Meditación breve sobre el Agua Viva y la adoración verdadera (Jn 4,1–42, Biblia de Jerusalén).
Hay encuentros en el Evangelio que parecen simples —una conversación junto a un pozo— y, sin embargo, abren una grieta luminosa en el alma. Jesús se sienta cansado, a mediodía, y comienza pidiendo: “Dame de beber” (Jn 4,7). Es un pedido humilde, pero también es una puerta: el Señor inicia desde lo cotidiano para llevarnos a lo eterno.
El Agua Viva: la sed más honda
La mujer llega buscando agua para una sed concreta; Jesús la lleva hacia otra sed, más profunda: la del corazón. Él ofrece un don que no se saca con cántaros: el “agua viva” (Jn 4,10.14). San Agustín, al comentar este pasaje, lo dice con claridad: “El don de Dios es el Espíritu Santo.” (Augustinus)
Eso cambia el centro de la escena: no estamos ante un truco espiritual para “vivir mejor”, sino ante la promesa de una vida nueva que brota desde dentro. El Espíritu no reemplaza nuestras necesidades humanas; las ordena, las purifica y las transfigura. Por eso, la pregunta decisiva no es cuánta agua logro almacenar, sino a qué fuente vuelvo cuando tengo sed.
Los cinco maridos: la verdad que libera
El diálogo da un giro cuando Jesús toca la historia real de la mujer: “has tenido cinco maridos, y el de ahora no es tu marido” (Jn 4,18). No lo hace para exhibirla, sino para rescatarla: la gracia no flota sobre la verdad; entra por la verdad.
San Agustín propone una lectura espiritual que ilumina la vida interior: entiende los “cinco maridos” como los cinco sentidos que rigen al alma en su etapa más primaria; y al “que ahora tienes” como el error, que “no rige, arruina”. (Augustinus) En otras palabras: el problema no es haber vivido “lo sensorial” (eso es legítimo y necesario), sino quedar prisioneros de un modo de vivir donde lo que manda no es la sabiduría, sino la confusión; no la verdad, sino un sustituto.
Aquí el pasaje se vuelve espejo: ¿cuántas veces confundimos compañía con comunión, ruido con sentido, placer con descanso, control con paz? Jesús no aplasta; nombra. Y al nombrar, abre un camino. Agustín resume el punto con fuerza: el Señor invita a “llamar al marido” —es decir, a hacer venir el entendimiento— para que el alma deje de ser gobernada por el error y pueda comprender el don que se le ofrece. (Augustinus)
Adoración: del lugar externo al templo interior
Una vez que la verdad entra, nace la gran pregunta: ¿dónde se adora? Monte o Jerusalén (Jn 4,20). Jesús responde llevando la adoración al núcleo: “en espíritu y verdad” (Jn 4,23–24). Y aquí San Agustín hace una aplicación bellísima: no es cuestión de “subir a un monte” para acercarse a Dios, sino de entrar. “¿Quieres orar en un templo? Ora en ti. Pero sé primero templo de Dios.” (Augustinus)
Adorar en espíritu y verdad es dejar de negociar con Dios desde máscaras y excusas. Es presentarse como uno está, para ser transformado. Es reconocer que la verdadera distancia no es geográfica, sino interior: se achica cuando el corazón se vuelve simple, dócil y verdadero.
Cierre
Este relato no termina en introspección, sino en misión: la mujer deja su cántaro y corre a anunciar (Jn 4,28–30). San Agustín lo interpreta como el gesto de quien suelta cargas y pasiones para comunicar la verdad recibida: “dejó… la hidria… y corrió a evangelizar”. (Augustinus)
Oración breve:
Señor Jesús, que conoces mi historia sin condenarme, muéstrame dónde he puesto mi sed. Dame tu Agua Viva: tu Espíritu. Arranca de mí el error que me gobierna y enséñame a adorarte en espíritu y verdad, con un corazón sencillo. Y cuando me sacies, hazme testigo humilde: que otros te encuentren, no por mis discursos, sino por la verdad y la paz que Tú obras en mí. Amén.
Carlos Enrique Loría Beeche, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios
