Hoy rezamos juntos: memoria, fe y comunión de los santos
La comunión de los santos: memoria, oración y gratitud. En el cumpleaños de papá, una meditación sobre la fe que une cielo y tierra.

Hoy, mientras rezaba los Laudes del 19 de mayo, tuve un pensamiento profundamente claro:

“Lo estamos rezando juntos.”

La imagen destacada de este post tiene, en ese orden, a Papá, a mi abuelo Arturo —a quien llamábamos Tito— y a mi tío Arturo.

Y quizá por la antigüedad misma de la fotografía, por sus tonos gastados y esa mirada detenida en el tiempo, hoy me hace sentir con más fuerza que me observan desde el cielo mientras preparo esta meditación.

¿Se celebran cumpleaños en el cielo? No lo sé.

Pero de algo sí estoy convencido: quienes viven plenamente en Cristo permanecen en una fiesta eterna de luz, verdad y amor.

Y de alguna manera, mientras escribo estas líneas y rezo los salmos de este día, siento que seguimos unidos en esa comunión que la muerte no puede destruir.

Y comprendí nuevamente por qué la doctrina de la comunión de los santos nunca ha sido para mí una idea abstracta.

Mi papá, Guido, me la enseñó con detalle.

Él era Doctor en Filosofía del Derecho y podía conversar prácticamente de cualquier tema: filosofía, historia, teología, política, literatura, Sagrada Escritura… Pero más allá de la erudición, tenía una profunda seriedad espiritual.

Ya en una etapa más madura de su vida, llegó con intensidad a los pies de Cristo y estudió la fe como el erudito que era: con rigor, profundidad y reverencia.

Recuerdo aquellas noches compartiendo casa, salmos, películas y conversaciones interminables sobre la Biblia y la Iglesia.

Recuerdo también una ocasión en que lo escuché orar en lenguas. Yo me sorprendí. Él, con mucha serenidad, me aclaró que aquello pertenecía a su oración privada. San Pablo advierte que, en la asamblea, quien habla en lenguas debe hacerlo solo si hay quien interprete; si no, “calle en la asamblea y hable consigo mismo y con Dios” (1 Co 14, 27-28). Así era él: profundamente espiritual, pero también prudente y respetuoso de la intimidad del alma con Dios.

Pero si algo sembró profundamente en mi corazón fue precisamente esto: la doctrina de la comunión de los santos.

Hoy volví a repasar esta doctrina antes de escribir estas líneas. Y mientras releía algunos textos del Catecismo y meditaba nuevamente en sus fundamentos bíblicos, comprendí aún más profundamente aquello que papá me enseñó hace años.

La comunión de los santos enseña que todos los que pertenecen a Cristo permanecen unidos en Él: los que peregrinamos en la tierra, quienes son purificados y quienes ya contemplan el rostro de Dios.

La muerte no destruye la comunión nacida en Cristo.

La Iglesia sigue siendo una sola familia.

Y creo que por eso esta mañana, mientras rezaba los Laudes, tuve aquella certeza silenciosa:

“Lo estamos rezando juntos.”

También me enseñó con profundidad la doctrina social de la Iglesia… pero ese será tema para otro día.

Hoy simplemente doy gracias.

Gracias por la fe compartida.
Gracias por los salmos.
Gracias por las conversaciones.
Gracias por enseñarme que Dios también habita en esos silencios sencillos de familia.

Y gracias por haber sembrado en mi corazón esta comprensión tan profunda de la Iglesia como comunión viva en Cristo.

Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios.


Quiero también compartir los Laudes que recé esta mañana y que acompañaron esta meditación.

Fue escuchando esta oración de la Iglesia —los salmos, las lecturas y esa unión misteriosa de tantas voces rezando a través del mundo y del tiempo— que nació en mi corazón el deseo de escribir estas líneas sobre la comunión de los santos y sobre mi papá.

Mientras los escuchaba, pensé con claridad:

“Lo estamos rezando juntos.”


Para profundizar: ¿qué enseña realmente la Iglesia sobre la comunión de los santos?

La comunión de los santos es una de las doctrinas más antiguas y profundas del cristianismo. Aparece en el Credo y expresa que todos los que pertenecen a Cristo permanecen unidos en Él.

La Iglesia enseña que esta comunión tiene dos sentidos inseparables:

  • comunión en las “cosas santas”, especialmente la Eucaristía,
  • y comunión entre las “personas santas”, es decir, todos los miembros del Cuerpo de Cristo.

Cristo es la Cabeza.
La Iglesia es su Cuerpo.
Y nosotros somos miembros unos de otros.

Por eso el bien espiritual de uno beneficia misteriosamente a todos.

La tradición cristiana habla de tres estados de una misma Iglesia:

  • la Iglesia peregrina: quienes caminamos todavía en esta vida;
  • la Iglesia purgante: quienes son purificados;
  • la Iglesia triunfante: quienes ya contemplan a Dios cara a cara.

No son tres Iglesias separadas.
Es una sola familia en Cristo.

Por eso los cristianos rezan por los difuntos desde los primeros siglos y también piden la intercesión de los santos.

La muerte no rompe la comunión nacida en Cristo.

La Eucaristía ocupa el centro de esta doctrina, porque en ella la Iglesia no solamente simboliza la unidad: la realiza. Cada vez que participamos del Cuerpo de Cristo somos unidos más profundamente a Él y, en Él, a toda la Iglesia.

También por eso los cristianos creen que el amor, la oración y el sacrificio ofrecido a Dios nunca se pierden.

Una madre rezando por sus hijos.
Un anciano ofreciendo su sufrimiento.
Un sacerdote celebrando la misa.
Una persona perdonando.
Un creyente rezando los salmos en silencio.

Todo eso entra misteriosamente en la circulación de la gracia.

Algunas voces de la Iglesia antigua

San Agustín enseñaba que:

“Si somos miembros de Cristo, somos también miembros unos de otros.”

San Juan Crisóstomo recordaba que:

“No en vano fueron establecidas por los Apóstoles las oraciones por los difuntos.”

Y San Ireneo veía a la Iglesia como una realidad viva y unida por el Espíritu Santo a través del tiempo y de la historia.

Quizá por eso esta doctrina resulta tan profundamente humana.

Porque responde a algo que el corazón intuye:
que el amor sostenido en Dios no desaparece con la muerte.

Y que, en Cristo, seguimos misteriosamente unidos.


Catecismo de la Iglesia Católica

La comunión de los santos

CIC 946

“Después de haber confesado ‘la santa Iglesia católica’, el Símbolo de los Apóstoles añade ‘la comunión de los santos’. Este artículo es, en cierto modo, una explicación del precedente: ‘¿Qué es la Iglesia sino la asamblea de todos los santos?’ La comunión de los santos es precisamente la Iglesia.”


CIC 947

“Puesto que todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros... Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la cabeza... Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia.”


CIC 948

“El término ‘comunión de los santos’ tiene entonces dos significados estrechamente ligados: ‘comunión en las cosas santas [sancta]’ y ‘comunión entre las personas santas [sancti]’.”


La comunión en las cosas santas

CIC 950

“La comunión de los sacramentos. ‘El fruto de todos los sacramentos pertenece a todos. Porque los sacramentos, y sobre todo el Bautismo, que es como la puerta por la que los hombres entran en la Iglesia, son otros tantos vínculos sagrados que los unen a todos y los ligan a Jesucristo...’”


CIC 950 (continuación sobre la Eucaristía)

“La comunión de la Eucaristía. ‘Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan’ (1 Co 10,17).”


La comunión entre las personas santas

CIC 954

“Los tres estados de la Iglesia. ‘Hasta que el Señor venga revestido de majestad y acompañado de todos sus ángeles y destruida la muerte, le sean sometidas todas las cosas, algunos de sus discípulos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros son glorificados contemplando claramente a Dios mismo, Uno y Trino, tal cual es’.”


CIC 955

“La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe; antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se fortalece con la comunicación de los bienes espirituales.”


CIC 956

“La intercesión de los santos. ‘Por el hecho de que los habitantes del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre.’”


CIC 958

“La comunión con los difuntos. ‘La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos desde los primeros tiempos del cristianismo y ofreció sufragios por ellos.’”


CIC 959

“En la única familia de Dios. ‘Todos los hijos de Dios y miembros de la misma familia en Cristo, al unirnos mutuamente en la caridad, respondemos a la íntima vocación de la Iglesia.’”

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