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Cuando allá se pase lista
¡Cristo vive! Una meditación pascual sobre el himno “Cuando allá se pase lista”, la promesa de Juan 14 y la esperanza cristiana ante la muerte.

Hace unos veinte años me tocó acompañar a mi esposa al entierro de una amiga. En aquella ocasión entonaron un himno cristiano que quedó grabado en mi memoria: “Cuando allá se pase lista”. Todavía hoy recuerdo cuánto me impresionó. No era solo la melodía. Era la fuerza serena de su letra. Aquel himno vino a reafirmar en mí una esperanza muy honda: quienes creemos que Cristo ha resucitado sabemos que la muerte no tiene la última palabra. También nosotros sentimos la tristeza de la separación, pero no como quienes no tienen esperanza, como enseña san Pablo.

Y esa verdad volvió a tocarme de cerca hace poco, cuando a un amigo le pusieron este mismo himno mientras estaba in articulo mortis. Murió con una sonrisa. Tal vez por eso, desde hace ya varios meses, llevo dentro el deseo de escribir sobre este himno, de mirarlo a la luz de la Escritura y de reconocer en él un eco de la promesa de Cristo, de la victoria pascual y de la esperanza cristiana. No lo digo desde la autosuficiencia, sino desde la confianza en la divina misericordia. Porque el mismo corazón que espera responder con alegría es también el que ora con humildad: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa...”

La fe y la esperanza cristiana

Toda esperanza cristiana comienza en la fe. No en una ilusión vacía, ni en una manera de negar el dolor, sino en la certeza de que Dios cumple sus promesas. Por eso la Carta a los Hebreos dice que la fe es certeza de lo que se espera y prueba de lo que no se ve. El cristiano no vive apoyado solamente en lo que puede tocar o comprobar con los sentidos. Vive también sostenido por la palabra de Dios, que abre delante de nosotros un horizonte más grande que la misma muerte.

San Pablo, al hablar de los que han partido, no manda a reprimir el dolor ni a fingir una serenidad artificial. Más bien enseña a vivir el duelo de otra manera: con esperanza. El cristiano sí sufre la separación, sí siente el vacío, sí experimenta la herida. Pero sabe que la Resurrección de Cristo ha cambiado para siempre el sentido de la muerte.

Por eso, cuando la muerte llega cerca, el creyente sí llora, sí extraña, sí siente el desgarrón de la separación. Pero su tristeza no es vacía. Está atravesada por la esperanza. San Pablo no niega el dolor; lo ilumina. Nos enseña que el duelo del cristiano está marcado por la esperanza de la resurrección. Y el Evangelio mismo nos recuerda que la esperanza no suprime las lágrimas: Jesús lloró (Juan 11,35). No solo estamos ante el versículo más breve de la Escritura, sino ante una de las escenas más hondas de la humanidad del Señor. Aquel que vino a vencer la muerte quiso también compartir el dolor de quienes lloraban. Por eso la fe cristiana no nos endurece el corazón; nos permite llorar sin desesperación.

Jesús en la intimidad de la Cena

Para mí, uno de los pasajes más conmovedores en este tema es Juan 14,1-3. Y conviene contemplarlo en su contexto. Jesús no está hablando a una multitud. Está en la intimidad de la Cena, con sus apóstoles, sus amigos más cercanos. Sabe que ya se acerca la hora de su pasión. Sabe que pronto vendrán la traición, el miedo, la dispersión, la cruz y la muerte. Y precisamente en ese momento, en vez de encerrarse en su propio dolor, se vuelve hacia los suyos para consolarlos.

“No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí.

En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar.

Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros.”

Qué momento tan íntimo y tan profundo. Podemos imaginar aquella mesa, el ambiente cargado, la tristeza que empieza a rondar, la confusión de los apóstoles, y a Jesús hablándoles con ternura y firmeza. No les promete que no habrá dolor. Les promete algo mayor: que en la casa del Padre hay lugar, que Él mismo va a prepararles sitio, y que volverá para llevarlos consigo.

La casa del Padre

Estas palabras de Jesús tienen para mí un eco todavía más personal, porque alguna vez mi mamá me explicó este pasaje. Y desde entonces quedó en mi corazón como una lámpara encendida. En la casa del Padre hay lugar. Cristo no habla de un vacío ni de una desaparición sin sentido. Habla de una morada, de una comunión, de un estar con Él.

Tal vez por eso este Evangelio me conmueve tanto. Porque no presenta la muerte como un muro definitivo, sino como el umbral de una promesa. No una promesa inventada por nosotros para consolarnos, sino una promesa pronunciada por el mismo Señor pocas horas antes de su sacrificio.

Cristo vive

Y aquí está el centro de todo: Cristo vive.

Si las palabras de Juan 14 fueran solo el recuerdo de un hombre bueno antes de morir, serían conmovedoras, pero no bastarían. Lo que las vuelve inquebrantables es que Jesús resucitó. Estamos en el gran tiempo de la Pascua, ese tiempo luminoso que la Iglesia prolonga hasta Pentecostés, como una sola celebración de la victoria del Resucitado. Por eso la esperanza cristiana no nace de una nostalgia, sino de una presencia viva. Cristo murió, sí. Pero ha vencido la muerte. Cristo vive.

Y porque Cristo vive, sus palabras siguen vivas. Porque Cristo vive, la casa del Padre no es una imagen poética, sino una promesa abierta. Porque Cristo vive, el creyente puede mirar incluso el último día no solo con temblor, sino también con esperanza. La Pascua no borra las lágrimas, pero sí les da una luz nueva. La Pascua no anula el dolor de la despedida, pero lo atraviesa con la certeza de una vida que no termina en el sepulcro.

La trompeta y el día final

El himno habla de la trompeta, y esa imagen tiene una base profundamente bíblica. San Pablo, al hablar de la venida del Señor y de la resurrección de los muertos, utiliza precisamente ese lenguaje. La trompeta no aparece como amenaza teatral, sino como signo del día en que Dios reunirá a los suyos y manifestará la victoria definitiva de Cristo.

Por eso el himno no debe escucharse desde el miedo, sino desde la esperanza. “Cuando allá se pase lista” no suena, para el creyente, como una escena de espanto, sino como el cumplimiento de una promesa. El Señor que nos llamó a la vida, el Señor que nos sostuvo en el camino, el Señor que murió y resucitó por nosotros, será también el Señor que nos llame por nuestro nombre.

El himno como respuesta del corazón

A la luz de todo esto, entiendo mejor por qué aquel himno me impresionó tanto hace años, y por qué ha vuelto a tocarme recientemente. No lo siento como una curiosidad musical ni solamente como un canto funerario. Lo siento como una respuesta del corazón creyente a la promesa de Cristo.

Primero está la fe.
Primero está la palabra del Señor.
Primero está la casa del Padre.
Primero está la Cruz vencida por la Resurrección.
Primero está la certeza de que Cristo vive.

Y entonces sí, el alma puede responder con esperanza.

Una esperanza para el corazón cristiano

Si hoy me tocara organizar mi propio entierro, pediría dos cosas con toda sencillez: la lectura de Juan 14,1-3 y el canto de este himno. No por sentimentalismo, sino por esperanza. Porque ambos proclaman, cada uno a su manera, la misma verdad: que el corazón no tiene por qué quedar preso del miedo; que Cristo ha preparado un lugar para los suyos; que la muerte no tiene la última palabra; y que la Pascua de Cristo ha abierto para nosotros el camino de la vida.

En estos días en que la Iglesia sigue celebrando la alegría pascual, vale la pena volver a decirlo con sencillez y con fe: Cristo vive. Y porque Cristo vive, nuestra esperanza no será confundida. Y cuando allá se pase lista, el corazón cristiano no está llamado a la desesperación, sino a la confianza humilde, sostenida por la misericordia del Señor.

Antes de concluir, vale la pena reconocer con gratitud el origen de este himno. “Cuando allá se pase lista” nace del conocido canto inglés When the Roll Is Called Up Yonder, escrito con letra y música por James M. Black (1856-1938), músico cristiano y maestro de escuela dominical de la tradición metodista episcopal en los Estados Unidos. Compuesto en 1893, este himno ha atravesado generaciones y denominaciones, llevando consuelo y esperanza a muchísimas personas. Por eso, aun contemplándolo aquí desde la fe católica y desde la luz de la Pascua, me parece justo agradecer el testimonio cristiano del que brotó originalmente. Al fin y al cabo, los discípulos de Cristo haríamos bien en buscar no solo lo que nos distingue, sino también aquello que profundamente nos une: la fe en el Señor resucitado, la esperanza de la vida eterna y el anhelo de llegar un día a la casa del Padre.

Oración final

Señor Jesús,

tú que consolaste a tus apóstoles en la intimidad de la Cena,
tú que lloraste ante la tumba de Lázaro,
tú que venciste la muerte con tu santa Resurrección,
afirma también nuestro corazón en la esperanza.

Cuando lleguen para nosotros la hora del dolor,
la separación, el duelo o la partida,
no permitas que nos venza la desesperanza.
Haznos recordar siempre que en la casa del Padre hay lugar,
que tú mismo has ido a prepararnos una morada,
y que un día volverás para llevarnos contigo.

Concédenos vivir este Tiempo Pascual con fe viva,
con gratitud, con humildad y con alegría serena.
Y cuando allá se pase lista,
haz que también nosotros, sostenidos no por nuestros méritos,
sino por tu infinita misericordia,
podamos responder con paz y con gozo.

Porque tú vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios


Apéndice: referencias bíblicas y catequéticas para profundizar

Hebreos 11,1 La fe como certeza de la esperanza cristiana

La fe es la certeza de lo que se espera y la prueba de lo que no se ve.

1 Tesalonicenses 4,13 El duelo cristiano no es una tristeza sin esperanza

No queremos que estéis en ignorancia acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza.

1 Tesalonicenses 4,16-17 La trompeta y la venida gloriosa del Señor

Porque el Señor mismo, a la orden dada por la voz del arcángel y por la trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Después nosotros, los que quedemos vivos, seremos arrebatados con ellos en las nubes al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor.

1 Corintios 15,51-52 La trompeta final y la transformación gloriosa

Os voy a declarar un misterio: no todos moriremos, mas todos seremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados.

Juan 11,35 Jesús también quiso compartir nuestras lágrimas

Jesús lloró.

Juan 11,25-26 Cristo, Señor de la vida y de la resurrección

Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás.

Juan 14,1-3 La casa del Padre y el lugar preparado por Cristo

No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros.

Lucas 10,20 Los nombres escritos en el cielo

No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.

Filipenses 3,20-21 Nuestra verdadera ciudadanía está en el cielo

Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo.

Apocalipsis 21,1-4 La consumación final: ya no habrá muerte

1.Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva - porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya.

2.Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo.

3.Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios - con - ellos, será su Dios.

4.Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.»

Apéndice: referencias del Catecismo de la Iglesia Católica

CIC 989 Cristo resucitado resucitará a los suyos en el último día

Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día.

CIC 991 La resurrección de los muertos es esencial en la fe cristiana

Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana.

CIC 1001 La resurrección en el último día, asociada a la Parusía y a la trompeta de Dios

¿Cuándo? Sin duda en el “último día”; “al fin del mundo”. En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

«El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar» (1 Ts 4,16).

CIC 1012 La visión cristiana de la muerte

La visión cristiana de la muerte recibe una expresión privilegiada en la liturgia de la Iglesia.

CIC 1020 La muerte cristiana como paso hacia Cristo

El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve en ella un paso hacia Él y una entrada en la vida eterna.

Apéndice: Cuando allá se pase lista

Nota: Existen varias versiones en español de este himno. La letra que comparto a continuación no coincide palabra por palabra con la del audio que les compartí, pero expresa el mismo mensaje de fe, esperanza y confianza en Cristo.

[Verso 1]
Cuando la trompeta suene en aquel día final
Y que el alba eterna rompa en claridad
Cuando las naciones salvas a su patria lleguen ya
Y que sea pasada lista, allí he de estar

[Coro]
Cuando allá se pase lista
Cuando allá se pase lista
Cuando allá se pase lista
A mi nombre yo feliz responderé

[Verso 2]
En aquel día sin nieblas en que muerte ya no habrá
Y su gloria el Salvador impartirá
Cuando los llamados entren a su celestial hogar
Y que sea pasada lista, allí he de estar

[Coro]
Cuando allá se pase lista
Cuando allá se pase lista
Cuando allá se pase lista
A mi nombre yo feliz responderé

[Verso 3]
Trabajemos por el maestro desde el alba al vislumbrar
Siempre hablemos de su amor y fiel bondad
Cuando todo aquí perezca y nuestra obra cese ya
Y que sea pasada lista, allí he de estar

[Coro]
Cuando allá se pase lista
Cuando allá se pase lista
Cuando allá se pase lista
A mi nombre yo feliz responderé

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