Recientemente supe de un grupo de padres que reaccionó con evidente molestia cuando se sugirió una contribución voluntaria de ₡5 000 por niño para la misa de Primera Comunión. Algunos lo interpretaron como una “tarifa”, lo que generó enojo y confusión. Creo sinceramente que es un tema que merece una serena y profunda meditación.
Es importante recordar que la gracia de Dios no se vende, ni tiene precio. Como dijo Jesús a sus apóstoles: «Gratis lo recibisteis; dadlo gratis» (Mateo 10,8, Biblia de Jerusalén).
Sin embargo, el mismo Jesús enseña que «el obrero merece su salario» (Lucas 10,7), y San Pablo lo confirma: «El Señor ha dispuesto que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio» (1 Corintios 9,14). Así, la Iglesia ha establecido la práctica del estipendio, una ofrenda voluntaria que los fieles pueden dar al solicitar una misa por una intención específica.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña con claridad:
“Dado que el sacrificio de Cristo es único, también lo es el sacrificio de la Eucaristía. El que pide que se celebre una misa por una intención particular ofrece una contribución para ayudar a la Iglesia y a los ministros” (CIC, n. 2041 y cf. Canon 945-946 del Código de Derecho Canónico).
San Jerónimo, comentando esta realidad pastoral, escribió:
“El Señor manda que el Evangelio se predique gratuitamente, pero también ha dispuesto que quien sirve al altar viva del altar.” Con esta sabiduría, la Iglesia conserva el equilibrio entre la gratuidad de los sacramentos y el justo sostenimiento de quienes los administran.
Llama la atención que esta situación se haya dado en un colegio particular, donde muchas familias pagan mensualidades superiores a los $500, y donde incluso la matrícula puede ser aún mayor. En ese contexto, sugerir una ofrenda voluntaria de menos de diez dólares por niño para una celebración tan significativa como la Primera Comunión no debería generar escándalo, sino invitarnos a reflexionar sobre el valor que damos a lo espiritual frente a lo material.
En el caso de la Primera Comunión, la propuesta de ₡5 000 por niño no fue una imposición, sino una invitación a colaborar con libertad. Y como es propio del espíritu cristiano, nadie será excluido por no poder ofrecer nada. El amor de Dios y los sacramentos no tienen precio.
Carlos Enrique Loría Beeche,
hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios.
