El poder de la intercesión en la fe, la amistad y la familia
A veces una escena sencilla puede recordarnos una verdad profundamente evangélica. En uno de los episodios de la serie The Chosen, se presenta un encuentro conmovedor entre Jesús y dos amigos: Shula y Bernabé.
Shula ha vivido durante años en la oscuridad. Su ceguera no solo es física, sino también una prueba interior de humildad y confianza. Cuando finalmente se encuentra con Jesús, no pide nada para sí misma. Sin embargo, el Maestro, que ve el corazón de las personas, reconoce su fe profunda y le concede el don de la vista después de diez años de oscuridad.
Lo sorprendente ocurre inmediatamente después: su amigo Bernabé, que caminaba con una pierna lesionada, descubre con asombro que también ha sido curado. Nadie lo había pedido explícitamente. Pero el amor, la amistad y la fe compartida habían abierto un camino para la gracia.
La escena transmite una verdad profundamente cristiana: muchas veces Dios obra maravillas cuando alguien lleva a otro hasta Jesús.
Cuando la fe de los amigos abre el cielo
El Evangelio nos ofrece un ejemplo luminoso de esta realidad. En una casa llena de gente, un paralítico no podía acercarse a Jesús. Sus amigos, movidos por la compasión, hicieron algo extraordinario: subieron al techo de la casa y lo bajaron frente al Maestro.
“Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: ‘Hijo, tus pecados te son perdonados’.”
— Marcos 2, 5
El evangelista subraya algo muy significativo: Jesús vio la fe de ellos. El milagro comenzó con la fe de quienes intercedieron, de quienes no se resignaron, de quienes hicieron suyo el dolor del amigo.
Así funciona muchas veces la gracia de Dios: alguien ora, alguien insiste, alguien no se rinde… y el Señor actúa.
La intercesión recorre toda la Biblia
La historia de la salvación está llena de hombres y mujeres que interceden por otros. Abraham suplica por Sodoma. Moisés ruega por el pueblo cuando ha caído en pecado. Los profetas elevan su voz en favor de Israel. La intercesión aparece como una expresión concreta del amor: ponerse delante de Dios en favor del hermano.
“Ante todo recomiendo que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres.”
— 1 Timoteo 2, 1
Interceder es un acto profundamente cristiano, porque nos une al mismo corazón de Cristo, que no deja de presentar nuestra pobreza y nuestra esperanza ante el Padre.
“Él puede salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor.”
— Hebreos 7, 25
Y en otro momento, el mismo Señor nos recuerda la prioridad de buscar lo verdaderamente esencial:
“Busquen más bien su Reino, y esas cosas se les darán por añadidura.”
— Lucas 12, 31
Quien intercede aprende a vivir así: buscando primero el Reino de Dios, confiando en que el Señor sabe bien lo que necesita cada alma.
La intercesión dentro de la familia
Si la intercesión entre amigos es hermosa, la intercesión en la familia tiene una hondura todavía más entrañable. ¡Cuánto bien hace una madre que ora por sus hijos, un padre que bendice en silencio, una abuela que presenta cada día a su familia ante Dios, un abuelo que lleva por nombre a sus nietos en el corazón de la oración!
Uno de los ejemplos más conmovedores de esta intercesión familiar es el de Santa Mónica, madre de San Agustín. Durante años vio a su hijo alejarse de Dios, buscar caminos equivocados y resistirse a la verdad. Pero ella no dejó de llorar, de suplicar y de esperar. Su oración perseverante no fue estéril. Con el tiempo, Agustín se convirtió y llegó a ser uno de los grandes santos y doctores de la Iglesia.
La historia de Santa Mónica nos recuerda que las lágrimas de una madre nunca se pierden ante Dios. Tal vez no vemos enseguida el fruto. Tal vez la respuesta tarda. Tal vez el corazón amado parece seguir lejos. Pero la oración perseverante toca misteriosamente el cielo.
Y esto vale también para toda familia: por un hijo, por un hermano, por un esposo, por una esposa, por un nieto, por un amigo que ya es como hermano. En la intercesión familiar hay una forma de amor que no controla, no obliga y no impone, sino que confía y entrega.
Cuando el amor lleva a otro hasta Jesús
El episodio de The Chosen nos recuerda algo sencillo y profundamente cristiano: muchas veces el milagro comienza cuando alguien decide no abandonar a su amigo.
A veces no podemos resolver el problema del otro. No podemos curar su herida. No podemos cambiar su historia. No podemos disipar de inmediato su oscuridad. Pero sí podemos hacer algo decisivo: llevarlo a Jesús.
Eso es la intercesión. Es el acto silencioso de quien dice en su oración: “Señor, mira a esta persona que amo”.
Y muchas veces —de maneras inesperadas— Dios responde. Porque en el Reino de Dios ocurre algo extraordinario: la fe de uno puede abrir el camino para la gracia de otro.
¡Cuántos hemos llegado más lejos de lo que imaginábamos gracias a la oración de una madre, al cariño fiel de un amigo, al ejemplo silencioso de un abuelo, al amor perseverante de alguien que nos llevó a Jesús cuando solos no habríamos sabido llegar!
Interceder, en el fondo, es amar de verdad. Es creer que Dios puede tocar el corazón del otro. Es negarse a dar a nadie por perdido. Es poner un nombre ante el Señor y dejarlo reposar en sus manos.
Y cuando eso ocurre, aun antes del milagro visible, ya ha comenzado una obra de gracia.
Carlos Enrique Loría Beeche
hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios
