Entre las siete palabras de Cristo en la cruz, hay una que nos obliga a detenernos con especial reverencia. No es una expresión serena. No es una frase de alivio. No es una palabra fácil. Es un grito. Es una oración nacida en la hondura del dolor. Y precisamente por eso merece ser contemplada, meditada y escrutada con paciencia.
San Mateo recoge así este momento estremecedor:
Mateo 27,46
“A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).”
Y san Marcos lo conserva de esta manera:
Marcos 15,34
“Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí Eloí, lemá sabaqtaní (que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).”
Pero Jesús no está pronunciando una frase suelta. Está abriendo ante nosotros todo un salmo. Está citando el comienzo del Salmo 21(22), y con ello nos invita a escuchar no solo el primer verso, sino todo el itinerario espiritual del justo que sufre, clama, resiste, espera y termina alabando a Dios.
El salmo que Jesús puso en sus labios
El Salmo 21(22) comienza en la oscuridad, pero no termina en ella. Empieza con el clamor del abandono sentido, pero desemboca en la confianza, la asamblea y la alabanza. Esa tensión es decisiva para entender la cuarta palabra de Cristo en la cruz.
Salmo 21(22)
¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?
Estás lejos de mi queja, de mis gritos y gemidos.
Clamo de día, Dios mío, y no respondes,
también de noche, sin ahorrar palabras.
¡Pero tú eres el Santo, entronizado en medio de la alabanza de Israel!
En ti confiaron nuestros padres,
confiaron y tú los liberaste;
a ti clamaron y se vieron libres,
en ti confiaron sin tener que arrepentirse.
Yo en cambio soy gusano, no hombre,
soy afrenta del vulgo, asco del pueblo;
todos cuantos me ven de mí se mofan,
tuercen los labios y menean la cabeza:
“Se confió a Yahvé, ¡pues que lo libre,
que lo salve si tanto lo quiere!”.
Fuiste tú quien del vientre me sacó,
a salvo me tuviste en los pechos de mi madre;
a ti me confiaron al salir del seno,
desde el vientre materno tú eres mi Dios.
¡No te alejes de mí, que la angustia está cerca,
que no hay quien me socorra!
Novillos sin cuento me rodean,
me acosan los toros de Basán;
me amenazan abriendo sus fauces,
como león que desgarra y ruge.
Como agua me derramo,
mis huesos se dislocan,
mi corazón, como cera,
se funde en mis entrañas.
Mi paladar está seco como teja
y mi lengua pegada a mi garganta:
tú me sumes en el polvo de la muerte.
Perros sin cuento me rodean,
una banda de malvados me acorrala;
mis manos y mis pies vacilan,
puedo contar mis huesos.
Ellos me miran y remiran,
reparten entre sí mi ropa
y se echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Yahvé, no te alejes,
corre en mi ayuda, fuerza mía,
libra mi vida de la espada,
mi persona de las garras de los perros;
sálvame de las fauces del león,
mi pobre ser de los cuernos del búfalo.
Contaré tu fama a mis hermanos,
reunido en asamblea te alabaré:
“Los que estáis por Yahvé, alabadlo,
estirpe de Jacob, respetadlo,
temedlo, estirpe de Israel.
Que no desprecia ni le da asco
la desgracia del desgraciado;
no le oculta su rostro,
le escucha cuando pide auxilio”.
Tú inspiras mi alabanza en plena asamblea,
cumpliré mis votos ante sus fieles.
Los pobres comerán, hartos quedarán,
los que buscan a Yahvé lo alabarán:
“¡Viva por siempre vuestro corazón!”.
Se acordarán, volverán a Yahvé todos los confines de la tierra;
se postrarán en su presencia
todas las familias de los pueblos.
Porque de Yahvé es el reino,
es quien gobierna a los pueblos.
Ante él se postrarán los que duermen en la tierra,
ante él se humillarán los que bajan al polvo.
Y para aquel que ya no viva
su descendencia le servirá:
hablará del Señor a la edad venidera,
contará su justicia al pueblo por nacer:
“Así actuó el Señor”.
No es una pérdida de la fe, sino una oración en la noche
Lo primero que impresiona en este salmo es que no es el lenguaje de un incrédulo, sino el de un creyente herido. El salmista no dice: “Dios no existe”. Dice: “¿Por qué me has abandonado?”. Sigue hablándole a Dios. Sigue llamándolo “Dios mío”. Sigue dirigiéndose a Él incluso cuando siente que el cielo calla.
Por eso, cuando Jesús pronuncia estas palabras en la cruz, no está renunciando al Padre. Está orando desde la profundidad del sufrimiento. Está llevando hasta el extremo la experiencia humana del dolor, sin dejar por eso de volverse hacia Dios.
El salmo describe después la humillación del justo: la burla, el desprecio, la soledad, la violencia, el agotamiento del cuerpo, la ropa repartida a suerte. Todo eso resuena con una fuerza impresionante en la Pasión. Y, sin embargo, en medio de esa noche, el salmo sigue avanzando. El grito no queda encerrado en sí mismo. Poco a poco se vuelve súplica, y la súplica se abre a la confianza.
La frase decisiva llega más adelante: “Que no desprecia ni le da asco la desgracia del desgraciado; no le oculta su rostro, le escucha cuando pide auxilio.” Ahí entendemos algo esencial: el salmo que comienza en el abandono sentido termina en la certeza de que Dios sí escucha. No inmediatamente. No de manera fácil. No evitando la cruz. Pero sí escuchando.
La lectura de San Agustín
San Agustín ve en este salmo la voz de Cristo crucificado. Pero añade una luz muy profunda: Cristo pronuncia estas palabras asumiendo también nuestra condición herida. No se trata de pensar que el Padre haya roto comunión con el Hijo, sino de contemplar al Hijo eterno entrando hasta el fondo en nuestra noche para cargarla, redimirla y ofrecerla al Padre.
Dicho de otro modo: en la cruz, Jesús no solo habla por sí mismo; habla también por nosotros. Toma sobre sí el clamor del justo herido. Asume la oración del hombre que no entiende. Carga con el dolor humano, con la soledad humana, con el temblor humano. Y al hacer eso, santifica incluso nuestras horas más oscuras.
Por eso esta palabra de la cruz no debe leerse como una desesperación desnuda, sino como una revelación. Cristo ha querido llegar hasta donde muchas veces nosotros no quisiéramos mirar: el lugar de la prueba, del silencio, de la aparente ausencia, del alma que no encuentra consuelo. Y aun ahí, sigue orando.
El eco del libro de Job
Aquí se vuelve inevitable mirar hacia el libro de Job. También Job conoce el dolor del justo. También Job atraviesa la incomprensión de los amigos. También Job se enfrenta al escándalo de sufrir sin encontrar una explicación simple. Y precisamente por eso, Job ilumina admirablemente esta palabra de Cristo.
La introducción del libro de Job en la Biblia de Jerusalén resume de manera magistral el drama del patriarca: Job “choca con el misterio de un Dios justo que aflige al justo” y “no avanza, forcejea en la noche”. Esa expresión es bellísima y durísima a la vez. Hay etapas de la vida espiritual en las que uno no avanza serenamente: forcejea. Sigue hablando con Dios. Sigue buscándolo. Sigue sufriendo delante de Él.
Los amigos de Job defienden una explicación demasiado sencilla: si Job sufre, es porque ha pecado. Pero Job no puede aceptar esa lógica mecánica. Su experiencia concreta lo obliga a ir más hondo. Y el libro entero termina convirtiéndose en una escuela de fe para quien sufre sin comprender.
La misma introducción da una clave central: el hombre debe persistir en la fe incluso cuando su espíritu no encuentra sosiego. Qué frase tan necesaria. Porque muchas veces quisiéramos una fe siempre luminosa, una oración siempre clara, un camino siempre comprensible. Pero la Escritura no oculta que existe también la noche del creyente.
Job y la esperanza que no se extingue
En medio de su prueba, Job pronuncia palabras que parecen resonar misteriosamente junto al salmo citado por Jesús:
Job 1,21
“Desnudo salí del seno materno
y desnudo volveré a él.
Yahvé me lo ha dado y Yahvé me lo ha quitado.
Bendito sea el nombre de Yahvé”.
No es una frase fría. No es indiferencia. Es la fe herida que todavía bendice. Es el hombre que no entiende, pero no rompe con Dios.
Más adelante, en uno de los momentos más altos de todo el libro, Job exclama:
Job 19,25-27
“Yo sé que vive mi Defensor,
que se alzará el último sobre el polvo,
que después que me dejen sin piel,
ya sin carne, veré a Dios.
Sí, seré yo quien lo veré,
mis ojos lo verán, que no un extraño.”
