Fortalecidos por su poder y trasladados al Reino de la luz
Dios no solo nos fortalece: nos libera de la oscuridad y nos traslada al Reino de su Hijo. En Él encontramos redención, perdón y una nueva vida. Vale la pena detenerse y escudriñar esta Palabra.

En la carta a los Colosenses, escrita por el apóstol Pablo desde la prisión, encontramos una enseñanza profunda dirigida a una comunidad joven en la fe, expuesta a diversas corrientes de pensamiento que podían desviar su mirada de Cristo. En este contexto, el apóstol eleva una oración que revela el núcleo de la vida cristiana: la fuerza que viene de Dios, la perseverancia en la prueba y la redención en su Hijo.

En ese marco, leemos:

“Con toda energía, fortalecidos con todo poder según la fuerza de su gloria, para toda constancia y paciencia, con gozo, dando gracias al Padre, que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz. Él nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados.” Colosenses 1:11-14

Este pasaje nos introduce en una realidad profunda: la vida cristiana no se sostiene en la fuerza del hombre, sino en el poder que proviene de Dios. No se trata de resistir por orgullo o disciplina, sino de ser sostenidos interiormente por una gracia que actúa en lo escondido del alma.

San Pablo habla de una fortaleza que conduce a la constancia y la paciencia. No es una paciencia pasiva, sino una perseverancia viva, capaz de atravesar pruebas sin perder la paz. Es la firmeza de quien sabe en quién ha puesto su confianza.Y en medio de esa lucha, surge algo que desconcierta al mundo: dar gracias con alegría. La gratitud no nace aquí de las circunstancias favorables, sino de la certeza de haber sido alcanzados por el amor de Dios. El alma agradece porque ha sido llamada a algo mayor.

El texto afirma que el Padre nos ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz. No es conquista humana, sino don recibido. Dios mismo dispone el corazón, lo purifica y lo eleva para hacerlo partícipe de su Reino.

Luego se revela una verdad decisiva: hemos sido liberados del poder de las tinieblas. No se trata solo de una metáfora, sino de una liberación real de todo aquello que oprime, confunde y esclaviza el alma. Y no solo eso: hemos sido trasladados al Reino del Hijo de su amor. Es un cambio de vida, de pertenencia, de identidad.

En Cristo encontramos el centro de todo: la redención y el perdón de los pecados. No una simple mejora moral, sino un rescate, una restauración profunda, una vida nueva que comienza desde dentro.

Una mirada desde la Tradición

Los Padres de la Iglesia contemplaban este misterio con asombro. San Juan Crisóstomo enseñaba que no solo hemos sido perdonados, sino trasladados de una condición a otra completamente distinta: de esclavos a hijos, de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida. Esta obra no es parcial ni superficial; es total y transformadora.

Para meditar

Vale la pena detenerse, leer lentamente este pasaje y escudriñar cada una de sus palabras. Allí se revela quiénes éramos, qué ha hecho Dios por nosotros y quiénes estamos llamados a ser. En tiempos de cansancio o incertidumbre, este texto es luz que orienta y fuerza que sostiene.

Quien ha sido trasladado al Reino del Hijo amado está llamado a vivir como hijo de la luz: con un corazón dispuesto, agradecido, perseverante y confiado.

Oración

Señor,

fortaléceme con la fuerza de tu gloria,
para que no desfallezca en el camino.

Dame constancia en la prueba,
paciencia en la dificultad
y un corazón agradecido en todo momento.

Padre bueno,
gracias por hacerme partícipe de la herencia en la luz,
por librarme de las tinieblas
y llevarme al Reino de tu Hijo amado.

Hazme vivir como redimido,
con esperanza firme y fe sincera,
caminando siempre hacia tu luz.
Amén.

Carlos Enrique Loría Beeche,
hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios.


Referencias para profundizar

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