Discernir, acoger y sostener a quienes sirven
La Didaché enseña a discernir, acoger y sostener con caridad responsable a quienes llegan o sirven en la comunidad cristiana.

La Didaché XI-XIII y la hospitalidad responsable de la comunidad cristiana

Esta entrega continúa nuestro recorrido por la Didaché. En la publicación anterior contemplamos la fracción del pan y la copa de bendición, donde la comunidad cristiana se reúne en acción de gracias, reconoce a Cristo como alimento espiritual y espera su venida diciendo: Maranatha, ven Señor Jesús. Leer la entrega anterior.

Después de la mesa, la vida concreta de la comunidad

Después de contemplar la acción de gracias sobre la copa y el pan partido, la Didaché nos lleva nuevamente a la vida concreta de la comunidad cristiana. La fe no solo se celebra en la mesa; también se prueba en la manera de acoger, discernir, ayudar, corregir y sostener a quienes sirven.

Los capítulos XI, XII y XIII nos muestran una comunidad con puertas abiertas, pero no ingenua; generosa, pero no manipulable; obediente a la enseñanza recibida, pero no sometida a cualquier voz que se presente en nombre de Dios.

Esto resulta profundamente actual. También hoy la comunidad cristiana necesita aprender a recibir con caridad, discernir con verdad y sostener con gratitud. La caridad cristiana no apaga la inteligencia espiritual. La hospitalidad no elimina la responsabilidad. Y la obediencia no significa seguir cualquier palabra religiosa, sino permanecer fieles al Evangelio recibido de los apóstoles.

En estos capítulos aparece una sabiduría pastoral muy antigua: acoger al que viene en el nombre del Señor, examinar los frutos de quien enseña, ayudar al caminante sin fomentar el abuso, y sostener a quienes sirven verdaderamente a la comunidad.

Acoger sin perder el discernimiento

El capítulo XI comienza con una actitud de apertura. Si alguien llega y enseña todo lo que la comunidad ha recibido, debe ser acogido. La Didaché no propone una comunidad cerrada, temerosa o incapaz de recibir nuevos servidores.

Pero inmediatamente aparece el criterio: si el que enseña tuerce la doctrina hacia otra enseñanza que destruye, no debe ser escuchado. En cambio, si enseña para aumentar la justicia y el conocimiento del Señor, debe ser recibido como al Señor.

La comunidad cristiana debe ser acogedora, pero también vigilante. No toda palabra religiosa edifica. No todo entusiasmo viene de Dios. No todo el que habla en nombre del Señor permanece fiel al camino del Señor.

Oprima aquí para ver el texto completo de la Didaché — Capítulo XI
Crismón Alfa y Omega

Didaché — Capítulo XI

Maestros, apóstoles y profetas


XI.

1. Si alguien viene y os enseña todo lo anteriormente dicho, recibidlo.

2. Pero si el que enseña se vuelve y enseña otra doctrina para destruir, no lo escuchéis. Si enseña para aumentar la justicia y el conocimiento del Señor, recibidlo como al Señor.

3. En cuanto a los apóstoles y profetas, obrad conforme al precepto del Evangelio.

4. Todo apóstol que venga a vosotros sea recibido como el Señor.

5. Pero no permanecerá más que un día; si hubiera necesidad, también el siguiente. Pero si permanece tres días, es un falso profeta.

6. Cuando el apóstol se marche, no tome nada sino pan hasta que encuentre alojamiento. Pero si pide dinero, es un falso profeta.

7. No pongáis a prueba ni juzguéis a ningún profeta que hable en espíritu, porque todo pecado será perdonado, pero este pecado no será perdonado.

8. Pero no todo el que habla en espíritu es profeta, sino solo si tiene los caminos del Señor. Por sus caminos, pues, será reconocido el falso profeta y el profeta verdadero.

9. Todo profeta que mande poner una mesa en espíritu no comerá de ella; de lo contrario, es un falso profeta.

10. Todo profeta que enseña la verdad, si no hace lo que enseña, es un falso profeta.

11. Todo profeta probado y verdadero, que obra para el misterio terreno de la Iglesia, pero no enseña a hacer todo lo que él hace, no será juzgado por vosotros, porque su juicio está con Dios; así también hicieron los antiguos profetas.

12. Pero quien diga en espíritu: “Dame dinero” u otra cosa semejante, no lo escuchéis. En cambio, si pide para otros necesitados, nadie lo juzgue.

Discernir la enseñanza recibida

La Didaché nos recuerda que la enseñanza cristiana no pertenece al capricho de cada predicador. La comunidad ha recibido un camino, una doctrina, una forma de vida. Por eso debe acoger a quien sirve fielmente a esa enseñanza, pero también debe saber reconocer cuando alguien la deforma.

San Pablo expresa esta preocupación con gran fuerza cuando advierte a los gálatas sobre el peligro de recibir “otro evangelio”:

“Pues bien, aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!”
Gálatas 1,8

La frase es fuerte, pero muestra la seriedad del asunto. La fe cristiana no se reinventa en cada generación. Se recibe, se custodia, se transmite y se vive. La comunidad no discierne para cerrarse al Espíritu, sino para permanecer fiel al Evangelio.

Obedecer la verdad recibida

El discernimiento cristiano no nace del orgullo ni de la sospecha permanente. Nace del deseo de obedecer fielmente la verdad recibida. La Didaché pide acoger al que enseña rectamente, pero también advierte contra quien tuerce la enseñanza y conduce por otro camino.

La obediencia cristiana, por tanto, no consiste en seguir cualquier voz que se presente en nombre de Dios. Consiste en permanecer dóciles al Evangelio, a la enseñanza apostólica y a los frutos de una vida conforme al Señor.

Por eso la comunidad necesita discernir. No para cerrarse al hermano, sino para no entregar su conciencia a una palabra que destruya. La verdadera obediencia no apaga la inteligencia espiritual; la purifica y la orienta hacia Cristo.

Por sus frutos los conoceréis

Jesús ya había advertido a sus discípulos sobre los falsos profetas. No basta con mirar las palabras exteriores; hay que mirar los frutos. La enseñanza verdadera conduce a la vida, a la justicia, a la humildad y al conocimiento del Señor. La enseñanza falsa puede parecer piadosa, pero termina dividiendo, confundiendo o aprovechándose de la comunidad.

“Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos.”
Mateo 7,15-17

También la primera carta de Juan invita a examinar los espíritus:

“Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo.”
1 Juan 4,1

La Didaché está en plena continuidad con esta sabiduría evangélica. No se trata de vivir con miedo, sino con lucidez. La comunidad que ama la verdad debe aprender a reconocer los frutos de quienes enseñan y sirven.

El discernimiento en la Didaché no nace de la desconfianza, sino del amor a la verdad recibida y del deseo de obedecer mejor al Evangelio.

La hospitalidad cristiana no es ingenuidad

Después de hablar del discernimiento de maestros, apóstoles y profetas, la Didaché pasa a un tema muy concreto: cómo recibir al caminante que llega en el nombre del Señor.

La primera actitud es clara: recibirlo. La comunidad cristiana no vive encerrada en sí misma. La hospitalidad forma parte de su identidad. El hermano que llega no debe ser tratado como extraño, sino acogido con caridad.

Pero la Didaché también introduce una nota de prudencia. Si el caminante está de paso, se le ayuda según lo necesario; si quiere quedarse y tiene oficio, que trabaje y coma. Si no tiene oficio, la comunidad debe actuar con discernimiento para que viva cristianamente, sin permitir que la caridad sea usada como pretexto para la ociosidad o el abuso.

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Crismón Alfa y Omega

Didaché — Capítulo XII

Hospitalidad y responsabilidad


XII.

1. Todo el que venga en el nombre del Señor sea recibido. Después, al examinarlo, lo conoceréis, pues tendréis entendimiento para distinguir la derecha y la izquierda.

2. Si el que viene está de paso, ayudadle cuanto podáis. Pero no permanecerá con vosotros más de dos o tres días, si hay necesidad.

3. Si quiere establecerse entre vosotros y tiene oficio, que trabaje y coma.

4. Pero si no tiene oficio, proveed según vuestra prudencia, para que no viva entre vosotros ningún cristiano ocioso.

5. Si no quiere obrar así, es un traficante de Cristo. Guardaos de los tales.

Recibir al caminante como hermano

La hospitalidad cristiana tiene raíces profundas en la Escritura. Recibir al enviado, al peregrino o al hermano necesitado no es un simple gesto social. Es una forma concreta de reconocer la presencia de Cristo en quien llega.

Jesús mismo dice a sus discípulos:

“Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado.”
Mateo 10,40

La Escritura ofrece también una imagen muy hermosa de hospitalidad en la mujer sunamita que recibe al profeta Eliseo. Ella reconoce en él a un hombre de Dios y prepara un pequeño espacio para acogerlo cuando pase por allí:

“Un día pasó Eliseo por Sunem. Había allí una mujer principal que le invitó con insistencia a comer; y siempre que pasaba, se detenía allí a comer. Ella dijo a su marido: ‘Mira, sé que es un santo hombre de Dios el que pasa siempre junto a nosotros. Hagámosle, pues, una pequeña habitación de obra en la terraza y pongámosle allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara; así, cuando venga a nosotros, se retirará allí.’”
2 Reyes 4,8-10

La hospitalidad de esta mujer no es improvisada ni superficial. Es una caridad concreta, ordenada y generosa. Reconoce al servidor de Dios, le abre la casa y le ofrece descanso. Esa misma sensibilidad aparece en la Didaché cuando enseña a recibir al caminante que llega en el nombre del Señor.

Y la historia continúa con una bendición inesperada. Eliseo, agradecido por aquella hospitalidad, pregunta qué puede hacer por ella. Al conocer que no tenía hijo, le anuncia que al año siguiente abrazaría un niño. La mujer no había abierto su casa buscando una recompensa, pero su generosidad se convirtió en lugar de bendición.

Esto ilumina también una palabra de Jesús:

“Quien recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta.”
Mateo 10,41

La hospitalidad cristiana no debe convertirse en cálculo interesado, pero tampoco debemos olvidar que Dios mira la caridad concreta. Quien abre espacio al servidor de Dios, quien sostiene al hermano y quien recibe al enviado con fe, participa de algún modo en la obra que Dios realiza por medio de él.

También la carta a los Hebreos exhorta a no olvidar la hospitalidad:

“No olvidéis la hospitalidad; gracias a ella hospedaron algunos, sin saberlo, a ángeles.”
Hebreos 13,2

La Didaché respira esa misma sensibilidad. La comunidad no se protege cerrando la puerta, sino aprendiendo a abrirla bien. La caridad cristiana no mira al caminante como una molestia, sino como una oportunidad de servir al Señor.

Caridad con responsabilidad

Pero la Didaché es también muy realista. Sabe que la caridad puede ser mal entendida o incluso manipulada. Por eso pone límites concretos. No todo el que llega debe quedarse indefinidamente. No todo pedido debe ser aceptado sin discernimiento. No toda necesidad aparente justifica una vida irresponsable.

San Pablo expresa una enseñanza parecida al hablar del trabajo y la responsabilidad dentro de la comunidad:

“Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma.”
2 Tesalonicenses 3,10

Y en otra carta exhorta a vivir con sobriedad y dignidad:

“Aspirad a vivir tranquilos, ocupándoos en vuestros propios asuntos y trabajando con vuestras manos, como os lo tenemos ordenado, a fin de que viváis dignamente ante los de fuera y no necesitéis de nadie.”
1 Tesalonicenses 4,11-12

Estas palabras no niegan la caridad. La ordenan. La ayuda cristiana debe levantar al hermano, no atraparlo en la dependencia. Debe socorrer al necesitado, pero también animarlo a vivir con dignidad y responsabilidad.

La Didaché nos enseña una caridad madura: abrir la puerta, compartir lo necesario, acompañar al hermano, pero sin convertir la hospitalidad en ingenuidad ni la generosidad en desorden.

La hospitalidad cristiana abre la puerta al hermano, pero también cuida que la caridad no sea usada para fomentar el abuso o la irresponsabilidad.

Sostener a quienes sirven de verdad

Después de hablar del discernimiento y de la hospitalidad responsable, la Didaché introduce un tercer aspecto de la vida comunitaria: sostener a quienes sirven verdaderamente a la comunidad.

Esto completa el equilibrio de los capítulos XI, XII y XIII. La comunidad no debe ser ingenua ante el falso maestro, ni permitir que alguien abuse de la hospitalidad; pero tampoco debe cerrar el corazón ante los verdaderos servidores del Evangelio.

La Didaché no enseña una desconfianza permanente. Enseña una caridad ordenada. Al falso servidor se le discierne; al caminante se le acoge con prudencia; al verdadero profeta y maestro se le sostiene con gratitud.

Oprima aquí para ver el texto completo de la Didaché — Capítulo XIII
Crismón Alfa y Omega

Didaché — Capítulo XIII

Sostener a los verdaderos profetas y maestros


XIII.

1. Todo profeta verdadero que quiera establecerse entre vosotros es digno de su alimento.

2. Igualmente, todo maestro verdadero es también digno, como el trabajador, de su alimento.

3. Por tanto, tomarás toda primicia de los productos del lagar y de la era, de los bueyes y de las ovejas, y la darás como primicia a los profetas, pues ellos son vuestros sumos sacerdotes.

4. Pero si no tenéis profeta, dadlo a los pobres.

5. Si haces pan, toma la primicia y dala según el mandamiento.

6. Del mismo modo, cuando abras una jarra de vino o de aceite, toma la primicia y dala a los profetas.

7. También del dinero, del vestido y de toda posesión, toma la primicia, según te parezca, y dala conforme al mandamiento.

Las primicias y la gratitud comunitaria

El capítulo XIII habla de entregar las primicias a los verdaderos profetas, porque ellos son considerados, en ese contexto, como sumos sacerdotes para la comunidad. Si no hay profeta, las primicias se dan a los pobres.

Este lenguaje puede sonar lejano para nosotros, pero expresa una realidad muy concreta: la comunidad cristiana reconoce que los bienes recibidos de Dios no son solo para el uso individual. También sirven para sostener la vida común, la enseñanza, el servicio espiritual y la atención a los necesitados.

San Pablo expresa una idea semejante cuando recuerda que quienes anuncian el Evangelio pueden vivir del Evangelio:

“¿No sabéis que los ministros del templo viven del templo? ¿Que los que sirven al altar, del altar participan? Del mismo modo, también el Señor ha ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio.”
1 Corintios 9,13-14

También escribe a los gálatas:

“Que el catecúmeno comparta todos sus bienes con el que le instruye en la palabra.”
Gálatas 6,6

No se trata de comprar la gracia ni de convertir el servicio espiritual en mercancía. Se trata de reconocer que la comunidad tiene responsabilidades concretas. Donde hay enseñanza fiel, servicio verdadero y cuidado pastoral, debe haber también gratitud, corresponsabilidad y apoyo.

El servicio espiritual no es mercancía

La Didaché es muy cuidadosa: por un lado, pide discernir al falso profeta; por otro, pide sostener al verdadero. Esa tensión sigue siendo necesaria.

Cuando alguien usa el nombre de Dios para aprovecharse de la comunidad, la caridad exige discernimiento. Pero cuando alguien sirve con fidelidad, humildad y entrega, la comunidad no debe tratarlo con indiferencia. La gratitud también forma parte de la justicia cristiana.

La Didaché llega incluso a un criterio muy concreto: si el apóstol, al marcharse, pide dinero, es un falso profeta. La frase puede parecer dura, pero responde a una preocupación pastoral real: la comunidad debía aprender a distinguir entre quien sirve al Evangelio y quien usa el lenguaje religioso para aprovecharse de la generosidad de los fieles.

Esta preocupación aparece también en otros textos cristianos antiguos. El Pastor de Hermas, al hablar del discernimiento de los profetas, advierte contra quien busca prestigio, acepta recompensas por profetizar o acomoda su palabra al beneficio que recibe. El verdadero servidor de Dios no convierte el don espiritual en mercancía.

La Escritura misma advierte contra la tentación de convertir los dones de Dios en objeto de compra o negocio. En los Hechos de los Apóstoles aparece el caso de Simón, que quiso ofrecer dinero a los apóstoles para recibir el poder de comunicar el Espíritu Santo. De este episodio viene la palabra simonía: el intento de comprar o vender lo sagrado.

“Al ver Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu, les ofreció dinero diciendo: ‘Dadme a mí también este poder para que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos.’ Pedro le contestó: ‘Que tu dinero sea para tu perdición, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero. No tienes tú parte ni herencia en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad y ruega al Señor, a ver si se te perdona este pensamiento de tu corazón; porque veo que estás en hiel de amargura y en lazos de iniquidad.’ Simón respondió: ‘Rogad vosotros por mí al Señor, para que no venga sobre mí ninguna de esas cosas que habéis dicho.’”
Hechos 8,18-24

Este pasaje ilumina muy bien la advertencia de la Didaché contra el falso profeta que pide dinero o usa el lenguaje religioso para aprovecharse de la comunidad. Los dones de Dios no se compran ni se venden: se reciben con humildad, se sirven con gratitud y se custodian con reverencia.

Pero este discernimiento no debe transformarse en desprecio hacia quienes sirven fielmente. La misma Didaché, después de advertir contra el falso profeta, enseña que los verdaderos profetas y maestros deben ser sostenidos por la comunidad. La diferencia está en el fruto, la intención y la fidelidad: una cosa es manipular la fe para obtener ganancia; otra muy distinta es que la comunidad sostenga con gratitud a quienes la sirven de verdad.

San Pablo pide reconocer especialmente a quienes trabajan en la predicación y en la enseñanza:

“Los presbíteros que ejercen bien su cargo merecen doble remuneración, principalmente los que se afanan en la predicación y en la enseñanza. Porque dice la Escritura: No pondrás bozal al buey que trilla, y también: El obrero tiene derecho a su salario.”
1 Timoteo 5,17-18

La comunidad cristiana no debe alimentar el abuso religioso, pero tampoco debe despreciar el servicio fiel. Sostener a quienes sirven de verdad no es una concesión mundana; es una forma concreta de comunión.

En el fondo, la Didaché nos está enseñando una economía espiritual de la gratitud: todo viene de Dios, todo debe ser recibido con acción de gracias, y parte de lo recibido debe volver al servicio de la comunidad y de los pobres.

La Didaché recuerda que quienes sirven fielmente a la comunidad deben ser sostenidos con gratitud, sin convertir el servicio espiritual en negocio ni manipulación.

Una comunidad con puertas abiertas y corazón vigilante

Los capítulos XI, XII y XIII de la Didaché nos muestran una comunidad muy concreta. No es una comunidad cerrada, pero tampoco ingenua. No rechaza al que llega, pero aprende a discernir. No desprecia al caminante, pero tampoco fomenta la irresponsabilidad. No sospecha de todo servidor, pero sabe distinguir entre quien sirve al Evangelio y quien intenta aprovecharse de la fe.

Esta sabiduría sigue siendo necesaria. Una comunidad cristiana sana necesita puertas abiertas y corazón vigilante. La caridad recibe, la obediencia escucha la verdad, el discernimiento examina los frutos, la hospitalidad ayuda con responsabilidad y la gratitud sostiene a quienes sirven de verdad.

La Didaché no nos invita a vivir con miedo, sino con madurez. La fe recibida de los apóstoles no se cuida con dureza ni con sospecha permanente, sino con amor a la verdad, atención a los frutos y fidelidad al Evangelio.

Así, después de haber contemplado la fracción del pan y la Iglesia reunida, aprendemos que la comunidad cristiana también se construye en lo cotidiano: en la palabra que se enseña, en la puerta que se abre, en el pan que se comparte, en el trabajo honrado, en la ayuda responsable y en el reconocimiento agradecido hacia quienes sirven fielmente.

Oración

Señor Jesús,
Maestro y Pastor de tu Iglesia,
enséñanos a vivir con caridad y discernimiento.

Danos un corazón abierto
para recibir al hermano que llega,
al caminante que necesita ayuda,
al servidor que anuncia tu Palabra
y al pobre que llama a nuestra puerta.

Pero danos también sabiduría espiritual
para reconocer los frutos,
cuidar la enseñanza recibida
y no permitir que tu nombre sea usado
para confundir, manipular o aprovecharse de tu pueblo.

Haznos obedientes a la verdad,
hospitalarios sin ingenuidad,
generosos sin desorden
y agradecidos con quienes sirven fielmente.

Que nuestra comunidad tenga puertas abiertas,
pero también un corazón vigilante;
que sepa acoger con amor,
discernir con humildad
y sostener con gratitud.

Amén.

Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios

Crismón Alfa y Omega

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Fuentes para profundizar

Para quienes deseen profundizar en este tema, pueden consultarse especialmente:

  • Didaché o Doctrina de los Doce Apóstoles, capítulos XI, XII y XIII.
  • Sagrada Escritura: Mateo 7,15-20; Mateo 10,40-41; 2 Reyes 4,8-10; Hechos 8,18-24; 1 Juan 4,1; Gálatas 1,8; Romanos 12,13; Hebreos 13,2; 1 Tesalonicenses 4,11-12; 2 Tesalonicenses 3,10; 1 Corintios 9,13-14; Gálatas 6,6; 1 Timoteo 5,17-18.
  • El Pastor de Hermas, especialmente el Mandato XI, sobre el discernimiento entre verdaderos y falsos profetas.
  • San Ignacio de Antioquía, cartas sobre la fidelidad a la enseñanza recibida, la unidad de la Iglesia y el cuidado frente a divisiones.
  • San Clemente Romano, Carta a los Corintios, sobre el orden, la paz y la responsabilidad en la comunidad cristiana.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, sobre la Iglesia como comunión, la transmisión de la fe, la caridad y la responsabilidad moral en la vida cristiana.

Próxima etapa de nuestro viaje

En la próxima entrega avanzaremos hacia los capítulos XIV y XV de la Didaché. Allí el texto nos llevará al Día del Señor, la reunión de la comunidad, la fracción del pan, la confesión de las faltas, la reconciliación antes de la ofrenda y el servicio de obispos y diáconos.

Después de meditar sobre el discernimiento, la hospitalidad y el sostenimiento de quienes sirven, veremos cómo la comunidad cristiana se reúne, se reconcilia y organiza su vida en torno a la oración, la Eucaristía, el servicio humilde y la paz comunitaria.

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