Aquí la noche no ha desaparecido, pero dentro de ella arde una esperanza. Y eso es precisamente lo que vuelve tan fecundo el encuentro entre el Salmo 21(22), Job y la cruz de Cristo. Los tres nos enseñan que la fe auténtica no siempre elimina el temblor; muchas veces lo atraviesa.
San Gregorio Magno y los Moralia in Iob
San Gregorio Magno, en sus Moralia in Iob, toma el libro de Job no solo como un texto para explicar, sino como una escuela para el alma. Su lectura no se contenta con resolver cuestiones teóricas: busca formar el corazón del creyente para que aprenda a vivir delante de Dios en medio del sufrimiento, la prueba y la purificación interior.
Por eso Job no es solo el personaje de una antigua historia. Job es también imagen del hombre probado, del creyente que no logra comprender del todo, pero que es llamado a mantenerse en la verdad, en la humildad y en la esperanza. Y a la luz de la cruz, esa lectura alcanza una profundidad mayor: el sufrimiento inocente de Job prepara nuestros ojos para contemplar al Inocente por excelencia, Cristo crucificado.
Una palabra para meditar y escrutar
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” no es solamente una frase para repetir con emoción en Viernes Santo. Es una puerta hacia el misterio. Es una palabra que nos enseña que la oración bíblica no es superficial ni edulcorada. La Escritura sabe llorar. Sabe clamar. Sabe temblar. Sabe ponerse delante de Dios incluso cuando todo parece oscuro.
Y sin embargo, la última palabra no la tiene la oscuridad. El salmo termina en alabanza. Job termina abriéndose a la soberanía y al misterio de Dios. Y Cristo, después de la cruz, entra en la gloria de la Resurrección.
Por eso, esta cuarta palabra no nos deja en el abandono. Nos deja en el umbral de una esperanza más honda. Nos enseña que cuando el alma ya no puede cantar, todavía puede clamar. Y que a veces el clamor, ofrecido a Dios, es ya una forma altísima de fe.
Oración
Señor Jesús,
que en la hora de la cruz quisiste tomar en tus labios el clamor del salmista,
enséñanos a no huir de la noche,
a no disimular el dolor,
a no fingir una paz que no tenemos.
Cuando nos falten las respuestas,
cuando la angustia esté cerca,
cuando el alma se sienta sola
y el corazón se derrita por dentro,
danos la gracia de seguir diciéndote:
Dios mío.
Como Job, muchas veces no entendemos.
Forcejeamos en la noche.
Nos pesan las pérdidas,
nos duelen las ausencias,
nos cansan las explicaciones fáciles,
y nuestro espíritu no encuentra sosiego.
Pero también como Job queremos permanecer delante de ti.
Queremos seguir buscándote,
seguir hablándote,
seguir esperando en tu misericordia.
No permitas que la amargura apague la fe.
Haznos recordar que el salmo no termina en la desolación,
sino en la alabanza;
que tú no desprecias la desgracia del desgraciado;
que no escondes para siempre tu rostro del que clama;
y que incluso cuando todo parece reducido a polvo,
tu esperanza no queda sepultada.
Siembra en nosotros una certeza humilde y firme:
que el sufrimiento no tiene la última palabra,
que la herida no es el final,
que la fe puede temblar sin romperse,
y que, sostenidos por tu gracia,
todavía podremos verte,
todavía podremos alabarte,
todavía podremos bendecir tu nombre.
Amén.
Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios
Fuentes y enlaces para profundizar
- Mateo 27,46 — Conferencia Episcopal Española
- Marcos 15,34 — Conferencia Episcopal Española
- San Agustín — Exposición sobre el Salmo 22
- Benedicto XVI — Audiencia sobre San Gregorio Magno y los Moralia in Iob
- Texto del Salmo 21(22) tomado de tu ejemplar en PDF de la Biblia de Jerusalén.
- Texto del Libro de Job y su introducción, tomados de tu ejemplar en PDF de la Biblia de Jerusalén.
- Libro de Job en audio.

Muchas gracias y bendiciones te de Dios hoy y siempre. Excelente catequesis. Me ayuda mucho para entender el sufrimiento, la prueba, esa noche oscura que vivimos muchas veces.
A menudo, uno siente mucha incertidumbre. Yo creo que hasta me “peleo con Dios” cuando las cosas no salen como uno cree que deben de salir… Pero recuerdo que para los que amamos a Dios, todas las cosas ayudan a bien…. y me recuerto de Isaias 55 cuando cuando dice en 8 Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos – oráculo de Yahveh -. 9 Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros.