Hay algo profundamente esperanzador en las palabras de San Pablo a Timoteo:
“Porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de poder, de amor y de dominio propio.”
(2 Timoteo 1,7)
Estas palabras nos recuerdan que la vida cristiana no está llamada a ser una existencia dominada por el miedo, la impulsividad o la confusión interior. El Espíritu de Dios actúa en el corazón del creyente para ordenar la vida interior y conducirla hacia una libertad más profunda: la libertad de amar, de hacer el bien y de vivir con sabiduría.
Entre las virtudes que nacen de esta acción del Espíritu destaca el dominio propio. No se trata de reprimir nuestras emociones ni de endurecer el corazón, sino de aprender a gobernar nuestros impulsos, deseos y palabras para que estén alineados con la voluntad de Dios. El dominio propio nos permite detenernos antes de reaccionar, elegir el bien incluso en momentos de presión y actuar con prudencia cuando las circunstancias nos empujan hacia lo contrario.
La Biblia enseña que este dominio no es simplemente resultado de la fuerza de voluntad humana. Es parte del fruto del Espíritu Santo, una obra interior que Dios realiza en quienes buscan caminar con Él.
San Pablo lo describe de manera hermosa en su carta a los Gálatas:
“En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. Contra tales cosas no hay ley.”
(Gálatas 5,22-23)
Estos frutos no aparecen de manera instantánea ni automática. Crecen en el corazón como crece un árbol que ha sido plantado en buena tierra: lentamente, con paciencia, con perseverancia en la oración, en la lectura de la Palabra y en la vida diaria con Dios.
“La verdadera libertad no consiste en hacer todo lo que deseamos, sino en vivir guiados por el Espíritu de Dios.”
Pero la Escritura también nos advierte que el corazón humano puede inclinarse en otra dirección. Cuando vivimos guiados solamente por nuestra naturaleza caída, aparecen lo que San Pablo llama las obras de la carne: rivalidades, celos, ira, divisiones, impurezas, excesos y otras actitudes que desordenan la vida y rompen la comunión con Dios y con los demás (cf. Gálatas 5,19-21).
Estas actitudes nacen cuando dejamos que nuestros impulsos gobiernen nuestras decisiones. En lugar de dominio propio surge el descontrol; en lugar de amor aparece la rivalidad; en lugar de paz surge la inquietud del alma.
Por eso el camino cristiano no consiste simplemente en intentar ser mejores por nuestras propias fuerzas. El verdadero cambio comienza cuando permitimos que el Espíritu Santo transforme nuestro interior.
Cuando Él guía la vida, comienzan a brotar frutos visibles: el amor que busca el bien del otro, la alegría que no depende de las circunstancias, la paz que sostiene el corazón en medio de las dificultades, la paciencia que aprende a esperar, la bondad que construye, la fidelidad que persevera y el dominio propio que mantiene el alma en orden.
Allí donde el Espíritu gobierna el corazón, el temor pierde su fuerza. Las emociones encuentran su lugar. Los impulsos dejan de dominar la vida.
Y la persona descubre una verdad profunda: la verdadera libertad no consiste en hacer todo lo que uno desea, sino en vivir conforme a la voluntad de Dios.
Que cada día podamos pedir al Espíritu Santo que haga crecer en nosotros estos frutos, para que nuestras palabras, decisiones y acciones reflejen cada vez más el carácter de Cristo.
Esta lucha interior no es nueva. El propio apóstol Pablo la describe con una sinceridad que atraviesa los siglos:
“No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.”
(Romanos 7,19)
En estas palabras aparece una experiencia profundamente humana: conocemos el bien, lo deseamos, pero muchas veces nuestras debilidades nos arrastran en otra dirección. Por eso la vida espiritual no consiste solamente en proponernos ser mejores, sino en permitir que Dios transforme nuestro interior.
Los Padres de la Iglesia comprendieron bien esta realidad. San Juan Crisóstomo enseñaba que quien aprende a gobernar su propio corazón alcanza una libertad más grande que quien conquista ciudades, porque la verdadera victoria del ser humano es la victoria sobre sí mismo.
Incluso la antigua sabiduría clásica intuía algo semejante cuando afirmaba: mens sana in corpore sano, una mente sana en un cuerpo sano. La tradición cristiana, sin embargo, nos revela algo aún más profundo: el verdadero equilibrio del ser humano nace cuando el Espíritu de Dios ordena el corazón y orienta la vida hacia el bien.
Por eso pedimos cada día la gracia del Espíritu Santo, para que su fruto crezca en nosotros: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio.
Que el Señor nos conceda vivir con poder, con amor y con dominio propio, guiados por su Espíritu en cada decisión de nuestra vida.
Amén.
—Carlos Enrique Loría Beeche, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios
