La Didaché y la vida concreta del camino de la vida
Serie sobre la Didaché – Un viaje a los orígenes de la Iglesia
Artículo anterior de la serie: Los dos caminos: elegir la vida
En la publicación anterior reflexionamos sobre la primera gran afirmación de la Didaché: hay dos caminos, uno de la vida y otro de la muerte. Ahora avanzamos un paso más.
Si existe un camino de la vida, entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo se reconoce ese camino? ¿Qué lo caracteriza? ¿Qué tipo de persona forma?
Para preparar esta reflexión he releído varias veces los capítulos I, II y III de la Didaché. Como gran parte de este artículo consistirá en comentar esos textos, he decidido presentarlos separados en tres partes, como si fueran tres actos de una misma enseñanza.
Mi invitación es sencilla: leer primero cada capítulo, pausadamente, y luego acompañarme en la reflexión. Veremos cómo este antiguo documento cristiano resume con sorprendente claridad muchas de las enseñanzas de Jesús sobre el amor, la misericordia, la verdad, la libertad, la responsabilidad y el cuidado de la vida humana.
¿Qué representa este símbolo?
Ayer, después de publicar la reflexión anterior sobre la Didaché, una persona me preguntó por el símbolo que aparece en las imágenes de esta serie. Mi respuesta espontánea fue sencilla: representa a Cristo, el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin.

Sin embargo, la respuesta completa es aún más interesante.
El símbolo central se conoce como Crismón y está formado por las letras griegas Χ (ji) y Ρ (rho), las dos primeras letras de la palabra Χριστός (Christós), es decir, Cristo.
A ambos lados suelen aparecer las letras Α (Alfa) y Ω (Omega), la primera y la última letra del alfabeto griego. Estas letras nos recuerdan las palabras del Señor en el libro del Apocalipsis:
«Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin.»
Apocalipsis 22,13
Los primeros cristianos utilizaron este símbolo para proclamar su fe en Cristo. Aparece grabado en piedra, mosaicos, sarcófagos y antiguas iglesias de diversas regiones del mundo cristiano. Durante siglos fue una profesión silenciosa de fe: Cristo está en el centro de la historia y es el Señor de la vida.
No puedo afirmar con certeza si llegué a verlo durante mi peregrinación a Tierra Santa, aunque tengo la impresión de haber encontrado símbolos semejantes en algunas iglesias antiguas. En cualquier caso, descubrir ahora su significado me permite apreciarlo de una manera completamente distinta.
Cada vez que aparezca este símbolo en nuestras lecturas, podremos recordar que toda la enseñanza cristiana comienza en Cristo, se comprende a la luz de Cristo y conduce finalmente hacia Cristo.

Capítulo I — El camino de la vida comienza con el amor
Después de presentar los dos caminos, la Didaché no deja al lector en suspenso. Inmediatamente responde una pregunta fundamental: ¿cómo se reconoce el camino de la vida?
La respuesta ocupa apenas unas líneas, pero resume el corazón mismo de la fe cristiana. No comienza con rituales, normas complejas o especulaciones teológicas. Comienza con el amor.
Leamos ahora el primer capítulo.
Didaché — Capítulo I
El camino de la vida comienza con el amor
I. La doctrina del Señor para las naciones mediante los Apóstoles.
1. Hay dos caminos: uno de la vida, y otro de la muerte; pero muy grande es la diferencia entre los dos caminos.
2. El camino de la vida, pues, es éste: Primero, amarás a Dios que te creó; y segundo, a tu prójimo como a ti mismo. Y todo lo que no quieras que te suceda a ti, tú tampoco lo hagas a otro.
3. La doctrina de estos dichos es ésta: Bendecid a los que os maldicen, y rogad por vuestros enemigos: ayunad por los que os persiguen. Porque, ¿qué gracia hay en querer a los que os aman? ¿No hacen esto también los gentiles? Vosotros, en cambio, amad a los que os odian, y no tendréis enemigo alguno.
4. Abstente de codicias carnales y corporales. Si alguno te diere un golpe en la mejilla derecha, ofrécele también la izquierda, y serás perfecto. Si alguno te forzare a caminar con él una milla, acompáñale otra más. Si alguno te quitare tu capa, dale también tu túnica. Si alguno te tomare lo que es tuyo, no se lo reclames; porque no puedes hacerlo.
5. Da a todos los que te pidan, y no lo reclames después. Porque el Padre quiere que se dé a todos de sus propias dádivas. ¡Bienaventurado el que da según el mandato, porque es inocente! ¡Ay, empero, del que tome! Porque quien tome por necesidad, es inocente. Mas quien no tuviere necesidad, habrá de dar cuenta de por qué tomó y para qué. Le tomarán preso y le interrogarán de lo que hizo; y no saldrá de allí hasta que haya devuelto el céntimo.
6. De esto también fue dicho: Exudará tu limosna en tus manos hasta que sepas a quién la das.
Amar a Dios que nos creó
Resulta sorprendente comprobar cómo este antiguo documento coincide plenamente con la enseñanza de Jesús. El camino de la vida comienza con dos mandamientos que ya conocemos bien:
«Amarás a Dios que te creó; y a tu prójimo como a ti mismo.»
Hay algo profundamente hermoso en el orden que presenta la Didaché. Primero nos recuerda que Dios es nuestro Creador. No habla de un dios lejano ni de una fuerza impersonal. Habla de Aquel que nos dio la existencia, que nos sostiene y que nos llama a la vida.
Por eso el amor a Dios no aparece como una obligación arbitraria, sino como una respuesta. Amamos porque hemos sido amados primero. Toda la historia de la salvación puede leerse desde esta perspectiva: Dios toma la iniciativa y el ser humano responde libremente.
Inmediatamente después aparece el segundo mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo. La Didaché no separa ambas dimensiones. Quien dice amar a Dios pero desprecia al hermano termina contradiciendo con sus actos aquello que afirma con sus labios.
Esta misma verdad aparece expresada con gran claridad en la Primera Carta de san Juan:
«Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.»
1 Juan 4,20
Para los primeros cristianos, la fe nunca fue solamente una cuestión de creencias correctas. Era una forma concreta de vivir, de tratar a los demás y de construir comunidad.

La regla de oro
Llama también la atención la llamada regla de oro:
«Todo lo que no quieras que te suceda a ti, tú tampoco lo hagas a otro.»
La mayoría de nosotros podemos recordar momentos en los que hemos deseado ser comprendidos, escuchados, perdonados o tratados con paciencia. La Didaché nos invita a convertir esas expectativas en acciones concretas hacia los demás.
Antes de publicar un comentario hiriente, antes de responder con enojo o antes de emitir un juicio precipitado, podríamos preguntarnos: ¿me gustaría que alguien actuara así conmigo?
Esta sencilla pregunta tiene la capacidad de transformar familias, amistades, comunidades e incluso sociedades enteras.
Amar incluso a los enemigos
Quizá el aspecto más sorprendente de este primer capítulo aparece cuando la Didaché repite una enseñanza que debió resultar tan desconcertante para los primeros cristianos como para nosotros:
«Amad a los que os odian.»
La lógica humana suele funcionar mediante reciprocidad. Tratamos bien a quienes nos tratan bien. Ayudamos a quienes nos ayudan. Perdonamos a quienes reconocen sus errores.
Jesús propone algo distinto. Y la Didaché lo conserva sin suavizarlo ni rebajarlo. El discípulo está llamado a romper la cadena del odio respondiendo con amor, la cadena de la violencia respondiendo con mansedumbre y la cadena de la ofensa respondiendo con misericordia.
Esto no significa aprobar la injusticia ni renunciar a la verdad. Significa negarse a permitir que el mal tenga la última palabra en el corazón.
Quizá por eso estas líneas continúan resultando tan difíciles de vivir y tan necesarias de escuchar.
La generosidad y la prudencia
A primera vista, las instrucciones de la Didaché sobre la limosna pueden parecer extremas. El texto invita a dar con generosidad y recuerda que todo lo que poseemos ha sido recibido previamente de Dios.
Sin embargo, el documento no propone una caridad ingenua ni irresponsable. Al final del capítulo aparece una frase que ha llamado la atención de muchos comentaristas:
«Exudará tu limosna en tus manos hasta que sepas a quién la das.»
La imagen es curiosa. La limosna permanece en nuestras manos mientras discernimos cómo ayudar mejor. No se trata simplemente de entregar cosas para tranquilizar nuestra conciencia. Se trata de amar verdaderamente al prójimo.
La auténtica caridad une dos virtudes que a veces se presentan como opuestas: la generosidad y la prudencia. El cristiano está llamado a compartir, pero también a procurar que su ayuda produzca un bien real.
Esta enseñanza sigue siendo muy actual. Hoy podemos ayudar mediante una palabra de aliento, una visita, una oración, una escucha paciente, un consejo oportuno o un apoyo material. Lo importante es que la ayuda nazca del amor y no de la indiferencia.
Capítulo II — El amor se concreta en decisiones
Hasta este punto, la Didaché nos ha mostrado el aspecto luminoso del camino de la vida: amar a Dios, amar al prójimo, practicar la misericordia, perdonar, compartir y vivir con generosidad.
Pero los primeros cristianos sabían que el amor no puede quedarse en sentimientos o buenos deseos. Por eso el texto continúa mostrando aquellas conductas que son incompatibles con el camino de la vida.
Leamos ahora el segundo capítulo.
Didaché — Capítulo II
El amor se concreta en decisiones
II, 1. El segundo mandamiento de la doctrina:
2. No matarás. No cometerás adulterio. No corromperás a los jóvenes. No fornicarás. No hurtarás. No harás brujerías. No prepararás venenos. No matarás al niño mediante aborto ni quitarás la vida al recién nacido. No codiciarás los bienes de tu prójimo.
3. No perjurarás. No darás testimonio falso. No hablarás mal de tu prójimo. No serás vengativo.
4. No serás doble ni bilingüe. Pues, trampa de la muerte es la doblez.
5. Tu palabra no será mentirosa ni vacía, mas llena de obra.
6. No serás avaro, ni rapaz, ni hipócrita, ni malicioso, ni soberbio. No tramarás tretas contra tu prójimo.
7. No odiarás a nadie; sino que reprenderás a unos, tendrás compasión de otros; por otros rogarás, y a otros amarás más que a tu propia alma.
Después de presentar el camino de la vida desde una perspectiva positiva, la Didaché adopta un tono más directo. Ya no habla únicamente de lo que debemos amar, sino también de aquello que debemos evitar.
Algunos lectores modernos podrían sentirse sorprendidos por esta larga lista de prohibiciones. Sin embargo, vale la pena leerla desde la perspectiva adecuada.
La Didaché no pretende reducir la vida cristiana a un conjunto de reglas. Más bien nos muestra que el amor tiene consecuencias concretas. Si verdaderamente amamos a Dios y al prójimo, ciertas acciones resultan incompatibles con ese amor.
Por eso el texto no comienza con prohibiciones arbitrarias, sino con la defensa de la vida, de la verdad, de la fidelidad, de la justicia y de la dignidad humana.
La vida humana ocupa un lugar central
No es casualidad que una de las primeras prohibiciones sea:
«No matarás.»
La vida humana posee un valor singular porque cada persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Cuando la Didaché defiende la vida, no está proponiendo una idea nueva. Está recogiendo una convicción profundamente arraigada en la tradición bíblica.
Desde las primeras páginas del Génesis hasta las enseñanzas de Jesús, la Escritura presenta la vida como un don recibido de Dios y confiado a nuestra responsabilidad.
Por eso resulta especialmente significativo que la Didaché continúe diciendo:
«No matarás al niño mediante aborto ni quitarás la vida al recién nacido.»
Didaché II,2
Nos encontramos ante uno de los testimonios más antiguos que conservamos acerca de la valoración cristiana de la vida humana antes y después del nacimiento.
Lo notable es que esta afirmación aparece integrada de manera natural dentro de una lista mucho más amplia de enseñanzas morales. No se presenta como una cuestión aislada ni como una bandera ideológica. Forma parte de una visión coherente del ser humano y de la dignidad de la vida.
La verdad también forma parte del camino de la vida
El segundo capítulo no se limita a proteger la vida física. También protege la verdad.
La Didaché condena el falso testimonio, la mentira, la doblez y la hipocresía. A primera vista podría parecer un tema menor en comparación con la defensa de la vida humana, pero los primeros cristianos comprendían que una comunidad no puede sostenerse sin confianza.
La mentira destruye relaciones. La hipocresía erosiona la credibilidad. La doblez divide el corazón.
Por eso el texto afirma:
«Tu palabra no será mentirosa ni vacía, mas llena de obra.»
Estas palabras conservan una sorprendente actualidad. Vivimos en una época en la que abundan los mensajes, las opiniones y las declaraciones públicas. Sin embargo, la Didaché nos recuerda que las palabras adquieren verdadero valor cuando están respaldadas por la vida.
Capítulo III — El combate comienza en el corazón
El tercer capítulo da un paso más. Ya no se limita a enumerar conductas buenas o malas. Comienza a preguntarse de dónde nacen esas conductas.
Leamos ahora el tercer capítulo.
Didaché — Capítulo III
El combate comienza en el corazón
III, 1. Hijo mío, huye de todo malvado y de todo lo que malvado parezca.
2. No seas iracundo; porque la ira lleva al homicidio. Tampoco seas receloso ni rijador, ni altivo; porque de todas estas cosas se originan homicidios.
3. Hijo mío, no seas concupiscente; porque la concupiscencia lleva a los pecados de la carne; tampoco seas hablador de cosas torpes, ni soberbio de la vista; porque de todo esto nacen adulterios.
4. Hijo mío, no seas agorero; porque esto lleva a la idolatría.
5. Hijo mío, no seas mentiroso, porque la mentira lleva al hurto; tampoco aficionado al dinero, ni vanidoso; porque de todas estas cosas nacen los hurtos.
6. Hijo mío, no seas murmurador; porque lleva a la maledicencia; tampoco arrogante; ni malintencionado: porque de todo esto se originan las maledicencias.
7. Por el contrario, has de ser manso; porque los mansos poseerán la tierra.
8. Sé paciente y misericordioso, sin malicia, quieto y bueno, y temeroso siempre de las palabras que escuchaste.
9. No te ensalces a ti mismo, ni hinches con arrogancia tu alma. Tu corazón no se adhiera a los soberbios, mas se vuelva a los justos y humildes.
10. Todo cuanto suceda has de aceptar por bueno, sabiendo que nada acaece sin Dios.
La raíz de las acciones humanas
La respuesta de la Didaché es extraordinariamente profunda: las acciones no aparecen de la nada. Antes de convertirse en palabras o comportamientos, nacen en el corazón humano.
Por eso encontramos una serie de advertencias que siguen una misma lógica:
«No seas iracundo; porque la ira lleva al homicidio.»
«No seas concupiscente; porque la concupiscencia lleva a los pecados de la carne.»
«No seas mentiroso; porque la mentira lleva al hurto.»
«No seas murmurador; porque lleva a la maledicencia.»
Los autores de la Didaché comprendieron algo que hoy sigue siendo cierto: los grandes errores de la vida rara vez comienzan siendo grandes. Con frecuencia empiezan como pequeñas actitudes interiores que se dejan crecer sin vigilancia.
Un resentimiento alimentado durante años puede terminar destruyendo una amistad. Una mentira aparentemente insignificante puede convertirse en una costumbre. Una ambición desordenada puede terminar dominando toda una vida.
Por eso la Didaché no se limita a combatir los frutos visibles. Intenta sanar la raíz.
Una enseñanza que recuerda el Sermón del Monte
Al leer estas líneas resulta difícil no recordar las palabras de Jesús en el Sermón del Monte.
El Señor enseñó que el mandamiento «No matarás» no se cumple solamente evitando el homicidio. También exige combatir el odio, el desprecio y la ira que pueden habitar en el corazón.
«Todo el que se enoje con su hermano será reo ante el tribunal.»
Mateo 5,22
De manera semejante, Jesús enseñó que el adulterio no comienza únicamente con un acto externo, sino también con la mirada y la intención interior.
La Didaché sigue exactamente esa misma línea. Antes de corregir las acciones visibles, invita a examinar aquello que sucede en nuestro interior.
Quizá por eso este texto continúa resultando tan actual. Es mucho más fácil vigilar nuestros actos que revisar honestamente nuestras motivaciones.

Más que evitar el mal: aprender a practicar el bien
Después de advertir acerca de la ira, la mentira, la murmuración y otras actitudes que pueden apartarnos del camino de la vida, la Didaché cambia de tono.
Ya no se concentra únicamente en los peligros. Comienza a describir las virtudes que deben caracterizar al discípulo de Cristo.
«Por el contrario, has de ser manso; porque los mansos poseerán la tierra.»
«Sé paciente y misericordioso, sin malicia, quieto y bueno.»
«Tu corazón no se adhiera a los soberbios, mas se vuelva a los justos y humildes.»
Estas palabras parecen resonar con las Bienaventuranzas del Evangelio. Los primeros cristianos no buscaban simplemente evitar el pecado. Aspiraban a dejarse transformar por la gracia de Dios hasta reflejar el carácter mismo de Cristo.
La mansedumbre, la paciencia y la misericordia no eran consideradas signos de debilidad. Al contrario, eran manifestaciones de una fuerza interior que nace de la confianza en Dios.
En una cultura que suele premiar la agresividad, la autosuficiencia y la búsqueda constante de reconocimiento, estas virtudes continúan siendo profundamente contraculturales.
La humildad como camino de sabiduría
Llama especialmente la atención la insistencia de la Didaché en la humildad. El texto exhorta a no ensalzarse a sí mismo y a evitar la arrogancia.
No se trata de despreciarse ni de negar los propios talentos. La humildad cristiana consiste en reconocer la verdad: todo lo bueno que poseemos es un don recibido.
Los Padres de la Iglesia hablaron con frecuencia de esta virtud. San Agustín llegó a afirmar que, si alguien le preguntaba cuál era la primera virtud del cristiano, respondería: la humildad; y si le preguntaban por la segunda y la tercera, volvería a responder lo mismo.
La razón es sencilla. El orgulloso se encierra en sí mismo. El humilde permanece abierto a Dios, dispuesto a aprender, corregirse y crecer.
Quizá por eso la Didaché invita al creyente a acercarse a los justos y a los humildes. Sabía que las personas que frecuentamos terminan influyendo profundamente en nuestro propio camino.
Nada acontece sin Dios
El tercer capítulo concluye con una frase que puede pasar desapercibida si la leemos demasiado rápido:
«Todo cuanto suceda has de aceptar por bueno, sabiendo que nada acaece sin Dios.»
Didaché III,10
Confieso que esta frase me hizo detenerme y releerla varias veces. A primera vista podría parecer una invitación a pensar que todo lo que ocurre en el mundo es bueno. Sin embargo, la experiencia humana y la propia Escritura nos muestran que el mal existe, que el sufrimiento existe y que muchas veces enfrentamos situaciones difíciles de comprender.
La enseñanza de la Didaché apunta en otra dirección. No nos pide negar el dolor ni cerrar los ojos ante la injusticia. Nos invita a confiar en que Dios permanece presente incluso cuando no entendemos plenamente lo que sucede.
Esta actitud atraviesa toda la tradición bíblica. José, vendido por sus hermanos, terminará diciendo que Dios supo sacar bien de aquello que había sido pensado para el mal. Job aprenderá a confiar aun cuando no recibe todas las respuestas. Y los discípulos descubrirán que incluso la cruz, el acontecimiento más doloroso de la historia, se convertirá en instrumento de salvación.
La fe cristiana no consiste en creer que todo ocurre como nosotros lo habríamos planeado. Consiste en confiar en que Dios sigue escribiendo la historia incluso cuando nosotros solo alcanzamos a leer una pequeña parte de la página.
Quizá por eso vienen a la memoria las palabras del profeta Isaías:
«Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos —oráculo de Yahveh—. Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros.»
Isaías 55,8-9
A lo largo de estos tres primeros capítulos, la Didaché nos ha hablado constantemente de caminos. El camino de la vida, el camino de la muerte, el camino del amor, el camino de la humildad.
Isaías nos recuerda que, por encima de nuestros propios planes, existen también los caminos de Dios. No siempre comprendemos hacia dónde conducen. No siempre vemos el horizonte completo. Pero podemos avanzar con confianza porque sabemos quién nos guía.
Esta confianza en los caminos de Dios ha acompañado a los cristianos a lo largo de los siglos. Quizá una de las expresiones más bellas de esa confianza se encuentra en unas conocidas palabras de Santa Teresa de Jesús:
Nada te turbe,
nada te espante;
todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Sólo Dios basta.
No se trata de una invitación a la pasividad ni a la resignación. Es una invitación a la confianza. Los primeros cristianos que leyeron la Didaché, los profetas de Israel y los santos de todas las épocas comparten una misma convicción: podemos caminar con serenidad porque nuestra vida está finalmente en las manos de Dios.
Un camino antiguo para un mundo moderno
Al comenzar esta lectura de los tres primeros capítulos de la Didaché, podríamos haber pensado que nos encontraríamos ante un documento interesante desde el punto de vista histórico, pero distante de nuestra realidad cotidiana.
Sin embargo, el recorrido nos ha mostrado algo muy distinto. Hemos descubierto un texto que sigue hablando con sorprendente claridad al hombre y a la mujer del siglo XXI.
La Didaché nos recuerda que el camino de la vida comienza con el amor a Dios y al prójimo. Nos invita a tratar a los demás como deseamos ser tratados. Nos llama a amar incluso a quienes nos ofenden. Nos exhorta a proteger la vida, a vivir en la verdad, a combatir el mal desde su raíz y a cultivar la mansedumbre, la humildad y la misericordia.
Pero quizá la enseñanza más profunda de estos capítulos sea otra: el camino cristiano no consiste únicamente en evitar ciertos errores. Consiste en dejarnos transformar interiormente por la gracia de Dios.
La Didaché no pretende formar personas simplemente obedientes. Busca formar discípulos. Personas capaces de amar, de servir, de perdonar y de confiar.
Dos mil años después, el desafío sigue siendo el mismo.
El camino de la vida continúa abierto delante de nosotros.
Y cada día volvemos a elegir cómo recorrerlo.
Oración final
Señor Jesús,
Tú eres el Camino, la Verdad y la Vida.
Enséñanos a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.
Purifica nuestro corazón para que nuestras palabras y nuestras acciones nazcan de la verdad, la misericordia y la humildad.
Ayúdanos a proteger la vida, a rechazar la violencia, a vivir con generosidad y a confiar en tus caminos aun cuando no los comprendamos plenamente.
Que, al recorrer el camino de la vida, podamos parecernos cada día más a Ti.
Amén.
Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios
Al concluir esta reflexión, me viene a la memoria una escena muy conocida de La guerra de las galaxias. En ella se escucha una frase que muchos recordarán:
«El miedo lleva a la ira; la ira lleva al odio; el odio lleva al sufrimiento.»
Aunque pertenece a una obra de ficción, la idea resulta sorprendentemente cercana a lo que acabamos de leer en la Didaché:
«No seas iracundo; porque la ira lleva al homicidio.»
Didaché III,2
Los autores de la Didaché comprendieron hace casi dos mil años algo que sigue siendo verdad hoy: las grandes tragedias humanas suelen comenzar en el corazón. El miedo puede convertirse en ira; la ira en odio; y el odio en sufrimiento.
Por eso Jesús repite una y otra vez a sus discípulos: «No tengan miedo.» Y por eso san Juan Pablo II abrió su pontificado con aquellas palabras que resonaron en todo el mundo:
«¡No tengan miedo! ¡Abran de par en par las puertas a Cristo!»
La Didaché, el Evangelio y la experiencia humana parecen coincidir en una misma enseñanza: el camino de la vida no se construye desde el miedo, sino desde la confianza. No desde el odio, sino desde el amor. No desde la oscuridad, sino desde la luz de Cristo.
Próxima etapa de nuestro viaje
En la próxima entrega dejaremos por un momento las enseñanzas morales de la Didaché para adentrarnos en la vida cotidiana de los primeros cristianos.
Exploraremos cómo entendían el bautismo, el ayuno y la oración; qué significaba para ellos el «agua viva»; cómo se preparaban para recibir los sacramentos; y por qué el Padre Nuestro ocupaba un lugar tan importante en la espiritualidad de aquellas primeras comunidades.
Será una oportunidad para descubrir no solamente lo que creían los cristianos de los primeros siglos, sino también cómo vivían su fe día a día.
