Ayer falleció mi primo Walter Chacón Loría. Hoy escribo estas líneas con el corazón conmovido, porque cuando alguien que hemos querido parte, algo dentro de nosotros queda en silencio por un momento. Walter fue, para mí, un regalo de Dios: tierno, cercano, espontáneo, y con una manera muy suya de expresar cariño que siempre me hacía bien. Hay personas que, sin grandes discursos, predican con su vida. Walter fue una de ellas.
No pretendo hacer una despedida pesada ni complicada. Quiero, más bien, dejar un abrazo escrito: para él, para la familia, y para todos los que lo recordamos con afecto. A Walter lo llevaré en la memoria por sus detalles sencillos, por su forma de saludar, por su presencia amable. Hay recuerdos que no necesitan adornos: se sienten y ya.
Como cristianos, cuando alguien muere, no actuamos como si no doliera. Duele. Y llorar no es falta de fe. Al contrario: el Evangelio nos recuerda que Jesús también lloró ante la muerte de su amigo Lázaro. Jesús no vino a enseñarnos a fingir, sino a amar de verdad. Por eso nuestra tristeza es real. Hoy hay un vacío. Hoy se extraña. Hoy el alma se pone seria.
Pero hay algo más grande que la tristeza, y no es “ser fuerte” ni “aguantar”. Es la esperanza. La esperanza cristiana no es pensar que “todo va a salir bien” como una frase bonita. La esperanza cristiana tiene un nombre: Jesucristo. Él murió y resucitó. Y si Él resucitó, entonces la muerte no tiene la última palabra.
Eso es lo que hoy sostengo con fe sencilla: Walter ha partido a la casa del Señor. Y nosotros, aunque lo lloramos, no lo despedimos como quien pierde para siempre. Lo encomendamos a Dios y lo dejamos en manos de Aquel que prometió vida eterna. Creemos que Cristo resucitó… y que también nos resucitará. Creemos que el amor de Dios no se rompe con la muerte. Creemos que un día nos volveremos a encontrar.
Y, en lo más profundo, tengo una confianza serena: Walter vivió con una inocencia y una forma de dar amor tan limpias, que me cuesta imaginarlo de otra manera que no sea acogido por el mismo Amor. Creo que, al final, será juzgado por amor. Por eso mi corazón descansa: no desde la indiferencia, sino desde la certeza de que Dios es Padre, y que Dios no se deja ganar en ternura.
A veces me pregunto qué es lo que queda al final de la vida. No queda el dinero, ni los títulos, ni las carreras. Queda el amor que dimos y recibimos. Queda la huella de nuestra bondad. Y Walter, en su manera simple y sincera, dejó amor. Eso no es poco. Eso vale muchísimo.
Y para la familia, para quienes lo quisimos y lo acompañamos, queda también una petición sencilla: que el Señor nos consuele. Porque la fe no elimina el dolor, pero lo acompaña con luz.
Walter, primo querido: gracias por tu cariño. Gracias por tu ternura. Gracias por tu forma limpia de estar en este mundo. Hoy me duele que ya no estés aquí, pero pongo mi mirada en Jesús. Y desde esa mirada, te digo: hasta luego. Nos veremos, si Dios quiere, en la alegría que no termina.
