender, algo que corregir, alguien a quien ayudar y alguien a quien amar.

Y felicidades también a mí

Cuando Jesús resume los grandes mandamientos nos dice:

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»
(Mt 22,39)

Ponemos, con toda razón, mucho énfasis en «amarás a tu prójimo». Pero a veces pasamos demasiado rápido por las últimas palabras:

«Como a ti mismo».

Amarse a uno mismo no significa creerse mejor que los demás. Tampoco es egoísmo ni narcisismo. Desde la fe puede ser también reconocer y querer agradecidamente la vida que Dios quiso y amó.

Y después de 67 años puedo decir algo que hoy me produce una enorme alegría:

Estoy muy contento de haber sido yo.

Con mis aciertos y mis errores. Con lo que aprendí y con lo que todavía me falta aprender. Con las alegrías y los dolores, los encuentros y las despedidas, los sueños realizados y los que todavía quedan pendientes.

Esta ha sido mi vida.

Y me alegra profundamente haberla vivido siendo yo.

Así que hoy quiero felicitar vehementemente al cumpleañero:

A mí mismo: muchas gracias y muchas felicidades.

Y, por supuesto:

¡Feliz cumpleaños, María!

Después de todo, hoy es el cumpleaños de la mamá de Jesús… y también del hijo guapo de mi mamá.

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