Hay una diferencia inmensa entre estar cerca de Jesús y aferrarse a Él con fe. El evangelio nos presenta a una mujer marcada por doce años de sufrimiento, cansancio y soledad; y, sin embargo, en un instante, su historia cambia por una decisión interior: “Si logro tocar, aunque sólo sea su ropa, sanaré”.
Vamos a analizar, versículo por versículo, el pasaje que encontramos en San Marcos 5,24-34, dejando que cada línea nos conduzca a lo esencial: la fe humilde, la verdad dicha sin máscaras y la paz que Cristo otorga. Al final dejo enlaces para releer el texto completo y, para quien desee comparar, también incluyo los pasajes paralelos en San Mateo y San Lucas.
24.Jesús se fue con Jairo; estaban en medio de un gran gentío, que lo oprimía.
— En medio del gentío, rumbo a una urgencia
Jesús va con Jairo; hay prisa, necesidad, drama humano real. Y, sin embargo, el relato se “interrumpe” porque Dios no mira las urgencias como nosotros: en el camino a una casa, Jesús se detiene por una persona.
El gentío oprime. Hay contacto, empujones, proximidad física… pero todavía falta lo decisivo: no el roce, sino el toque de la fe.
25.Se encontraba allí una mujer que padecía un derrame de sangre desde hacía doce años.
26.Había sufrido mucho en manos de muchos médicos y se había gastado todo lo que tenía, pero en lugar de mejorar, estaba cada vez peor.
— Doce años: dolor, desgaste y silencio
La mujer padece un derrame de sangre desde hace doce años. No es sólo un dato médico: es un tiempo largo, agotador, que erosiona la esperanza. Ha sufrido tratamientos, ha gastado lo que tenía, y la realidad no mejora: empeora.
Aquí conviene detenerse: el evangelio no idealiza el sufrimiento ni lo romantiza. Lo nombra. Y, al nombrarlo, prepara el terreno para la fe verdadera: esa que no nace de la comodidad, sino de la necesidad.
Y un detalle importante para quien no conoce el trasfondo judío: en las prescripciones de pureza ritual (Levítico 15), un flujo de sangre implicaba impureza legal y podía traer aislamiento y restricciones en lo religioso y en lo social. Ese contexto explica por qué ella se mueve con discreción y por qué su gesto tiene también algo de riesgo: acercarse era exponerse.
27.Como había oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto.
— La fe entra por el oído y se vuelve paso
“Había oído” y “se acercó”. La fe comienza muchas veces así: por una noticia, un rumor santo, un testimonio que despierta esperanza. Y esa esperanza no se queda en idea: se convierte en decisión.
Ella se acerca por detrás. No busca escena; busca salvación. Su camino es silencioso, pero firme: abrirse paso entre cuerpos es también abrirse paso entre miedos.
28.La mujer pensaba: «Si logro tocar, aunque sólo sea su ropa, sanaré.»
— “Si logro tocar”: audacia humilde, fe concreta
Éste es el corazón del pasaje. No hay discursos: hay una frase interior que empuja toda la acción. “Aunque sólo sea su ropa”: la fe no exige grandes ceremonias; se aferra a Cristo con lo mínimo, y eso basta porque lo decisivo no es la tela, sino Él.
Aquí cabe un matiz rico: para un judío, el manto podía llevar flecos en sus extremos (los tzitzit), como recordatorio visible de la Alianza y los mandamientos. Por eso, tocar el “borde” del manto (como lo expresa el paralelo de Lucas) puede leerse también como un gesto de quien se agarra a la fidelidad de Dios.
Algunos autores además señalan un eco sugerente de Malaquías (“sanidad en sus alas”), leyendo “alas/bordes” como imagen del borde de la vestidura. No es el centro del relato, pero puede ayudar a contemplar que esta mujer se acerca convencida de que en Jesús está la salvación prometida.
29.Al momento cesó su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba sana.
— La gracia no llega tarde
La curación es inmediata y concreta. Ella “siente” en su cuerpo que está sana. El evangelio no tiene problema en afirmar lo corporal: Dios toca lo real, no sólo lo interior.
Pero el Señor no va a dejar el milagro en secreto. Ahora quiere completar la restauración: que ella no se lleve sólo alivio, sino paz, verdad y dignidad.
30.Pero Jesús se dio cuenta de que un poder había salido de él, y dándose vuelta en medio del gentío, preguntó: «¿Quién me ha tocado la ropa?»
— “Salió poder”: Cristo da sin empobrecerse
Este verso es extraordinario. Jesús percibe que no fue un contacto casual. “Salió poder”: Cristo comunica vida sin perderla, entrega gracia sin disminuirse. Es una manera narrativa de enseñar que en Él hay una plenitud que se dona sin agotarse.
Y su pregunta abre un camino: la curación ya ocurrió, pero el encuentro todavía no ha culminado. Jesús quiere sacar a la mujer del anonimato, no para humillarla, sino para liberarla del miedo.
31.Sus discípulos le contestaron: «Ya ves cómo te oprime toda esta gente: ¿y preguntas quién te tocó?»
— Rozar no es tocar
Los discípulos hablan con lógica práctica: “todos te aprietan”. Pero Jesús distingue entre el apretujón de la multitud y el toque de una fe real.
San Agustín lo resumió con una frase breve y luminosa: la multitud oprime, pero la fe toca. Es decir: se puede estar muy cerca por fuera y muy lejos por dentro.
32.Pero él seguía mirando a su alrededor para ver quién le había tocado.
— La mirada que restaura
Jesús insiste. No es curiosidad; es misericordia. Él busca a la persona concreta, porque su salvación no termina en un “milagro anónimo”. Quiere devolverle lo que el sufrimiento suele arrancar: nombre, lugar, pertenencia.
Cuando Dios mira así, no expone para avergonzar; revela para sanar.
33.Entonces la mujer, que sabía muy bien lo que le había pasado, asustada y temblando, se postró ante él y le contó toda la verdad.
— La verdad dicha temblando
Ella tiembla. Y es comprensible: por su condición, por el riesgo social, por el miedo a ser juzgada. Pero el gesto decisivo ahora es otro: contar toda la verdad.
Aquí el relato se vuelve profundamente humano y espiritual: la fe no es sólo “tocar”; también es dejarse ver. La mujer pasa del escondite a la transparencia, del temor al abandono confiado.
34.Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda sana de tu enfermedad.»
— “Hija”: identidad, salvación y paz
Aquí hay tres afirmaciones inmensas:
- “Hija”: no es un caso clínico, es familia. Jesús le devuelve dignidad y pertenencia.
- “Tu fe te ha salvado”: la curación no se atribuye al roce material, sino al acto interior de confiar en Cristo.
- “Vete en paz”: la paz no es sólo ausencia de dolor; es una nueva situación ante Dios, estable, reconciliada.
Un eco patrístico para guardar
San Agustín lo resumió con una frase que vale para toda la vida espiritual: “Caro premit, fides tangit” —“la carne aprieta, la fe toca”. Muchos presionan a Cristo desde fuera; la fe, en cambio, lo alcanza desde dentro.
Oración
Señor Jesús: entre el ruido y el gentío de mi vida, concédeme no quedarme en una cercanía superficial. Dame una fe humilde y perseverante: la fe que se atreve a tocar tu manto, la fe que se deja mirar, la fe que dice la verdad… y recibe de Ti no sólo alivio, sino paz.
Carlos Enrique Loría Beeche, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios
Lectura del pasaje completo y paralelos (Biblia Latinoamericana)
- San Marcos 5 (24–34): https://www.bibliacatolica.com.br/biblia-latinoamericana/evangelio-segun-san-marcos/5/
- San Mateo 9 (20–22): https://www.bibliacatolica.com.br/biblia-latinoamericana/evangelio-segun-san-mateo/9/
- San Lucas 8 (43–48): https://www.bibliacatolica.com.br/biblia-latinoamericana/evangelio-segun-san-lucas/8/
Lectura complementaria: https://atravesdelasescrituras.com/2016/05/04/mujer-del-flujo-de-sangre/
