En mi Biblia, en el Evangelio según San Juan, encuentro este pasaje:
Juan 8,1-11
1 Jesús se fue al monte de los Olivos.
2 Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles.
3 Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio
4 y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
5 Moisés nos os mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. Tú, ¿qué dices?»
6 Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.
7 Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.»
8 E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.
9 Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio.
10 Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?»
11 Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»
Muchos andamos con la piedra en la mano.
Piedras hechas de juicio, de dureza, de palabras hirientes, de condenas silenciosas. Nos sentimos con derecho. Nos parece justo. Incluso necesario.
Pero Cristo desarma esa lógica.
Nos recuerda que antes de señalar, debemos mirarnos. Que antes de condenar, debemos reconocer nuestra propia debilidad.
Y resuena entonces con más fuerza aquella palabra:
«Misericordia quiero, que no sacrificio.» Mateo 9,13
Como decía san Agustín al contemplar esta escena:
«Quedaron dos: la miseria y la misericordia.»
Hoy vale la pena preguntarnos:
- ¿A quién estoy juzgando?
- ¿Qué piedra llevo en la mano?
- ¿Qué pasaría si la suelto?
Oración
Señor Jesús,
Tú que no levantaste la piedra, sino que levantaste a la persona caída, enséñame a mirar como Tú miras.
Arranca de mis manos toda dureza, rompe en mí el impulso de juzgar, y dame un corazón capaz de comprender, de perdonar y de amar.
Que antes de señalar, recuerde mi propia debilidad. Que antes de condenar, elija la misericordia. Y que, soltando la piedra, pueda caminar contigo en la verdad y en la gracia.
Amén.
Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios
