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Dame las llaves: una meditación pascual sobre Cristo vencedor del abismo
Entre el Pregón Pascual, el Credo y la antigua homilía del Sábado Santo, una contemplación de Cristo vencedor del abismo y de la muerte.

Hay expresiones que no nacen de un tratado, sino de la oración. No son fórmulas dogmáticas, ni pretenden sustituir la enseñanza de la Iglesia, sino que brotan como una imagen interior que ayuda a contemplar mejor el misterio. Así me ocurre desde hace tiempo con una especie de tesis personal, una intuición espiritual que vuelve a mi corazón cada vez que escucho el Pregón Pascual en la noche santa.

La digo con claridad desde el inicio: “Dame las llaves” no es una cita bíblica literal. No aparece así en la Escritura, ni la presento como si fuera una frase pronunciada textualmente por Cristo. Es, más bien, una manera muy personal de resumir en una imagen fuerte y orante lo que la fe de la Iglesia proclama: que Cristo descendió a los infiernos, anunció la salvación a los que esperaban, venció a la muerte y regresó victorioso.

Al escuchar el canto pascual, al ver la luz del cirio abrirse paso en medio de la oscuridad, al oír que esta es la noche en que Cristo rompió las cadenas de la muerte, mi alma imagina al Señor entrando hasta el fondo del abismo no como cautivo, sino como Rey; no como derrotado, sino como Redentor; no como uno más entre los muertos, sino como el Viviente que irrumpe en el reino de la sombra para cambiarlo todo desde dentro.

Una versión corta del pregón pascual. Recomiendo escucharlo mientras lea.

Cristo descendió, pero no como vencido

Cuando el Credo proclama que Cristo “descendió a los infiernos”, no está hablando primero del infierno de condenación, sino de la morada de los muertos, del lugar adonde iban aquellos que estaban privados de la visión de Dios. El Hijo de Dios quiso entrar también en esa profundidad. Quiso pasar verdaderamente por la muerte. Quiso tocar el último límite de la condición humana herida.

Pero descendió no para quedar retenido, sino para manifestar allí mismo su señorío. Descendió para llenar incluso ese abismo con la fuerza de su presencia. Descendió para que ningún rincón de nuestra historia quedara fuera del alcance de su amor redentor.

Y aquí la imaginación de la fe encuentra un apoyo bellísimo en la tradición antigua de la Iglesia. Una venerable homilía del Sábado Santo contempla a Cristo bajando a despertar a los que dormían desde antiguo. Lo presenta yendo a buscar a Adán, nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Es una escena de una fuerza inmensa: el nuevo Adán entra en la noche del viejo Adán, desciende hasta la raíz de la caída, y va a buscar al hombre allí donde el hombre ya no podía salir por sí mismo.

No es difícil quedarse en silencio ante esa imagen. Cristo entra donde parecía reinar el final. Cristo llega donde se acumulaba la espera de generaciones enteras. Cristo atraviesa el silencio del abismo y lo convierte en lugar de anuncio. La oscuridad ya no es simplemente oscuridad, porque ha sido visitada por la Luz.

Fue a predicar a los que allí estaban

La Escritura misma sugiere este misterio cuando dice que Cristo fue a predicar a los espíritus encarcelados. La tradición cristiana ha visto en ello la proclamación de la victoria del Señor a aquellos que aguardaban la redención prometida. En ese descenso santo, el Señor no baja mudo. Su presencia es palabra. Su llegada es anuncio. Su cercanía es liberación.

Me gusta pensar en ese instante como el momento en que la esperanza, que parecía suspendida en la noche de los siglos, oye finalmente el nombre de la salvación. Los antiguos padres, los justos, los que murieron esperando la promesa, reciben por fin al cumplimiento de todo lo que había sido anunciado. El silencio de la muerte escucha la voz del Hijo. Y esa voz no humilla: despierta. No aplasta: levanta. No condena: llama.

Por eso la antigua homilía pone en labios de Cristo palabras de una ternura y una majestad sobrecogedoras: va a despertar a Adán, va a levantarlo, va a decirle que no fue creado para permanecer cautivo en el abismo. Es una escena de rescate, de restauración y de misericordia. Allí, donde parecía haberse consumado la derrota del hombre, comienza a resplandecer la victoria de Dios.

“Dame las llaves”

Y es justamente ahí donde nace mi meditación personal.

Cuando contemplo a Cristo descendiendo a los infiernos, predicando a los que allí estaban, llamando a Adán, despertando a los cautivos y quebrando desde dentro el dominio de la muerte, mi corazón traduce todo eso en una imagen sencilla, fuerte, casi dramática, pero profundamente pascual. Imagino a Cristo delante de Satanás, no en una negociación entre iguales, no en una disputa incierta, no en una conversación de fuerza comparable, sino en el momento definitivo de la victoria. Y en esa escena interior, casi puedo oírlo decir: “Dame las llaves.”

Repito: no lo digo como cita literal. Lo digo como síntesis espiritual. Como modo de expresar que, desde la Pascua, el dominio de la muerte ha sido quebrado. Como manera de contemplar que el enemigo ya no tiene la última palabra. Como forma de rezar el hecho de que Cristo ha vencido donde nadie más podía vencer.

Las llaves, en esta meditación, representan el dominio. Representan aquello que parecía sellado. Representan el poder que mantenía encerrada la esperanza humana. Y si el Resucitado posee las llaves de la muerte y del abismo, entonces la imagen interior cobra una fuerza inmensa: Cristo ha entrado hasta el fondo, ha roto los cerrojos desde dentro, y ha regresado victorioso.

Entonces comprendemos mejor la promesa

Tal vez por eso, cuando la Iglesia escucha de labios del Señor que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, ya no oye solamente una promesa futura, sino también el eco de una victoria que ha comenzado ya en el misterio pascual.

No prevalecerán, porque Cristo ya descendió hasta sus umbrales.

No prevalecerán, porque Cristo ya tocó el reino de la muerte con su poder.

No prevalecerán, porque Cristo ya anunció la salvación en la región de la sombra.

No prevalecerán, porque Cristo ya rompió desde dentro el dominio del abismo.

No prevalecerán, porque la Iglesia nace del costado abierto del que murió y resucitó.

La Iglesia no camina hacia una victoria incierta. Camina desde una victoria ya conquistada. No vive de un optimismo humano, sino de una Pascua real. No se sostiene en su propia fuerza, sino en el triunfo de su Señor.

El Pregón Pascual y la noche que cambió todo

Por eso el Pregón Pascual me parece un marco tan hermoso para esta meditación. Ese canto santo no es un simple ornamento litúrgico. Es una proclamación solemne de la noche en que la oscuridad fue vencida por la luz, en que el pecado fue superado por la gracia, en que la muerte fue atravesada por la vida. Es el canto de una Iglesia que no olvida que su esperanza no nació de una idea, sino de un acontecimiento.

Cuando el Pregón canta la noche santa, canta también la noche en que el abismo dejó de ser dueño absoluto. Canta la noche en que Cristo descendió a la hondura para rescatar. Canta la noche en que lo sellado comenzó a abrirse. Canta la noche en que el cielo y la tierra volvieron a tocarse por la victoria del Cordero.

El Pregón Pascual completo

Una contemplación, no una definición

Quise escribir esto con cuidado, precisamente porque el misterio es demasiado grande como para manipularlo con ligereza. “Dame las llaves” no pretende ser una cita textual, ni una novedad doctrinal, ni una formulación para discutir. Es solamente una imagen espiritual, un sentir personal, una forma de contemplar el descenso del Señor a los infiernos y su triunfo sobre la muerte a la luz de la Escritura, del Credo, del Catecismo y de la antigua tradición litúrgica de la Iglesia.

Y sin embargo, como imagen interior, me ayuda mucho. Porque resume para mí algo esencial de la Pascua: que Cristo no solamente resucitó al tercer día, sino que penetró hasta el fondo de nuestra noche para rescatar desde allí a la humanidad. Que no evitó el abismo, sino que entró en él. Que no rodeó la muerte, sino que la venció. Que no dejó intactos sus cerrojos, sino que quebró su dominio.

Por eso, cada vez que llega la Vigilia Pascual, y escucho a la Iglesia cantar en medio de la noche, algo en mi interior vuelve a decirlo con reverencia y esperanza: Cristo descendió, Cristo predicó, Cristo despertó a los antiguos padres, Cristo rompió las cadenas, Cristo venció a la muerte… y, en la imagen humilde de mi oración, Cristo dijo también: “Dame las llaves.”

Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios


Referencias para profundizar

1 Pedro 3,18-20 Cristo, muerto en la carne y vivificado en el espíritu, fue a predicar a los espíritus encarcelados.

Porque también Cristo murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios; muerto en la carne, vivificado en el espíritu. En el cual también fue a predicar a los espíritus encarcelados, incrédulos en otro tiempo, cuando aguardaba la paciencia de Dios, en los días de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través del agua.

Hechos 2,27.31 Pedro anuncia que el Mesías no fue abandonado en el lugar de los muertos.

Porque no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu Santo experimente la corrupción (...) previendo esto, habló de la resurrección del Cristo: que ni fue abandonado en el Hades ni su carne experimentó la corrupción.

Efesios 4,9-10 El que subió es el mismo que antes descendió a las regiones inferiores de la tierra.

¿Qué quiere decir “subió”, sino que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.

Mateo 16,18 La Iglesia vive bajo la promesa de que las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.

Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.

Apocalipsis 1,17-18 El Resucitado posee las llaves de la Muerte y del Hades.

No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades.

Catecismo de la Iglesia Católica, 633 Cristo descendió a la morada de los muertos para liberar a los justos que lo esperaban.

La Escritura llama infiernos, sheol, o hades (...) a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos (...) Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados (...) sino para liberar a los justos que le habían precedido.

Catecismo de la Iglesia Católica, 634 La Buena Nueva fue anunciada también a los muertos.

La Buena Nueva ha sido anunciada también a los muertos (...) El descenso a los infiernos es el cumplimiento, hasta plenitud, del anuncio evangélico de la salvación.

Catecismo de la Iglesia Católica, 635 Cristo destruyó con su muerte al que tenía el dominio de la muerte.

Cristo bajó a las profundidades de la muerte para que “los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan”. Jesús, “el Príncipe de la vida”, por su muerte redujo a la impotencia al que tenía el dominio de la muerte, es decir, al diablo, y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud. Desde entonces, Cristo resucitado “tiene las llaves de la muerte y del hades”.

Catecismo de la Iglesia Católica, 637 El descenso del Señor abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido.

Cristo, muerto en su alma unida todavía a su Persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido.

Antigua Homilía del Sábado Santo Cristo baja a buscar a Adán, despierta a los cautivos y llama a levantarse de entre los muertos.

¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra temió sobrecogida porque Dios se durmió en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios en la carne ha muerto y el Abismo ha despertado.

Va a buscar a Adán, nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Va a liberar de sus dolores a Adán en sus cadenas y a Eva, cautiva con él, Él que es al mismo tiempo su Dios y su hijo.

“Yo soy tu Dios, el que por ti se hizo tu hijo; por ti y por todos estos que de ti han nacido, ahora digo, y lo digo con mi poder: Salid; y a los que estaban en las tinieblas: Recibid la luz; y a los que dormían: Levantaos.

Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes, porque no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los muertos.”

Conclusión personal “Dame las llaves” no es una cita textual, sino una imagen de oración para contemplar la victoria pascual de Cristo sobre la muerte y el abismo.

Lo que aquí llamo “Dame las llaves” no pretende añadir nada a la fe de la Iglesia, sino expresar, en forma de meditación personal, que Cristo descendió al lugar de los muertos, anunció la salvación, quebró el dominio de la muerte y regresó victorioso. Es una manera de rezar el misterio pascual, no de redefinirlo.

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