Cuando escuchamos la palabra Pascua, muchos pensamos enseguida en el Domingo de Resurrección. Pero la verdad es que la Iglesia celebra mucho más que un solo día: la alegría de la Resurrección es tan grande que la Iglesia no la limita a un solo día, sino que la celebra en plenitud durante la Octava de Pascua y a lo largo de cincuenta días, hasta Pentecostés.
¿Ha escuchado alguna vez la palabra Pascha? Puede que no, y precisamente por eso me ha parecido bonito comenzar por ahí. Bajo este título quiero compartir algunas curiosidades sobre la Pascua: costumbres antiguas, detalles litúrgicos y pequeñas luces de la tradición cristiana que ayudan a comprender mejor la grandeza de este tiempo. Una de ellas suele sorprender a muchos: la Iglesia ortodoxa, especialmente la griega, llama a esta fiesta Pascha, palabra emparentada con Pésaj o Pascua.
Y aquí viene otra sorpresa: no siempre la celebra en la misma fecha que nosotros. No porque se trate de una fiesta distinta, sino porque Oriente y Occidente han conservado diferencias en el modo de calcular el calendario pascual. Así, mientras la Pascua católica romana fue celebrada el 5 de abril de 2026, la Iglesia Ortodoxa Griega celebrará la Santa Pascha el 12 de abril. La fecha cambia; la fe no. En ambos casos, el corazón de la fiesta es el mismo: Cristo ha resucitado.
Una sola gran fiesta, celebrada durante cincuenta días
Tal vez una de las curiosidades más bellas de la Pascua es esta: no termina el mismo Domingo de Resurrección. La Iglesia vive primero la Octava de Pascua, que en 2026 va del domingo 5 al domingo 12 de abril. Durante esos ocho días, cada jornada se celebra litúrgicamente como prolongación del mismo día pascual, con la misma alegría y solemnidad. Es una forma bellísima de proclamar que la Resurrección de Cristo es tan grande que no cabe en una sola jornada.
Después de la Octava, la celebración continúa en todo el Tiempo Pascual hasta Pentecostés. De este modo, la Iglesia extiende durante cincuenta días la alegría de Cristo resucitado y la esperanza de la vida nueva que Él nos ha traído.
Esto ya nos dice algo muy profundo: la Resurrección de Cristo no es un episodio aislado, sino el centro mismo de la vida cristiana. La Iglesia no “recuerda y pasa página”; más bien se queda contemplando, saboreando y celebrando. Es una pedagogía espiritual muy antigua: cuando el misterio es demasiado grande, no basta un solo día.
Pascua, alegría y tono de fiesta
También es cierto que la Pascua, especialmente en su Octava, tiene un tono claramente festivo. Después del camino penitencial de la Cuaresma, la Iglesia entra en la alegría de la victoria de Cristo. Por eso el clima espiritual de estos días no es el de la austeridad, sino el del canto, la luz, el Aleluya y la esperanza. No sería exacto decir sin más que en todo el Tiempo Pascual desaparece toda forma de penitencia, pero sí es correcto afirmar que el acento propio de estos días es de gozo, de gratitud y de alabanza.
La experiencia espiritual es muy clara: hemos ayunado para prepararnos, pero ahora celebramos porque el Señor ha resucitado. La Pascua no niega la cruz; la transfigura. No borra el sacrificio; lo muestra fecundo. Y por eso la Iglesia se reviste de luz, incienso, cantos y flores.
Huevitos, chocolates y conejo de Pascua
Entre las curiosidades más conocidas de la Pascua están también algunas costumbres populares que encantan a los niños: los huevitos decorados, los chocolates escondidos en el jardín y, en algunos países, hasta el llamado “conejo de Pascua”. Estas tradiciones no pertenecen al núcleo de la liturgia cristiana, pero sí forman parte del modo en que muchos pueblos han revestido de alegría esta gran fiesta.
El huevo, desde antiguo, fue visto como signo de vida nueva y, en el mundo cristiano, llegó a expresar de modo sencillo la novedad de la Resurrección. El conejo, en cambio, parece venir más bien de antiguas tradiciones populares europeas ligadas a la primavera y a la fertilidad, y con el tiempo quedó unido a los juegos infantiles de Pascua. Bien entendidas, estas costumbres pueden ser una manera amable de acercar a los más pequeños a la alegría pascual, siempre recordando que el verdadero centro de la fiesta es Cristo resucitado.
La Vigilia Pascual y el cirio: una noche que lo resume todo
Otra curiosidad muy importante es que la gran celebración de la Pascua comienza litúrgicamente en la Vigilia Pascual, esa noche santa que la tradición ha llamado la madre de todas las vigilias. Allí la Iglesia enciende el fuego nuevo, proclama la luz de Cristo con el cirio pascual, recorre la historia de la salvación en las lecturas, bendice el agua bautismal y celebra con solemnidad la Resurrección del Señor.
Todo en esa noche tiene un lenguaje simbólico fortísimo: la oscuridad que cede ante la luz, el agua que da nacimiento a la vida nueva, el Aleluya que vuelve a resonar, la comunidad entera que renueva sus promesas bautismales. Es difícil encontrar una liturgia más rica, más antigua y más llena de belleza teológica que la Vigilia Pascual.
Los recién bautizados y la alegría de la vida nueva
Desde los primeros siglos, la Pascua fue también el tiempo por excelencia de los bautismos. Los recién bautizados, llamados neófitos o recién nacidos a la vida de la gracia, ocupaban un lugar especial en la comunidad. Después de recibir los sacramentos, eran acompañados con catequesis que les ayudaban a comprender mejor lo que habían vivido. No era solo instrucción: era mistagogía, es decir, entrar más profundamente en el misterio celebrado.
En ese ambiente pascual, el Bautismo no se entendía como un rito social o una formalidad religiosa, sino como una verdadera participación en la muerte y resurrección de Cristo. El que bajaba a las aguas no salía igual: salía como una criatura nueva.
San Juan Crisóstomo y la lengua convertida en espada de oro
Aquí aparece una de las imágenes más impresionantes de la tradición antigua. San Juan Crisóstomo, en sus catequesis bautismales, contempla con asombro la dignidad del recién iniciado, cuya lengua ha sido tocada por los santos misterios, teñida con la Sangre de Cristo y convertida, por así decirlo, en una espada de oro. Es una imagen intensa que no conviene banalizar: quien ha sido alcanzado por la gracia no vuelve igual a su vida cotidiana.
En esa imagen resplandece algo bellísimo. La boca que ha confesado la fe, la lengua que ha sido santificada por la Eucaristía, la persona que ha renacido en Cristo, queda llamada a una vida nueva también en su modo de hablar, de bendecir, de dar gracias y de resistir al enemigo. La Pascua no solo cambia el calendario litúrgico: quiere cambiar la vida entera.
La lengua según Santiago: pequeña, pero decisiva
Aquí viene bien recordar también al apóstol Santiago, cuando habla de la lengua. Dice que, así como una nave grande puede ser guiada por un timón muy pequeño, así también la lengua, siendo un miembro pequeño, tiene una fuerza enorme. Puede orientar, puede incendiar, puede bendecir o puede herir. Y justamente por eso impresiona tanto la imagen de San Juan Crisóstomo: la lengua del recién bautizado y del que ha comulgado ya no es vista como algo banal, sino como algo tocado por el misterio, teñido con la Sangre de Cristo y convertida, en una espada de oro. Qué llamada tan hermosa a cuidar la palabra, a usar la boca no para destruir, sino para bendecir, dar gracias y proclamar que Cristo ha resucitado.
Lo que nos une a todos los cristianos
Y quizá una de las curiosidades más consoladoras de la Pascua es esta: más allá de diferencias de calendario, de ritos o de costumbres, todos los cristianos confesamos aquí el corazón de nuestra fe. Católicos, ortodoxos y muchos otros creyentes en Cristo celebramos que el Señor ha vencido la muerte. A veces la fecha no coincide; el centro sí. Y eso ya dice mucho.
Tal vez por eso la Pascua sigue siendo la gran fiesta cristiana: porque en ella no celebramos simplemente un recuerdo piadoso, sino el fundamento de nuestra esperanza. Cristo vive. Y si Cristo vive, la muerte no tiene la última palabra, el pecado no tiene el último dominio y la tristeza no tiene el último derecho sobre el corazón humano.
Oración final
Señor Jesús, vencedor de la muerte, gracias por la alegría inmensa de tu Resurrección. Gracias porque tu Pascua no es solo memoria, sino vida nueva para nosotros. Haz que en esta Octava de Pascua y en todo el Tiempo Pascual nuestro corazón permanezca en tu luz, nuestra fe se fortalezca y nuestra esperanza se renueve.
Que nuestra boca se abra para bendecir, para dar gracias y para anunciar que Tú has resucitado. Que nuestras familias vivan la paz de tu presencia y que nunca olvidemos que la última palabra no la tiene la oscuridad, sino tu vida gloriosa. Amén.
Carlos Enrique, hijo de Guido, hijo de Arturo, hijos de Dios
Sugerencias para profundizar
Para quienes deseen detenerse un poco más en la riqueza de este tiempo, comparto aquí algunos textos y ecos de la tradición de la Iglesia que pueden ayudar a orar, contemplar y saborear mejor la Pascua. No son solo referencias para consultar: son puertas de entrada al misterio, pequeñas luces que permiten volver una y otra vez al sepulcro vacío, a la vida nueva del Bautismo, al don inmenso de la Eucaristía y a la transformación interior de quien ha sido tocado por la gracia.
He querido presentarlos así para que puedan leerse con calma, retomarse en familia o guardarse como compañía espiritual durante la Octava de Pascua y todo el Tiempo Pascual. Algunos nos llevan al corazón mismo de la Resurrección; otros nos ayudan a comprender cómo la Pascua cambia de verdad la vida concreta del creyente, incluso en su manera de hablar, de esperar y de vivir.
Juan 20, 1-18 La piedra removida, el sepulcro vacío y el encuentro con el Resucitado
Este pasaje permite contemplar el amanecer de la Pascua: la piedra removida, la sorpresa, las lágrimas, la búsqueda y finalmente el encuentro con el Señor vivo. Es una puerta magnífica para entrar en el corazón mismo de la fiesta.
1 El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro.
2 Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.»
3 Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro.
4 Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro.
5 Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró.
6 Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo,
7 y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte.
8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó,
9 pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.
10 Los discípulos, entonces, volvieron a casa.
11 Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro,
12 y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.
13 Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.»
14 Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
15 Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.»
16 Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» - que quiere decir: «Maestro» -.
17 Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.»
18 Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.
Para leer el capítulo completo: Juan 20
Lucas 24, 13-35 Emaús: Cristo camina con los suyos y se da a conocer al partir el pan
El relato de Emaús une Escritura, camino y Eucaristía. Es uno de los textos más hermosos para comprender que la Pascua sigue iluminando la vida concreta de los discípulos: su tristeza, sus preguntas, su lentitud para creer y, finalmente, la alegría de reconocer al Señor vivo en la fracción del pan.
13 Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén,
14 y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado.
15 Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos;
16 pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.
17 El les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» Ellos se pararon con aire entristecido.
18 Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?»
19 El les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo;
20 cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron.
21 Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó.
22 El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro,
23 y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía.
24 Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.»
25 El les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!
26 ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?»
27 Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.
28 Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante.
29 Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Y entró a quedarse con ellos.
30 Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.
31 Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado.
32 Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
33 Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos,
34 que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!»
35 Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.
Para leer el capítulo completo: Lucas 24
Romanos 6, 3-11 Por el Bautismo hemos sido sepultados con Cristo para caminar en una vida nueva
San Pablo muestra aquí el vínculo profundo entre Bautismo y Pascua. No se trata solo de una imagen piadosa: morir y resucitar con Cristo toca la existencia entera del creyente. Es uno de los textos más luminosos para comprender por qué la Iglesia antigua vinculó tan fuertemente la noche pascual con la vida nueva que nace del Bautismo.
3 ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?
4 Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.
5 Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante;
6 sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado.
7 Pues el que está muerto, queda librado del pecado.
8 Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él,
9 sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él.
10 Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios.
11 Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.
Para leer el capítulo completo: Romanos 6
1 Corintios 15, 12-20 Si Cristo no resucitó, vana sería nuestra fe: la Resurrección como centro de la fe cristiana universal
Este pasaje ocupa un lugar absolutamente central en la fe cristiana. San Pablo no presenta la Resurrección como un detalle secundario, ni como un símbolo consolador, sino como el fundamento mismo del Evangelio. Si Cristo no ha resucitado, la predicación pierde su fuerza, la fe queda vacía y la esperanza humana vuelve a quedar encerrada en el horizonte de la muerte. Pero si Cristo verdaderamente ha resucitado, entonces todo cambia: el pecado ha sido herido en su raíz, la muerte ya no tiene la última palabra y la historia humana ha quedado abierta a una esperanza que no decepciona.
Por eso este texto puede considerarse una de las proclamaciones más universales del corazón del cristianismo. Católicos, ortodoxos y todos los cristianos que confiesan a Cristo encuentran aquí un punto de convergencia decisivo: la Resurrección del Señor no es un adorno de la fe, sino su piedra angular. La Pascua, entonces, no celebra simplemente un recuerdo sagrado, sino el acontecimiento que sostiene la vida de la Iglesia, la misión de los apóstoles y la esperanza de todos los creyentes.
12 Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos?
13 Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó.
14 Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe.
15 Y somos convictos de falsos testigos de Dios porque hemos atestiguado contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si es que los muertos no resucitan.
16 Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó.
17 Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados.
18 Por tanto, también los que durmieron en Cristo perecieron.
19 Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!
20 ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron.
Para leer el capítulo completo: 1 Corintios 15
Santiago 3, 4-6 La lengua: pequeña, pero capaz de orientar o incendiar toda la vida
Santiago utiliza aquí imágenes muy concretas y poderosas: el freno en la boca del caballo, el timón que dirige una gran nave y el fuego que puede arrasar un bosque entero. Con ellas nos recuerda que la lengua, aunque pequeña, tiene una fuerza inmensa para guiar, herir, destruir o bendecir. Por eso este pasaje dialoga tan bien con la imagen de san Juan Crisóstomo: una lengua tocada por los santos misterios ya no debería servir para la maldición, la mentira o la herida, sino para la alabanza, la gratitud y el anuncio de Cristo resucitado.
4 Mirad también las naves: aunque sean grandes y vientos impetuosos las empujen, son dirigidas por un pequeño timón adonde la voluntad del piloto quiere.
5 Así también la lengua es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas. Mirad qué pequeño fuego abrasa un bosque tan grande.
6 Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos.
Para leer el capítulo completo: Santiago 3
Juan 6, 51-58 La Eucaristía como comunión real con Cristo, Pan vivo bajado del cielo
Este pasaje ilumina la fuerza con la que la tradición cristiana ha contemplado el Pan de Vida. Jesús no ofrece solo un símbolo o un recuerdo exterior, sino su propia vida entregada como alimento verdadero. Por eso estas palabras ocupan un lugar tan profundo en la fe de la Iglesia y ayudan a comprender por qué la Eucaristía ha sido siempre vista como don, presencia, comunión y vida nueva para el creyente.
51 Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»
52 Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
53 Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.
54 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
55 Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
56 El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.
57 Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí.
58 Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.»
Para leer el capítulo completo: Juan 6
San Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales La mano, la lengua y el corazón santificados por los santos misterios
San Juan Crisóstomo contempla con asombro cómo los santos misterios tocan la persona entera. La mano que recibe el don no debe volverse instrumento de violencia; la lengua enrojecida con tal sangre y convertida en espada de oro no debe rebajarse al ultraje; y el corazón, que también recibe ese tremendo misterio, debe permanecer limpio de engaño y de maldad.
«Piensa en lo que recibes en tu mano, y jamás la levantes para golpear a alguien, y no mancilles con semejante pecado la mano enaltecida con un don tan grande. Piensa en lo que recibes en tu mano, y consérvala limpia de toda avaricia y rapiña.
Piensa que no solamente lo recibes en tu mano, sino que también te lo llevas a la boca: guarda, pues, tu lengua limpia de palabras torpes e insolentes, de blasfemia, de perjurio y de todo lo demás de análoga ralea. Realmente es pernicioso que la lengua, que está al servicio de tan tremendos misterios, enrojecida con tal sangre y convertida en espada de oro, sea transferida al servicio del ultraje, de la insolencia y de la chocarrería.
Ten en gran respeto el honor con que Dios la honró, y no la rebajes a la vileza del pecado; antes bien, reflexiona una vez más que, después de la mano y de la lengua, es el corazón quien recibe ese tremendo misterio, y nunca más urdas engaños contra tu prójimo, sino guarda tu mente limpia de toda maldad.»
Y en otra de sus catequesis, san Juan Crisóstomo evoca la antigua Pascua, cuando la sangre de los corderos asperjada en las puertas detenía al exterminador. Pero enseguida eleva la mirada hacia Cristo y muestra la plenitud del misterio: ya no se trata solo de una figura antigua sobre los dinteles, sino de la sangre de la verdad que rocía la boca de los fieles, convertida ahora en puerta viva del templo de Cristo.
«Si ahora el diablo ve, no ya la sangre de la figura asperjada en las puertas, sino la sangre de la verdad rociando la boca de los fieles, puerta del templo portador de Cristo, ¿no va a detenerse con mucho mayor motivo? Porque, si el ángel tuvo miedo al ver la figura, con mayor razón el diablo emprenderá la huida al ver la verdad.»
Descargar PDF: Catequesis Bautismales de San Juan Crisóstomo
La Pascua es, en el fondo, la gran noticia que vuelve joven a la Iglesia. Nos recuerda que Cristo vive, que su luz no se ha apagado y que la vida nueva que comenzó en la mañana del sepulcro vacío sigue alcanzando corazones, familias, comunidades y generaciones enteras. Tal vez por eso la Iglesia no se conforma con celebrarla un solo día: necesita una octava, necesita cincuenta días, necesita cantarla, contemplarla y dejar que transforme la vida.
